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JOSÉ MARÍA MORALES

Una entrevista de Angélica Morales 

 

 

José Mª Morales

 

 

1- Dice usted que nació en Zaragoza cuando el hombre llegó a la Luna, ¿considera eso como una señal del destino? No, no me considero determinista, de hecho mis personajes son muy terrenales, pero me parece evocador ¿no cree?

Ahora que me hace reflexionar sobre ello me doy cuenta que el primer libro que leí fue de Julio Verne, que en mi adolescencia leí mucha Ciencia Ficción y que estoy marcado por Star Wars… ¡A ver si va a tener razón!

 

2- Cítenos algunas de las aficiones que ha conseguido domesticar.

Ninguna, Ya le digo que tengo tantas que no consigo destacar en nada. Me gusta la montaña pero sólo subo tresmiles.  Juego al baloncesto, pero soy pequeño. Colecciono carátulas de cine, pero no logro llevarla al día. Escribo, sin sobresalir. Toco el tambor pero no doy tres baquetazos buenos seguidos… y así podría seguir y seguir… en Tellerda dirían que “Aprendiz de todo, maestro en nada”.

 

3- ¿Qué tiene de especial el Pirineo que ha sido la principal  inspiración de su obra?

Es una tierra especial en muchos aspectos. Sus paisajes, sus leyendas, sus gentes, su clima, su aislamiento… creo que es un caldo ideal para producir historias a lo largo de la Historia.

 

4- Sitúenos a Tellerda en un mapa imaginario.

Luis Borrás dijo que “Tellerda es un pueblo que son muchos y uno al mismo tiempo”, me parece muy acertada esa definición. Pero nada de imaginario, bien real se lo digo: si subes por Aínsa camino de Bielsa, a la derecha remontando el río Irués a los pies del Mobisón, ahí la tienes. ¡Tellerda existe!

 

5- “Historias de Tellerda”, ha sido un éxito rotundo, ¿dónde está el secreto?

Desde el primer momento tuve claro que este libro sólo viviría si funcionaba el boca a boca, porque carezco de todo tipo de apoyo publicitario y de una editorial importante que apueste por mi. Así que yo he puesto mi granito de arena para lanzarlo pero son los lectores los que tienen que seguir empujándole para que se mantenga en marcha. El libro ha gustado y se recomienda a los amigos, que es la mejor campaña de marketing. ¡Recomiéndelo usted también, por favor!

 

6- ¿Qué opinión tiene del mundo editorial? ¿Cree que los nuevos autores se enfrentan a muchos obstáculos?

Lo resumiría diciendo que ese mundo es descorazonador. Yo tengo una formación como organizador y trabajo en un sector muy comercial, y suponía que las editoriales también tendrían estas dos características, pero me he sorprendido al ver que, salvo muy honrosas excepciones, no manejan ninguno de los dos términos. Los libros deben tener un lanzamiento y promoción adecuados, o no sirve para nada publicar.

 

7- En su opinión, ¿la buena literatura está reñida con la literatura comercial?

No está reñida, el mercado lo demuestra, hay títulos muy comerciales que poseen buena literatura. Pero si que veo buena literatura que no será comercial porque nadie confiará en ella y también veo literatura que nace comercial sin más aspiración.

 

8- ¿Quién fue primero el escritor o el bloguero?

Escribir siempre he escrito relatos, sin ninguna intención definida, simplemente por el placer de reflejar una idea o de entretenerme, Lo del blog creo que me lo propuso José Antonio Lozano como medio de colgar nuestros textos y abrir un escaparate al mundo

 

9- Recomiéndenos un libro que le haya seducido recientemente y otro que no haya podido olvidar.

Los últimos dos años he leído bastante autor aragonés, la mayoría títulos minoritarios, y estoy sorprendido del alto nivel. Permítame que no le de un título, porque ofendería a los amigos que no nombrase. Me vienen seis o siete libritos a la cabeza, todos de autor aragonés que me han seducido últimamente. Esa sería mi recomendación, que lean de vez en cuando a algún autor desconocido, sobre todo si se lo recomiendan. ¿He dicho que mi libro es muy recomendable?. Y que no haya podido olvidar… ayer leía Miguel Strogoff a mi hijo y recordaba palabra por palabra bastantes frases. Si tenemos en cuenta que no lo había leído desde mi juventud, creo que es un libro que no he olvidado.

 

10- “Viento”, es su último proyecto literario , ¿qué nos vamos a encontrar en él?

Cuando buscaba acomodo a mis relatos en las editoriales, todas coincidían en la necesidad de que existiese un “hilo conductor”, así nació “Historias de Tellerda”, y a resultas me han puesto el sobrenombre de “el tellerdano”. Como contrapunto sale “Viento”, con 22 relatos que ni son de Tellerda ni tienen un hilo conductor. Una especie de menú degustación. Totalmente distintos los unos de los otros. Puedes encontrar uno sobre Tim Burton, un western, un relato de amor, otro del medievo y entre medias uno de terror,

 

11- Recientemente ha pasado a formar parte de la AAE, ¿le hemos causado  una buena impresión?

Me habéis causado dos sentimientos contrapuestos. Por un lado, deslumbrado por la gran organización, unión entre miembros y excelente acogida a un novato como yo; y por el otro, no comprendo porqué falta un sector importante de escritores aragoneses.

 

12- ¿Qué espera de la literatura en un futuro?

Me gustaría me regalase experiencias tan emotivas, especiales y gratas como las vividas hasta ahora. Gracias a “Historias de Tellerda” he vivido momentos que no olvidaré por su intensidad, y he conocido gente a la que nunca creí llegar a estrechar la mano.

 

13- Publicar semanalmente en un blog es una tarea ardua, ¿da más alegrías que decepciones? ¿Cree que el Blog es una plataforma de lanzamiento para los autores desconocidos?

Supongo te refieres a la serie semanal “Bubónica” de mi blog. En mi modo de vida actual, es agotador mantener el compromiso de publicar un capítulo cada sábado, pero se compensa con las alegrías que antes he comentado, de repente te encuentras a alguien que te dice “Estoy enganchado a Bubónica”, y eso es un momento muy reconfortante y especial. Y ni le cuento si una editorial me propusiese publicarlo… es un excelente escaparate, por supuesto.

 

14- Planea una segunda entrega de “Historias de Tellerda”. ¿Nostalgia o estrategia?

Ninguna de las dos. Te diría que me siento muy cómodo y disfruto mucho con ese tono, ambiente y personajes, por lo que, de vez en cuando, se me cae un relato tellerdano que guardo en un cajón para ir haciendo granero, sin objeto. Por otro lado, no corresponde a ninguna estrategia porque tengo claro que si no lo publica alguna editorial, no voy a sacarlos a la luz.

 

15- Y para finalizar, ¿cómo lleva las críticas, le han tratado bien?

Pues me han superado, de verdad, no pensaba la acogida tan buena. La gran mayoría han sido muy generosas, sin ir más lejos Juan Luis Saldaña publicó en su blog la semana pasada la suya, y me ha emocionado. También quiero resaltar la entrevista en Borradores tan agradable que me hizo Antón Castro. No esperaba, ni de lejos, esta repercusión. Es más ¡hasta usted me entrevista!

 

José Mª Morales

Nacido en Zaragoza cuando el hombre llegó a la Luna. Aficionado a tantas cosas que me es imposible dominar una. Amante del Pirineo y las leyendas aragonesas he escrito “Historias de Tellerda” (2010) con notable éxito de ventas. Como muestrario de géneros me he despachado a gusto en “Viento”(2011), y he contribuido al libro colectivo “Con otras miradas” (2011). Ahora ando dividido entre varios proyectos: el serial apocalíptico “Bubónica” de publicación semanal en mi blog, goteando relatos para una futura segunda parte tellerdana e ilusionado con terminar mi primera novela.

 

Tetraedro

 

En el mismísimo centro de la Plaza Mayor de Salamanca, Lucía y Nacho, se cogen de las manos y se abrazan. Él lleva su mano hasta la nuca de ella, acolchada de pelo rubio, dejando que oculte sus lágrimas del público que les rodea. Unos segundos después, Lucía con los ojos inundados le dice algo y gira para perderse entre la multitud soltándose poco a poco de la mano con que Nacho agarra la suya, como si no quisiese dejarla ir.

 

Laura está de fin de semana en Salamanca, sentada bajo los soportales en la terraza del Bar Los Charros, admira la plaza en conjunto, descansando del andar exigente de la mañana para poder llegar a todas las visitas obligadas. Se ha puesto las gafas de sol, y el camarero deja sobre su mesa un platillo con olivas encebolladas y la pertinente fría cerveza, pero Laura está absorta intentando acaparar todo el sol que llega hasta su cara. Tras un largo trago, saborea el tono dorado de la piedra de Villamayor usada para la construcción de la plaza y de la mayoría de los monumentos salmantinos. Sin querer percibe a una pareja de enamorados que en el centro, se arrullan y despiden cómplices, agarrados por las manos como si no se quisiesen dejar ir el uno al otro. Hacen muy buena pareja, se les nota plenos de amor. ¿Me da la cuenta por favor?

 

José camina por la sombra contraria a paso rápido, pues ya llega tarde al notario, maldiciendo a Churriguera por haber diseñado tan grande una plaza peatonal, quien sin duda es el culpable de que llegue tarde a todos los sitios. Le gustaría tener la zancada más amplia o poder mover las piernas más deprisa, y por evitar pararse a saludar, mira al ágora de la plaza sorteando las columnas. En el centro, sin duda, ve a Lucía, con un hombre al que no conoce, pero que seguramente será el nuevo novio del que le habló hace unos días. Ese estúpido que es incapaz de distinguir el grano de la paja. Parece que están rompiendo, es lo más inteligente. Ella llora y el muy patán aún hace el gesto de no querer dejarla ir. En cuanto salga del notario, la llamaré, por si necesita desahogarse.

 

Carmen se para en uno de los escaparates de artesanía charra de la Pza. del Corrillo, más que por mirar, por soltar del brazo el pesado bolso que lleva. Cambia de mano para descansar la dolorida y entra en la Plaza Mayor. Apenas sale al sol cuando se detiene y deja caer de golpe toda la compra. Las naranjas ruedan bajo los 88 arcos de medio punto que soportan las fachadas, la botella de leche se rompe contra el duro y seco suelo, pero a Carmen todo le parece dar vueltas, como si los personajes labrados en los medallones de la plaza le mirasen violentos. Corre, saliendo por donde vino, segura de haber visto a su marido abrazado a una mujer rubia, a la que estrechaba contra su pecho. Por eso Nacho estaba tan distante últimamente, tenía una amante. Cómo había sido tan ciega.

 

En el mismísimo centro de la Plaza Mayor de Salamanca, Nacho le comunica a su hermana Lucía, que el padre de ambos está a punto de fallecer. Nunca se llevaron bien, hasta el punto de llevar más de diez años sin hablarse, pero en el instante final, el progenitor le ruega a Nacho que interceda para pedir el perdón de su hija, por aquellas palabras que casi no recuerda. Lucía llora la cercana muerte, dolor mezclado con rabia, pero una inolvidable promesa y su orgullo  le llevan a negar el perdón.

 

Olvídalo Lucía, ve a verle – le susurra Nacho, reteniéndola por la punta de sus dedos.

 

No – responde con los ojos inundados perdiéndose entre la multitud.

ANABEL CONSEJO

Una entrevista de Angélica Morales

Anabel Consejo

1- Oscense de nacimiento y de corazón, ¿cómo ve el panorama cultural en Huesca?

Siendo sincera he de decir que conozco poco el panorama cultural en Huesca. Por circunstancias estoy mucho más ligada al de Zaragoza o al de Lleida, ciudad donde vivo. Es una pena este desconocimiento mío sobre la vida cultural oscense, pero es en las otras dos ciudades donde participo, de alguna manera, en sus movimientos culturales y, más concretamente, literarios.

2- Es usted una temeraria, cultiva la poesía, el relato y la novela, ¿cuál de los tres géneros se lo pone más difícil?

La poesía, sin duda alguna. La poesía exige, o a mí me exige, un distanciamiento cero, es decir: una absoluta desnudez. Hablar desde y por las entrañas exige demasiada sinceridad, apertura, una desinhibición total. La poesía siempre habla desde dentro del yo/mí. Y eso me da miedo, me produce cierto pudor. Hay que saberlo controlar y me temo que ella, la poesía, sigue siendo una fierecilla indomable, al menos, para mí.

3- ¿Qué significa para usted escribir?

Dos cosas: necesidad y reto personal. Siento la necesidad de escribir, de sentarme frente al ordenador y machacar las teclas hasta que salga algo decente. El reto se gana cuando lo que has escrito por necesidad resulta ser un texto que satisface, lo que no se logra muy a menudo.

4- Cite algunos de sus autores más admirados.

Soy muy ecléctica en gustos. Desde mi admirada Jane Austen, George Eliot, Leopoldo Alas hasta Miguel Delibes o Almudena Grandes. Ahora estoy prendada de Paul Auster, al que he de dedicar más horas de lectura… Todo se andará.

5- Un libro que esconda en el bolso y otro que descanse en la mesilla.

En la mesilla descansan: Cuentos de Euritmia, de Amando Carabias María; La dalia negra, de James Ellroy. En el bolso –acaban de regalármelos en mi último viaje a la capital maña-: Cambio de planes, de Luis Borrás e Historias de Tellerda, de José María Morales Berbegal.

6- ¿A qué saben sus historias?

Espero que mis historias desprendas distintos sabores, aromas a cada lector, a cada mirada que se asome a mis relatos. En todo caso, intento contar acontecimientos que suceden a ras de acera a cualquier lector que sienta curiosidad por oler la aventura cotidiana, aventura que me resulta tremendamente excitante. Así que aromas a fruta, a agua de planchar, a contaminación o sabores de besos y de lágrimas, de pieles y de sábanas pueden ser los gustos que aparezcan repartidos a lo largo de mis cuentos.

7- ¿Qué tiene de especial escribir a siete manos? Háblenos del colectivo Siete plumas.

7Plumas es una casualidad, una carambola de la vida virtual. Dieron conmigo en un blog (La Esfera Cultural) y me quedé a participar con ellos. A partir de allí, surgió la idea de hacer una novela colectiva. Siete fuimos los valientes y comenzamos esta aventura que ha dado a luz una novela que se titula Oscurece en Edimburgo y que esperamos pueda ver la luz en papel esta primavera. Digo en papel, porque en el formato virtual ya ha visto la luz hace días, es más: fue engendrada en vivo y en directo (http://7plumas.blogspot.com/).

8- Su libro de relatos “Historia de sujetadores”, desabrocha la imaginación. En su opinión,  ¿los escritores de literatura erótica están marginados? ¿Por qué causa cierto pudor reconocer que se escribe literatura erótica? ¿Qué diferencia este género del resto?

No me considero una escritora de literatura erótica, al menos, no al cien por cien, aunque he de reconocer que me gusta mucho este género, me siento cómoda y lo disfruto. Una vez salvada la barrera del pudor y asumidas las consecuencias, escribir literatura erótica contrae superar un gran peligro: nadar en el océano de la sensualidad sin sobrepasar sus límites, ni caer en lo soez o pornográfico. Para mí eso es fundamental.

Este tipo de literatura tiene el poder de encasillar inmediatamente. No hay que negar que es una literatura que atrae la atención del lector y eso puede ser bueno en un primer momento, pero si no se tiene cierta calidad, no deja de ser una mera atracción, un fuego fatuo que pronto se apaga.

No creo que los escritores de literatura erótica, o los que nos sumergimos en ese género a menudo, estemos marginados. Para mí el erotismo forma parte de la vida cotidiana, tanto por defecto o como por exceso. Muchos escritores relatan episodios sexuales en sus obras y no por ello son considerados escritores eróticos ni son marginados. Supongo que el hecho de ser mujer y escribir relatos eróticos marca mucho más que si el autor es un hombre. No entiendo muy bien por qué, pero es así.

9- Ante tanta proliferación de blogs literarios ¿Cómo se aprende a seleccionar?

Tenemos la gran suerte de vivir en una época en la que podemos acceder a cualquier medio, lugar, momento casi al instante. Eso provoca que el hecho de abrir un blog sea, hoy en día, algo normal, al alcance de cualquiera.  Así pues, el abanico es inmenso, imposible de abarcar. La selección ha de ser drástica, seleccionar sólo los mejores, los que aportan algo nuevo, genuino, auténtico y siempre con calidad. Y aún así es muy difícil. Dudo mucho que yo sepa seleccionar blogs. Me guío por mi intuición y por mis vínculos afectivos.

10- ¿Cuál es el secreto para cautivar a los lectores?

Ojalá yo lo tuviera. Lo desconozco.

11- Usted participa  en el programa radiofónico 3d3 ¿se ha propuesto seducir a las ondas?

Lo de seducir a los otros es muy complicado. Pero sí puedo decirte que a mí me seduce mucho el mundo de las ondas. Desde el programa que 3d3 Escritores hacemos en Cuarte Radio intentamos hablar distendidamente sobre literatura, sobre nuestros gustos, nuestros escritos y proyectos; mostrar que la literatura puede ser un tema para debatir, cercano y apasionante, donde todas las opiniones –no se ha de ser experto o catedrático para opinar sobre un libro- caben.

12- ¿Qué le aporta la AAE? ¿De qué pie cojea?

La AAE me ha acercado a la vida cultural aragonesa, cosa que me hacía mucha falta. Me ha dado la oportunidad de conocer a mucha gente y de darme a conocer, lo que no es baladí. Me ha aportado la identidad de ser escritora y de reencontrarme con mis raíces aragonesas.

Supongo que no es nada fácil coordinar un grupo “egos” –todos los escritores tenemos mucho ego, hay que reconocerlo-. No sabría decirte en qué puede mejorar la asociación. Creo que debe seguir dando apoyo y publicidad a todos sus asociados, mantenerlos informados y proporcionarles una plataforma desde la que se pueda hablar.

13- Hoy en día el cuento goza de un merecido reconocimiento. ¿Qué requisitos ha de tener un buen cuentista?

La técnica es necesaria, pero nunca ha de faltar la capacidad de trasmitir y de sorpresa. Un cuento debe atrapar desde la primera línea hasta la última. Pienso que es muy difícil contar algo nuevo y que por eso es necesario que el modo de narrar tenga calidad y originalidad. Y todo ello dentro de un espacio reducido, que es una de las características del cuento. Razón por la que es tan difícil escribir buenos cuentos, a pesar de que se piense que, por tener una extensión más reducida que la novela, el cuento sea más “sencillo” de realizar.

14- Cuéntenos sus proyectos de futuro.

Una vez acabada la promoción de mi libro Historias de Sujetadores, estoy inmersa en varios proyectos: ultimar y lanzar la novela a siete manos Oscurece en Edimburgo; el libro de relatos de la asociación 3d3 Escritores Tintas Distintas (Pilar Aguarón, José Antonio Prades y una servidora); mi próximo libro de relatos y otros proyectos conjuntos de los que tendréis noticia en la asociación muy pronto. También, desde la asociación 3d3 Escritores, estamos preparando el próximo recital de narrativa SéBreve para octubre, tras el éxito que tuvo el del año pasado.

Anabel Consejo Pano

Oscense de nacimiento y de corazón, tengo mi casa en Lleida desde hace más de veinte años. Madre de dos hijas. Funcionaria de profesión, escritora de vocación. Osada sobre una hoja en blanco en donde no temo meterle mano ni al relato, ni a la poesía, ni a la novela.

He publicado el libro de relatos Historias de Sujetadores, (2010) y dos  libros colectivos, el de relatos eróticos   Karma-Sensual: Amor-Humor (2008) y el libro colectivo Tres de tres, relatos I,  (2010). Formo parte del programa radiofónico 3d3 literatura, de Cuarte en la onda y colaboro habitualmente en la revista La Esfera Cultural. También, junto con el colectivo 7Plumas hemos elaborado una novela a siete, o catorce manos, Oscurece en Edimburgo que pronto verá la luz.

Ganadora del 1er Certamen de Cuentos para despertar, 2009, organizado por el Ayuntamiento de Huesca. Alimento dos blogs con todo lo que brota de mi mente, afortunadamente son omnívoros:

http://lacuentistadehamelin.bolgspot.com

http://miscuentoslargos.blogspot.com

DURA DE ROER

Lascivia. Lujuria. La había mirado tantas veces desde esa perspectiva.

Intentaba adivinar, coreado por Tomás y Rafa, si su culo sería tan estupendo como los pantalones vaqueros dejaban entrever o si sus pechos serían tan espectaculares como los bultos sin complejos que sobresalían de cualquier jersey por gordo que fuera. En eso consistía su primera faena todas las mañanas.

Esperaba junto con el resto de obreros en el aparcamiento de la fábrica a que llegara Marisol. Ella era la secretaría del jefe y la encargada de abrir y cerrar, casi siempre, la nave. Era puntual, siempre: a las ocho en punto su llave abría el portón dejando pasar la luz matinal hasta las adormecidas máquinas y a los obreros legañosos que seguían las indicaciones de sus pantalones sin rechistar. Codiciamos lo que vemos cada día, la máxima de Hannibal Lecter se cumplía a la perfección: todos y cada uno de ellos se había masturbado alguna vez pensando en ella. Luis no era la excepción. Sabía que Marisol era casada y madre de dos hijos, que estaba más cerca de los 45 que de 40 y que sus ojos eran una maravilla. Le excitaba su cuerpo, pero sus ojos le hacían olvidar que trabajaba en una sucia fábrica de productos de plástico. Desde regaderas a orinales, cualquier cosa pasaba por sus manos, cualquier cosa menos los ojos de Marisol. Verdes y profundos, con más fondo que cualquier embudo de los que acababa de empaquetar. Ella bajaba detrás de sus imponentes pechos a decir cuántas cajas de ensaladeras azules había que producir o cuántos juegos de cubiertos había que registrar o cuántos manteles del tipo 143 había que marcar. Ella era la que mandaba a un grupo de trabajadores con monos verdes y cremalleras hasta el cuello, ella era la que descendía las escaleras de una oficina prefabricada con vistas a un mar de hombres uniformados y cintas de transporte repletas de objetos de goma.  Hasta el jefe confiaba en ella más que en ningún otro empleado. Y hacía bien, Marisol era la mejor contable, directiva y secretaria que jamás hubiera encontrado por el sueldo que recibía. Ella era la que gobernaba la fábrica. La única mujer de toda la planta, la única persona no uniformada que sólo repetía los mismos pechos y el mismo culo cada día.

Algún que otro compañero había tenido la osadía de invitarla a un café y había sido rechazada la oferta como si se le hubiera ofrecido un viaje a los sótanos de la tortura. Ella no había sucumbido nunca, ni a los encantos de Óscar, el jefe de sección número 7. Era un hombre que compensaba sus cortedades intelectuales con un cuerpo de vértigo, un hombre de 30 años que le hubiera encantado hacer una muesca en la culata de su revólver tras un polvo con Marisol, la cuarentona. Cualquier otra fémina de su edad se hubiera sentido halagada, satisfecha por la proposición, pero ella no, ella era incorruptible, seria, responsable; el trabajo era el trabajo y nada más. Y todos lo habían entendido, todos la respetaban, aunque eso no impidiera que su imaginación volara muy cerca de ella.

– Luis, hoy de ensaladeras, 100. Después haremos escurridores hasta 500, para el pedido de Valencia –y le miraba a los ojos.

Hija de puta, lo sabes, sabes que me ponen tus ojos todavía más que tus tetas, se decía Luis. Pero su cuerpo no delataba sus pensamientos, hacía un ademán de conformidad, daba las órdenes, programaba el ordenador y continuaba su trabajo ya en los mismos tonos que el iris de Marisol. Llegaba a su casa, cenaba, escuchaba la rutina de su mujer y jugaba un rato con los gemelos, pero en la cama se acostaba con Marisol, abrazaba a Marisol, follaba a Marisol. Era como un mago, un mago capaz de disfrazar sus pensamientos y sus deseos. En eso consistía su rutina diaria.

Verano, calor, mucho calor. El aire acondicionado de la fábrica se había estropeado, los monos estaban abiertos hasta la línea de los calzoncillos. El aire acondicionado de la oficina de Marisol era independiente al de la planta y, al entrar en ella, la agradable temperatura daba la oportunidad de respirar.

– Marisol, guapa, ¿qué pasa con nuestro aire acondicionado? Porque tú estás como una reina, pero nosotros nos estamos asando.

Marisol giró su silla hacia Luis y con sus pechos dentro de una camiseta naranja de tirantes le miró a los ojos, hija puta, sabes cómo me ponen tus ojos, y con mucha seguridad le dijo:

– Ya he llamado dos veces al técnico, no da abasto. Hasta la una no va a poder venir, ya os lo he dicho. ¿Qué quieres que haga?

En una de las pocas veces que Luis miraba hacía otro lado que hacía la anatomía de Marisol, observó que la pantalla del ordenador tenía abierta una página de Internet que poco tenía que ver con el trabajo.

– Y esa página ¿de qué es?

Marisol se sintió atrapada y, en un acto reflejo, minimizó la página.

– Nada, no es nada –dijo turbada.

Luis, en un arranque, se abalanzó sobre el ratón y maximizó dicha página.

– ¿Qué haces? ¿Eres tonto o qué? ¿A ti qué te importa?

Para cuando Marisol pudo arrebatarle el ratón, Luis ya se había enterado de qué trataba el foro.

– No me digas que escribes. No me lo puedo creer, eres de un foro de poesía. Ya verás cuando lo cuente allá abajo.

– No tienes derecho a decir nada, además, a ti qué te importa lo que yo hago. Si escribo poesía ¿qué? –dijo retadora y segura de sí misma.

– Nada, a mí no me importa nada –dijo Luis observando cómo sus pechos parecían más erguidos por la indignación de su dueña- pero a don Julio igual sí le interesa, saber que su mano derecha pierde el tiempo en Internet, en escribir poesía… Bueno, ya conoces a don Julio, no creo que le haga mucha gracia –y exhibió la mejor sonrisa que jamás haya podido lucir.

Marisol cerró los ojos, pareció que se había desvanecido la luz de los fluorescentes. Luis se arrepintió en el instante de haber dicho eso, él no la iba a delatar, nunca lo hubiera hecho.

– ¡Eh! Tranquila, que ha sido una broma, que no iba en serio. ¿Me crees capaz de chivarme de una cosa así a don Julio? Por favor, Marisol, que hace ocho años que nos conocemos…

-Por eso sé que a don Julio igual no se lo cuentas, pero a los demás… Os vais a hacer un hartón de reír a mi costa.

Luis respiró hondo, sabía que la tenía en sus manos; sabía que la rentabilidad que podía sacar a ese instante nunca jamás se le volvería a presentar; sabía que era su momento, que la providencia, por una vez, se había puesto de su lado; sabía que lo iba a aprovechar, lo sabía.

– ¿Qué tipo te crees que soy? Marisol, por favor. Yo no voy a ir por ahí con chismes. De verdad, me ofendes, parece mentira –y la miró a los ojos sin parpadear, sin dejar entrever sus verdaderas intenciones.

– ¿No se lo vas a contar a los demás?

– ¿Lo dudas?

– Sí, claro que lo dudo.

– Marisol, yo también escribo poesía, te entiendo perfectamente. ¿Cómo iba a ser tan sádico de delatarte?

Ante semejante declaración, ella abrió los ojos de par en par, asombrada, incrédula de lo que acababa de oír, pero Luis no parpadeaba, le aguantó la mirada hasta que ella pudo pronunciar:

– ¿Lo dices en serio? ¿Tú escribes poesía?

Luis, como un consagrado actor, puso los ojos en blanco, se sentó sobre la mesa del escritorio y, acercándose mucho, le dijo en voz baja:

– Sí, escribo poesía desde los 14 años. Nadie lo sabe, pero es mi afición secreta. No he estudiado ni nada, pero no lo puedo remediar, cada día encuentro motivos para escribir, lo que sea, cualquier ocasión es buena para expresar los sentimientos.

Marisol lo escuchaba con unos ojos tan abiertos, tan profundos, tan infinitos que Luis casi se mareó, casi pudo componer los únicos versos de su vida  perdiéndose en ellos.

– Nunca lo hubiera imaginado –exclamó Marisol completamente convencida.

– Tú sabes que los poetas no mostramos lo que somos, tú lo sabes mejor que nadie.

Marisol sonrió y escondió su rostro girando tímidamente la cabeza. Se sentía estúpida por no haber reconocido a un poeta con tan solo mirarlo.

– Sí, tienes razón: los poetas no llevamos un letrero, más bien nos escondemos por vergüenza, por miedo a que se burlen de nuestra sensibilidad. No nos entienden.

Luis echó todo sus triunfos y faroles sobre la mesa y cogió las manos de Marisol.

– Lo sé, cariño, lo sé. ¿Cuántos de los que hay allí abajo te crees que saben que me gustan los versos?

Se hizo un silencio en el que los movimientos ascendentes y descendentes de los pechos de Marisol delataban su excitada respiración.

– Nadie, Marisol, nadie, ni tan sólo mi mujer.

– Joder, joder con Luisito, que te la vas a tirar. Serás maricón, ni siquiera Óscar lo ha conseguido y vas a ser tú. Cágate lorito, ¿quién lo iba a decir? –dijo Tomás con cierto tono de envidia varonil.

Luis acabó de un trago su cerveza. Esperó unos segundos, alargados a conciencia, antes de contestar a sus expectantes amigos.

– Sólo hemos quedado para tomar unas cañas e intercambiar poesías y esas cosas. Nada más. Marisol es dura de roer, no creo que vaya a ser fácil. Pero qué duda cabe que lo intentaré. ¡Otra ronda, camarero!   -y todos se echaron a reír-.

– Nos lo contarás, ¿verdad, cabrón? Porque si tu follas, todos follamos, ya sabes –exclamó Tomás.

– Con pelos y señales –continuó Rafa.

– No os preocupéis, si me la tiro os lo cuento todo  ipso facto.

Ninguno entendió muy bien la última expresión, pero intuyeron que si había rollo, iban a ser informados exhaustivamente. De hecho, sólo les faltó cronometrar los relojes antes de dejar ir a ducharse a Luis.

– Y ya sabéis, si os llama mi mujer, me he ido de cena con vosotros. Si no me tapáis, no os contaré nada, cabrones –y de nuevo se volvió a escuchar la risa de los tres.

Lascivia. Lujuria. Allí estaba, radiante, vestida y arreglada como no lo había hecho para su marido en mucho tiempo. Y Luis lo sabía, tanto como ella sabía que le ponían sus ojos, hija puta, cómo lo sabes.

– ¡Vaya! ¡Qué guapa estás! Menos mal que no te pones así para ir a trabajar, no íbamos a dar pie con bola.

Marisol sonrió y Luis tuvo la certeza de que ya lo tenía todo hecho, era cuestión de tiempo, sólo tenía que esperar, que saber manejar las manecillas del reloj que jugaban a su favor. Y ya ella no pudo aguantarle la mirada.

Lascivia. Lujuria. Tendida sobre la cama de un hotel de medio pelo. Abierta de par en par como una rosa madura, a punto de que sus pétalos comiencen a caer; con el olor penetrante, casi ácido pero todavía dulce; con el máximo rojo antes de apagarse, granate encendido, antes de delatar el inicio del final. Maravillosa. Se había dado a él como ninguna otra mujer en su vida: entera y pasional; ajena a lo que le rodeaba, inmersa en esa cama que le pertenecía más que la suya propia. Dormía, su respiración era fuerte, pero rítmica, acompasada, como una música silbante. Ni siquiera el maltrecho maquillaje afeaba la imagen que Marisol regalaba a Luis: qué mujer, se le llenaba la boca al pensarlo y lo volvía a repetir, qué mujer; pechos grandes, levemente caídos pero espléndidos; vientre decorado con alguna estría, redondeado como una manzana con un gracioso agujero en medio; caderas majestuosas, increíblemente libres de celulitis; culo esplendoroso, magnífico asidero donde depositar un placer impetuoso. Abrió los ojos, cómo me gustan tus ojos, hija de puta, y le sonrió, abrió los ojos, Dios mío, qué ojos, y la luz se hizo en la habitación. La besó, la besó como no lo había hecho en toda la noche.

– ¿Qué? No nos llamaste, cabrón. ¿Qué pasa?, ¿te da vergüenza reconocer que no te la has tirado?- le increparon sus amigos.

Luis sonrió, una sonrisa de medio lado que dejaba escapar un brillo agridulce en su mirada. Abrió la boca, la volvió a cerrar y, tras encender el primer cigarrillo de la mañana, contestó:

-Nada, con Marisol no hay nada que hacer. Es dura de roer.

GENOVEVA RODEA

Entrevista

por Angélica Morales

Genoveva Rodea

1- ¿Nacer en Casablanca marca?

Criarte en Casablanca, hace.

Te horneas con influencias de todas las culturas con las que convives. Tienes en tu esencia un “ser español” de sangre y corazón, pero te impregnas de efluvios de todo lo están en tu vivencial. Y, cuando te das cuenta, eres diferente. Estás a gusto en cualquier lugar. Sin embargo, no te sientes realmente de ningún sitio. Tu única patria real es la gente que quieres y con la que te sientes bien, sea cual sea el territorio que pises.

Piensas que, no hay tierras… hay gentes.

2- ¿Qué olores resucitan sus recuerdos?

¡Ay!, los olores. La memoria olfativa es tan fuerte…. Tan hábil de secuestrarte hacia viejas sensaciones y emociones en milésimas de segundos…  Creo que tengo todo un catálogo.  Pero ya que hemos empezado hablando de Casablanca, voy a resaltar el aroma de las Damas de Noche. Me transportan a lejanas noches de verano, serenas y despreocupadas; con ecos de risas y sabor a bien estar. Al mismo nivel estaría el olor a madera quemada en una hoguera sobre la playa. Ese, además, transporta al presente el sonido de viejas guitarras.

3- Versada en interpretación, ballet, canto, piano… ¿es usted una mujer del Renacimiento?

Dejémoslo en… una mujer que renace con cada proyecto que emprende. Son todas sus pasiones las que la hacen sentir viva.

4- ¿Qué tiene de literario escribir discursos por encargo?

Depende del tipo de discurso. Alguien me dijo un día que acabaría poniéndole literatura a las memorias contables. Es una anécdota, pero supongo que lo literario de un discurso es escribirlo de tal manera que sea capaz de traspasar y llegar a la fibra del oyente.

5- ¿Le quedan versos de juventud?

¿Me está llamando vieja?

Bromas aparte, sí.  Quedan todos: los de la adolescencia, grabados y guardados en algunos diarios. Y los de la esencia -que no tiene edad-, en la piel, y escondidos entre la prosa.

6- Escribió su primera novela a los dieciocho años por entretenimiento, ¿ahora con qué se entretiene?

La palabra “entretenerme” me provoca cierto rechazo. Me suena a “me sobra tiempo y lo tengo que ocupar”. Eso de “matar el tiempo” lo asocio a la nada. Me gusta mucho mas aprovecharlo que matarlo ¿En qué? En tantas cosas…. que se necesitarían varias vidas para hacerlas todas.

7- Háblenos de la Asociación de escritores Noveles.

Le pondría un título: Estrella guía.

Personalmente, entrar en la asociación fue cómo ver la luz. Toda la vida había escrito. Pero una novela no acaba ahí, en el punto y final. Al terminar Las herencias del tiempo y decidir publicarla, me sentí cómo ese Paco Martínez Soria de las películas; bajando en Madrid del autobús, completamente perdido, tropezando y mirando a todos lados, preguntando sin ton ni son. Era, lo que se podría definir sin temor a errores: “Una tonta en apuros”. La AEN me enseñó a caminar.

8- Es usted una altruista. Ha destinado los beneficios de su último libro de relatos “Escrito en la arena”, a los damnificados por el terremoto de Haití. ¿Qué tal ha resultado la experiencia?

Permítame una pequeña matización: mi editorial también donó su parte de beneficios del libro.

Y ahora sí le contesto.

No creo que sea una altruista. Al escuchar la noticia, sentí impotencia, injusticia, rabia… necesidad de hacer algo, por pequeño que fuera.  Y lo hice.

No hubiera podido hacerlo sola. Eso es lo destacable de la experiencia: toda la colaboración con la que conté en el proyecto; y sin tener que amenazarlos con envenenarlos o echarles un conjuro para que me ayudaran, ni nada. En serio: eso te hace ver cuanta sensibilidad y humanidad hay aún en este mundo que los telediarios teñidos de negro nos incitan a despreciar.

9- Confiésenos qué oculta su brillo.

Permítame conservar un pequeño halo de misterio. Toda buena novela lo tiene… ¿no?

10- ¿Qué tienen las ondas que seducen tanto a los literatos?

Son damas cautivadoras, un atrayente canto de sirenas para cualquiera que se acerque a ellas. “La radio engancha”, es un tópico de los reales. En el caso de los literatos es probable que se enamoren de ella, además, por su necesidad de expresar. Un complemento perfecto para comunicar y jugar con la palabra. Con ese puñado de letras que conforma el alfabeto y que es capaz de dibujar el cuadro más perfecto o la acción más trepidante. Ser arma o bálsamo. Bofetada o abrazo.

11- Un libro al que regresaría una y otra vez.

A aquellos que mi madre me leía en la cama. Fueron los que despertaron mi imaginación y mis ganas de fantasear e imaginar. Hoy me ha pillado con el día nostálgico.

12- ¿Cómo ve la AAE un socio simpatizante? ¿Qué mejoraría de nuestra Asociación?

¿Cómo lo ve un socio simpatizante? Cuando te apuntas, como a los mayores del cole. Estás al lado, pero discreto.

¿Qué mejoraría? Me incluiría de socio. ¿Me aceptan? Era mi intención en el 2011.

Bromas aparte, creo que está haciendo una buena labor. Está en buenas manos, me lo ha dicho un pajarito.

13- Comparta con nosotros sus proyectos más inmediatos.

En cuanto a literatura: La publicación este año de La cara oculta del brillo, la novela en la que he estado trabajando estos últimos años.

También quiero ampliar los talleres de escritura y avanzar en la siguiente novela. Me gustaría que saliera para el 2013, cosa de llevarle la contra a la superstición.

Pero, el proyecto más inminente, el que voy a hacer ahorita mismo, es agradecerles el haber pensado en mí.  Gracias.

Genoveva Rodea

Hija de emigrantes españoles, nace en Casablanca (Marruecos) en 1967. De afición temprana por las letras, se inicia en la poesía a los 11 años. Consigue varios premios en este género, pero pronto se inclina hacia la prosa. A los 18 años, coincidiendo con su traslado a Zaragoza donde estudia empresariales, escribe por entretenimiento su primera novela: Más allá de las distancias.
Aunque desarrolla su carrera en el ámbito financiero, siempre ha estado estrechamente vinculada a la literatura, la psicología y las ciencias humanas. En el 2.007 publica Las herencias del tiempo. Novela de gran acogida, con la que consigue agotar dos ediciones y situarse en el primer puesto del ranking de ventas de la AEN en el salón Iberoamericano de Gijón.
Tras esta publicación decide reconducir su vida hacia el vasto espacio de lo creativo. Colabora con distintas revistas y medios de comunicación escrita, escribe discursos por encargo y se convierte en contertulia habitual en La general TV y Punto Radio Aragón. Por otra parte, su desenvoltura ante los micrófonos, unida a una formación en diversas artes como, interpretación, ballet, piano o canto, la conducen a sentirse cómoda en los escenarios donde presenta numerosas galas, certámenes y concursos.
Desde el 2.006 es delegada de Zaragoza de la Asociación de escritores nóveles para la que organiza y dirige eventos, clubs de lectura y presentaciones literarias. Participa como jurado en distintos premios literarios y colabora en la dirección de la Revista Y Latina.
En 2010 publicó bajo el título Escrito en la arena, una selección de sus mejores relatos, cuyos beneficios y derechos de autor están destinados a emergencia en Haití a través de Cruz Roja. Y, actualmente, se ha reconciliado con el mundo de la empresa y acaba de estrenarse cómo empresaria con Rodea Soluciones, S.L. Imparte clases de literatura creativa y ultima las correcciones de la siguiente novela siguiente novela La cara oculta de brillo que verá la luz en 2011.

Un reportero,

Una espía

Un hoy

Un relato de Genoveva Rodea

AQUELLA mujer te intrigaba; tan segura, tan enigmática. Te sorprendías ignorando las desdichas acaecidas a tu alrededor. Congelando cómo un autómata las imágenes en tu sofisticada cámara de reportero de guerra, con una única idea en la mente: procurar acercarte a ella.

El destino te ofreció la solución aquella tarde. Al regresar, una voz quebradiza, el lamento de un hombre pedía auxilio. Sangraba. Olvidaste tu trabajo, tu cámara, los rollos de celuloide impresos que carecían de sentido ante aquella llamada. Y luchaste con denuedo con su corpulencia hasta acercarlo a un lugar donde socorrerlo.

Allí te preguntaron su nombre, lo ignorabas. Tampoco pretendías saberlo. Salvarlo del peligro era lo único que te importaba. Luego, olvidarías. Así habías de actuar en aquel mundo para no fundirte con él. Así lo habías hecho siempre, desde que aprendieras a blindarte del entorno. Sin embargo, esta vez, la vida te preparaba un requiebro. Aunque nunca lo habías visto, ese hombre se alojaba en tu hotel. Y, unos días más tarde, recibías una nota de agradecimiento con una invitación a compartir su mesa. La cogiste con cierto desagrado. No estabas de humor para relaciones sociales. Y, mucho menos, para entablar amistades dentro del hotel. Tanto tiempo en el conflicto comenzaba a pesarte, a hacer mella en tu carácter. Pensaste alguna excusa. Luego, decidiste aceptar, por mera cortesía.

Los cinco componentes de una mesa de siete se levantaron al verte entrar. Saludos, agradecimientos y halagos a tu heroísmo, adornaron las presentaciones. Algo abochornado ante tanto elogio hacia tu persona, tomaste asiento entre un señor de aspecto algo ausente y una silla vacía. Entonces, ocurrió. Tu perspectiva de la noche cambió al oír una voz femenina a tu espalda disculpando su retraso. Era ella, la mujer de tus fantasías. Ese hombre que habías ayudado, sin fijarte apenas en su rostro, pertenecía a la misma agencia francesa a la que, supuestamente, ella prestaba sus servicios. Y, esa silla vacía a tu lado, era la suya.

El alba te sorprendió pensando en ella. En la cena, en la actitud, en todo lo que habíais conversado. Esa mujer poseía un extraño poder sobre ti. Tan lejana y a la vez tan cercana. Tan posible y tan esquiva. Tan ahí… y tan inaccesible. Encerraba algún misterio ¿cuál? Lo ignorabas. Por necesidad o por reto, precisabas más.

Flahsses, desastres y miserias, empaparon tu retina durante la difícil jornada. Al regresar, coincidiste con ella en el hall del hotel. Lo cierto es que durante días habías estudiado sus movimientos para propiciar un encuentro y, después de conocerla, tenías excusa para el saludo. Incluso, para invitarla a una copa de vino antes de la cena. Aceptó sin reparos y, de nuevo, os convertisteis en compañeros de mesa.

Esa noche erais un grupo numeroso. Componentes de la agencia, alguna personalidad interesante cuya presencia hubieras aprovechado, en otro momento, a favor de tu trabajo, y personas influyentes que, ante su presencia, se te revelaban de más. La mirabas actuar, desenvuelta, cortés, correcta. Olvidando su carácter reservado de anteriores ocasiones, sin descuidar esa invisible barrera que te impedía acceder más a ella. Pese a tu voluntad contraria, coqueteabas con el fantaseo y la imaginación. Si hubieras tenido quince años, hubieras deshojado margaritas declarándote enamorado de aquella estampa. Pero no, tú eras un hombre maduro, reflexivo. Todas las guerras, todo el mundo recorrido y las experiencias vividas te abocaban al realismo, a procurar pisar tierra y convencerte de que aquello era una simple atracción hacia lo desconocido, hacia el misterio. Aun así, te arrastraba.

Fueron varias las cenas compartidas. Alguna, incluso, se convirtió en velada. Una cotidianidad con sabor a expectativa de descubrimiento que comenzaba a instalarse en tu vida y te gustaba. Ahora tenías un motivo para salir ahí fuera. Pero, sobre todo, tenías un motivo para regresar.

Hasta ese día.

Tras una tarde agitada, la noche se adivinaba complicada. Una alarma de peligro enmudeció el hotel mientras compartíais una copa. Se hizo el silencio y el aire comenzó a tornarse denso, enrarecido de tensión, de incertidumbre. Ahí, fuera, se estaba librando una batalla. Os mirasteis, sin hablar. Vuestros oídos se habían acostumbrado ya a los silbidos de balas y zumbidos de morteros. La extraña capacidad de supervivencia que posee la mente humana para no enloquecer ante situaciones tan extremas os protegía de sobresaltaros ante esos estruendos. Habíais aceptado esas misiones conscientes de su riesgo. Habíais aprendido a vivir con su sombra amenazante. Sin embargo, ahora, la alerta era inminente, no un supuesto contemplado en una clase de entrenamiento. Esa noche infernal podía ser la última.

Las cosas se perciben distintas ante la posibilidad de la no existencia de un mañana. Todo es más fácil. Todo se vuelve menos complicado. Fluyen los temores, los deseos. Se derraman las palabras. Desaparece el pudor a delatarse, el recelo a equivocarse. Se olvida el miedo al mañana; porque ese mañana, quizás, no exista. No recuerdas cómo, ni recuerdas quién lo propuso. Ni siquiera si hubo tal proposición o, simplemente, avanzasteis los dos hacia el mismo fugaz y furtivo destino, refugiándoos a prisa en la intimidad de una alcoba sacudida por la metralla de un mundo y unos intereses.

Hoy, diez años más tarde, te ha parecido verla. Ocurrió esta mañana, en el balneario en el que te hospedas. Esperabas el ascensor y, al abrirse la puerta, una mujer de asombroso parecido te paralizó el pensamiento. Incluso, el movimiento. Fue un soplo. Una fracción de segundo, insignificante en el tiempo, intensa en el espacio de tu memoria. Desde entonces, la sensación persiste, los recuerdos se te pegan a la piel. Tumbado en la cama, evocas aquella noche. Las prisas, la cautela, el cierre de ventanas, las luces apagadas con premura, las consignas de silencio susurradas entre gestos, la complicidad del instinto de supervivencia. Y ese tropiezo en mitad de la habitación, ese instante congelado, decisivo. Cuando se aleja, se escurre… se detiene, piensa. Después, callada, clava en tus ojos una nueva mirada. Y comprendes. Ves esa boca esquiva, entreabierta, jugosa. Tan prohibida… y tan a punto de ser tuya.

Sus dedos resbalan y juguetean por tus labios sedientos. Quieres perpetuar el momento y, al mismo tiempo, necesitas beber de ella. Vuelve a atraerte contra su cuerpo. La sientes, toda. El dibujo de sus curvas se graba ardiente en tus poros. Su calor traspasa esa fina camisola que, medio abierta, te permite entrever el secreto de su escote. Te quema. Y percibes el aroma del suave perfume que, mezclado con su piel, se transforma en una poción de deseo incontenible.

¿Qué te ha dicho? No lo sabes., ¿qué importa ya? El susurro de esa voz insinuante se apodera de tus sentidos, resbala. Mientras su aliento, su boca, sus manos… se van apoderando de tu cuello, de tu pecho… de tu ser.

Tus dedos enredados en su pelo. De nuevo te susurra algo al oído con ese acento extranjero que te fascina. Vuestras cabezas giran, lentamente. Las mejillas sofocadas se rozan despacio, suaves. Hasta que vuestras bocas se encuentran, se apoderan una de otra. Oyes su respiración agitada, la tuya, las dos. Se mezclan y te confunden. Es una. Es el aire que gira al ritmo de vuestras miradas, de vuestras manos. Te apoderas de su cintura, loco por descubrir las playas de su piel, loco por nadar en el mar de sus secretos. Y ahora, son tus caricias y tus brazos los que dominan, los que la vencen; tu boca la que la explora. Tu piel se eriza al sentir cómo se contrae, cómo se abandona. E imaginas cien juegos con los que seguir volviéndola deliciosamente loca.

El sol se cuela por la ventana entreabierta. La calma parece inquietante. Habéis sobrevivido tocando el cielo en mitad del más crudo infierno. Despiertas. Y, ahí está ella, a tu lado. Inmortalizarías ese rostro con tu cámara desoyendo sus deseos. Más no, desistes. Te inclinas. Duerme. Observas el movimiento pausado de su pecho. Deslizas suavemente el índice dibujando su figura, mimando esa piel aterciopelada y tersa. Abre los ojos, te mira… y se hace un silencio en que impera el lenguaje de las pupilas. Recuerdas esa mujer altiva e inaccesible de ayer, esa mujer que te observaba imponiendo fronteras. Sonríes por dentro: era un volcán escondido.

Te sonríe. Con ese gesto contesta a tus pensamientos. La besas suavemente. Te perderías de nuevo en ella, mas el tiempo apremia. Ahí está la realidad, la oscura realidad aguardando ser apresada por tu objetivo. Una ducha y una dura e insegura jornada sin ella es tu futuro más inminente. Abres el grifo con su rostro todavía en tus retinas.

Y, la cortina se abre. Entra.

El agua caliente comienza a resbalar sobre su cuerpo empapando ese camisón de raso color marfil, dejando en evidencia esas turgencias tan tuyas, trasparentando esa rosa tatuada en su pecho. El vapor del agua despeja el olor de su piel, su perfume mezclado con el aroma del deseo. Desliza sus manos enjabonadas por tu cuerpo… y olvidas que existe mundo más allá de su geografía.

Al regresar aquella noche, acudiste al bar; a la hora concertada. Pediste dos copas de vino, convencido de su puntualidad. Pero su copa se burló de ti mientras esperabas, mientras consumías alcohol, consumiéndote por dentro, barajando hipótesis en tu incertidumbre. Dividido entre la preocupación y el enfado, al cabo de una hora, subiste a su habitación. Un nuevo inquilino te abrió la puerta, sorprendido. Se había instalado allí esa misma tarde y desconocía el destino de su antigua ocupante. Tampoco sus compañeros de la agencia pudieron darte razón de ella, no estaban informados de las nuevas misiones. La habían visto marcharse. Ya sabías que estaba vida. Ahora, se alejaba la preocupación y sólo te quedaba la rabia. Se había ido sin dejar tan siquiera una nota en recepción. Tras ingerir más de media botella de whisqui de malta, te retiraste. Más bien, te retiraron antes de que agredieras a un huésped que, según tú, te miraba desafiante.

Hoy, de nuevo, todas esas sensaciones te vuelven a sacudir. Las olvidaste, las curaste. Pero regresan, cómo regresa el recuerdo del primer beso a lomos de las notas de una vieja canción. Regresan reales y sangrantes, mecidas con la misma incomprensión de entonces. Una nota, una simple nota en recepción, aun explicando el adiós, hubiera zanjado la historia. Le hubiera permitido descansar en el lecho del recuerdo sosegado. Acurrucarse en la memoria con la sonrisa del regalo de un día. Un motivo, un gesto hacia tu persona, hacia lo vivido, un final entendido, y ese encuentro de hace unos horas en el ascensor no te hubiera lanzado a los brazos de ese alcohol que, de nuevo, te adormece.

Y despiertas, la frente empapada en sudor frío. Desorientado, perdido entre el sueño y la realidad. La ventana entreabierta deja traspasar un hilo de luz. En el suelo, esparcidos, hay prendas de mujer. Lencería y unos zapatos de tacón de aguja que reconoces al instante.

Te incorporas, sin entender, y una melodía procedente del cuarto de baño canturreada en un idioma extranjero te sitúa por fin en tu tiempo. No eres 10 años más viejo, ni estás borracho de recuerdos en un balneario. Sino en la alcoba donde ella ha yacido en tus brazos tras vuestra segunda cita. Ese sueño, esa pesadilla, ha sido tan real… que mantienes la respiración agitada todavía unos momentos, mientras tu mente se libera de la desazón de ese futuro soñado.

Sonríes satisfecho. No te dejó esperando en la barra. Está ahí contigo, alegre, risueña. Callas. No deseabas romper el silencio. La miras liberar su melena de una pequeña pinza. Vestirse con esas ropas sobrias, a la par que elegantes, que la convertirán en esa mujer de hierro tan alejada de la que esconde. Te acomodas y enciendes un cigarrillo. Exhalas el humo, relajado, tranquilo. Reflexionas, ¿Cuánto tiempo hace que no te sorprende esta sensación de bienestar?

Ajena al mundo de tus pensamientos, recoge su bolso, la grabadora y una pequeña arma que esconde en su liga. Se acerca. Y, con un gesto natural y espontáneo, te estampa un beso rápido.

–Ciao, ciao –dice–. Hasta luego.

“¿Hasta luego?”, piensas, casi en un sobresalto. Después de ese sueño, los “hasta luego” te parecen encubrir un adiós. El adiós con el que tú elucubraste anoche, cuando todas esas sensaciones que reconocías aptas de derivar en sentimientos profundos, te acobardaron. Cuando tu miedo al fracaso, a sentirte vulnerable, te sugirió escapar a tiempo.

Después de esa especie aviso onírico, precisas creer en un “hasta luego”. Quizá una vez, quizá dos, sólo durante esta estancia, o por siempre. Recuerdas todas esas ocasiones en las que huiste de un reencuentro por escapar de un probable desengaño, en los que te prohibiste sentir para no volver a sufrir. Te das cuenta que en cada sueño matado sin empezar, dejaste algo de ti. Te prohibiste vivir.

Es tarde. Fuera se oyen los ruidos de siempre, la sin razón. Cargas tu cámara, ese santuario donde congelar el dolor. Y sales cerrando la puerta con una media sonrisa fruncida en los labios. Volverás. Volverás mientras exitista algo por lo que volver. Volverás si puedes, si un proyectil no te alcanza. Si no lees en algún periódico el hallazgo de un cuerpo de mujer, torturado y desfigurado, cuya única seña de identidad es una rosa tatuada en el pecho. Volverás, mientras esos deseos no se apaguen en ti, ni en ella. Mientras ese brillo extraño permanezca en vuestros ojos al miraros.

Dejarás que sea el destino, y no tú, quien decida el desenlace. Volverás… para seguir estando vivo.