Las verdaderas HISTORIAS de amor son pasajeras

162aaaaaaaaaaaa págs. Editado por La Fragua del Trovador

Pilar Aguarón Ezpeleta en la mejor tradición del realismo histórico español, por Fernando Aínsa

Se ha dicho y repetido —lo que ya es un lugar común de la crítica sobre el cuento en España y especialmente en Aragón— que el realismo es lo que ha predominado. Un realismo que puede ser “naturalista” (pienso en Los pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán), “tremendista” (al modo de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela o Requiem para un campesino español de Ramón J.Sender), realismo social (Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, el primer Juan Goytisolo) o simplemente realismo costumbrista en la mejor tradición decimonónica, pintoresquista y regionalista.

Reconozco que esta literatura —hasta la irrupción de la narrativa latinoamericana en los años sesenta— alimentó mis lecturas juveniles en Montevideo, donde a la sazón vivía. Entusiasta, devoré literalmente lo mejor del realismo español (y sus derivados), especialmente del que abundó en los años cincuenta del pasado siglo, libros muchas veces prohibidos en España y editados en Argentina, México o Uruguay.

Los cuentos de Pilar Aguarón Ezpeleta, reunidos en Las verdaderas historias de amor son pasajeras (La fragua del trovador, Zaragoza, 2015), me han devuelto a aquel entusiasmo juvenil, cuando viajé con Elena Soriano  en “Viajera de segunda” (recogido en La vida pequeña. Cuentos de antes y de ahora), me sumergí en la Castilla profunda de la España “negra” con Miguel Delibes y leí con avidez los autores del “realismo histórico” de la “generación testimonial” de que hablaba José María Castellet.

Insertos en la vida rural, pueblerina o urbana zaragozana en los grises años de la posguerra, contextualizados históricamente y con personajes transidos de humanidad y ternura, los relatos de estas “verdaderas historias” de Pilar Aguarón proyectan, desde una aparente sencillez, lo que ha sido (y en muchos casos, sigue siendo) la vida cotidiana provinciana. En “El mundo de Luisi” se descubre, al morir esa tía de existencia discreta y comedida tras el mostrador de una mercería abierta en la calle Mayor de Zaragoza, a una mujer  interesante, buena lectora y probablemente enamorada. Es tarde para lamentarse de no haberla conocido bien en vida, podrán decirse las sobrinas Aurora e Inés al abandonar su casa.

“La viuda del divisionario” nos devuelve a los años cuarenta del pasado siglo, a la patética epopeya de la División Azul y a un Elías que regresa mutilado del frente ruso para casarse, tras un largo noviazgo, y morir tontamente fulminado por un rayo el día en que nace su hija Marina. Moraleja de este triste relato: “La guerra nos derrotó a todos”.

En las dos partes  de “Trofeo de guerra” se confrontan dos versiones de una misma historia, narradas por las protagonistas. Los puntos de vista operan como administradores de verdades que no tienen dueño y que el lector deberá conceder a unos y otros según sus preferencias. En sus páginas pueden volverse a vivir años de una Zaragoza provinciana que bien podrían ser la de Calle Mayor de Juan Antonio Bardem.

Pilar Aguarón que había adelantado algunos relatos de “amor pasajero” en el libro colectivo Cuentos de amor, desamor y otras reacciones químicas (Literaturame.net) y en la exitosa saga de La casa de los Arquillos (La Fragua del trovador, 2013), nos entrega ahora una panoplia de vidas en las que el afectuoso relato consagrado a su profesora de literatura en sexto de bachillerato en “Chesterfield sin filtro”, fumadora empedernida y entusiasta difusora del amor por las letras, es tal vez el relato más conmovedor del volumen, relato que me ha recordado La fiebre de Ramón Nieto, la novela que marcó mi adolescencia con inéditas emociones.

Sin embargo, las páginas de “Los Rabanera” donde se narra con realismo descarnado, la vida rural de una familia numerosa cuando “un mendrugo de pan blanco era un sueño al alcance de pocos”, desarrollan la historia (tal vez menos excepcional de lo que podría parecer), de una mujer, Mariela Páñez, compartida por cuatro hermanos con los que tiene ocho hijos. La historia, contada por uno de los hijos (el tercero de los ocho hijos varones) nos sumerge, sin el sentido trágico de un Federico García Lorca ni excesiva truculencia, en la cotidianeidad promiscua (y en algunos casos incestuosa) de la vida sexual de ese mundo campesino de la España profunda de los años cuarenta del pasado siglo.

Pilar Aguarón, al modo de la mejor tradición de las escritoras Carmen Laforet, Ana María Matute (Los Abel), Carmen María Gaite (Entre visillos) es cronista de su tiempo y eficaz narradora de los sentimientos de una época, los años de la posguerra, que siguen siendo capaces de conmovernos como si todavía viviéramos en ellos.

 

24, febrero, 2016

Los comentarios están cerrados.