GENOVEVA RODEA

Entrevista

por Angélica Morales

Genoveva Rodea

1- ¿Nacer en Casablanca marca?

Criarte en Casablanca, hace.

Te horneas con influencias de todas las culturas con las que convives. Tienes en tu esencia un “ser español” de sangre y corazón, pero te impregnas de efluvios de todo lo están en tu vivencial. Y, cuando te das cuenta, eres diferente. Estás a gusto en cualquier lugar. Sin embargo, no te sientes realmente de ningún sitio. Tu única patria real es la gente que quieres y con la que te sientes bien, sea cual sea el territorio que pises.

Piensas que, no hay tierras… hay gentes.

2- ¿Qué olores resucitan sus recuerdos?

¡Ay!, los olores. La memoria olfativa es tan fuerte…. Tan hábil de secuestrarte hacia viejas sensaciones y emociones en milésimas de segundos…  Creo que tengo todo un catálogo.  Pero ya que hemos empezado hablando de Casablanca, voy a resaltar el aroma de las Damas de Noche. Me transportan a lejanas noches de verano, serenas y despreocupadas; con ecos de risas y sabor a bien estar. Al mismo nivel estaría el olor a madera quemada en una hoguera sobre la playa. Ese, además, transporta al presente el sonido de viejas guitarras.

3- Versada en interpretación, ballet, canto, piano… ¿es usted una mujer del Renacimiento?

Dejémoslo en… una mujer que renace con cada proyecto que emprende. Son todas sus pasiones las que la hacen sentir viva.

4- ¿Qué tiene de literario escribir discursos por encargo?

Depende del tipo de discurso. Alguien me dijo un día que acabaría poniéndole literatura a las memorias contables. Es una anécdota, pero supongo que lo literario de un discurso es escribirlo de tal manera que sea capaz de traspasar y llegar a la fibra del oyente.

5- ¿Le quedan versos de juventud?

¿Me está llamando vieja?

Bromas aparte, sí.  Quedan todos: los de la adolescencia, grabados y guardados en algunos diarios. Y los de la esencia -que no tiene edad-, en la piel, y escondidos entre la prosa.

6- Escribió su primera novela a los dieciocho años por entretenimiento, ¿ahora con qué se entretiene?

La palabra “entretenerme” me provoca cierto rechazo. Me suena a “me sobra tiempo y lo tengo que ocupar”. Eso de “matar el tiempo” lo asocio a la nada. Me gusta mucho mas aprovecharlo que matarlo ¿En qué? En tantas cosas…. que se necesitarían varias vidas para hacerlas todas.

7- Háblenos de la Asociación de escritores Noveles.

Le pondría un título: Estrella guía.

Personalmente, entrar en la asociación fue cómo ver la luz. Toda la vida había escrito. Pero una novela no acaba ahí, en el punto y final. Al terminar Las herencias del tiempo y decidir publicarla, me sentí cómo ese Paco Martínez Soria de las películas; bajando en Madrid del autobús, completamente perdido, tropezando y mirando a todos lados, preguntando sin ton ni son. Era, lo que se podría definir sin temor a errores: “Una tonta en apuros”. La AEN me enseñó a caminar.

8- Es usted una altruista. Ha destinado los beneficios de su último libro de relatos “Escrito en la arena”, a los damnificados por el terremoto de Haití. ¿Qué tal ha resultado la experiencia?

Permítame una pequeña matización: mi editorial también donó su parte de beneficios del libro.

Y ahora sí le contesto.

No creo que sea una altruista. Al escuchar la noticia, sentí impotencia, injusticia, rabia… necesidad de hacer algo, por pequeño que fuera.  Y lo hice.

No hubiera podido hacerlo sola. Eso es lo destacable de la experiencia: toda la colaboración con la que conté en el proyecto; y sin tener que amenazarlos con envenenarlos o echarles un conjuro para que me ayudaran, ni nada. En serio: eso te hace ver cuanta sensibilidad y humanidad hay aún en este mundo que los telediarios teñidos de negro nos incitan a despreciar.

9- Confiésenos qué oculta su brillo.

Permítame conservar un pequeño halo de misterio. Toda buena novela lo tiene… ¿no?

10- ¿Qué tienen las ondas que seducen tanto a los literatos?

Son damas cautivadoras, un atrayente canto de sirenas para cualquiera que se acerque a ellas. “La radio engancha”, es un tópico de los reales. En el caso de los literatos es probable que se enamoren de ella, además, por su necesidad de expresar. Un complemento perfecto para comunicar y jugar con la palabra. Con ese puñado de letras que conforma el alfabeto y que es capaz de dibujar el cuadro más perfecto o la acción más trepidante. Ser arma o bálsamo. Bofetada o abrazo.

11- Un libro al que regresaría una y otra vez.

A aquellos que mi madre me leía en la cama. Fueron los que despertaron mi imaginación y mis ganas de fantasear e imaginar. Hoy me ha pillado con el día nostálgico.

12- ¿Cómo ve la AAE un socio simpatizante? ¿Qué mejoraría de nuestra Asociación?

¿Cómo lo ve un socio simpatizante? Cuando te apuntas, como a los mayores del cole. Estás al lado, pero discreto.

¿Qué mejoraría? Me incluiría de socio. ¿Me aceptan? Era mi intención en el 2011.

Bromas aparte, creo que está haciendo una buena labor. Está en buenas manos, me lo ha dicho un pajarito.

13- Comparta con nosotros sus proyectos más inmediatos.

En cuanto a literatura: La publicación este año de La cara oculta del brillo, la novela en la que he estado trabajando estos últimos años.

También quiero ampliar los talleres de escritura y avanzar en la siguiente novela. Me gustaría que saliera para el 2013, cosa de llevarle la contra a la superstición.

Pero, el proyecto más inminente, el que voy a hacer ahorita mismo, es agradecerles el haber pensado en mí.  Gracias.

Genoveva Rodea

Hija de emigrantes españoles, nace en Casablanca (Marruecos) en 1967. De afición temprana por las letras, se inicia en la poesía a los 11 años. Consigue varios premios en este género, pero pronto se inclina hacia la prosa. A los 18 años, coincidiendo con su traslado a Zaragoza donde estudia empresariales, escribe por entretenimiento su primera novela: Más allá de las distancias.
Aunque desarrolla su carrera en el ámbito financiero, siempre ha estado estrechamente vinculada a la literatura, la psicología y las ciencias humanas. En el 2.007 publica Las herencias del tiempo. Novela de gran acogida, con la que consigue agotar dos ediciones y situarse en el primer puesto del ranking de ventas de la AEN en el salón Iberoamericano de Gijón.
Tras esta publicación decide reconducir su vida hacia el vasto espacio de lo creativo. Colabora con distintas revistas y medios de comunicación escrita, escribe discursos por encargo y se convierte en contertulia habitual en La general TV y Punto Radio Aragón. Por otra parte, su desenvoltura ante los micrófonos, unida a una formación en diversas artes como, interpretación, ballet, piano o canto, la conducen a sentirse cómoda en los escenarios donde presenta numerosas galas, certámenes y concursos.
Desde el 2.006 es delegada de Zaragoza de la Asociación de escritores nóveles para la que organiza y dirige eventos, clubs de lectura y presentaciones literarias. Participa como jurado en distintos premios literarios y colabora en la dirección de la Revista Y Latina.
En 2010 publicó bajo el título Escrito en la arena, una selección de sus mejores relatos, cuyos beneficios y derechos de autor están destinados a emergencia en Haití a través de Cruz Roja. Y, actualmente, se ha reconciliado con el mundo de la empresa y acaba de estrenarse cómo empresaria con Rodea Soluciones, S.L. Imparte clases de literatura creativa y ultima las correcciones de la siguiente novela siguiente novela La cara oculta de brillo que verá la luz en 2011.

Un reportero,

Una espía

Un hoy

Un relato de Genoveva Rodea

AQUELLA mujer te intrigaba; tan segura, tan enigmática. Te sorprendías ignorando las desdichas acaecidas a tu alrededor. Congelando cómo un autómata las imágenes en tu sofisticada cámara de reportero de guerra, con una única idea en la mente: procurar acercarte a ella.

El destino te ofreció la solución aquella tarde. Al regresar, una voz quebradiza, el lamento de un hombre pedía auxilio. Sangraba. Olvidaste tu trabajo, tu cámara, los rollos de celuloide impresos que carecían de sentido ante aquella llamada. Y luchaste con denuedo con su corpulencia hasta acercarlo a un lugar donde socorrerlo.

Allí te preguntaron su nombre, lo ignorabas. Tampoco pretendías saberlo. Salvarlo del peligro era lo único que te importaba. Luego, olvidarías. Así habías de actuar en aquel mundo para no fundirte con él. Así lo habías hecho siempre, desde que aprendieras a blindarte del entorno. Sin embargo, esta vez, la vida te preparaba un requiebro. Aunque nunca lo habías visto, ese hombre se alojaba en tu hotel. Y, unos días más tarde, recibías una nota de agradecimiento con una invitación a compartir su mesa. La cogiste con cierto desagrado. No estabas de humor para relaciones sociales. Y, mucho menos, para entablar amistades dentro del hotel. Tanto tiempo en el conflicto comenzaba a pesarte, a hacer mella en tu carácter. Pensaste alguna excusa. Luego, decidiste aceptar, por mera cortesía.

Los cinco componentes de una mesa de siete se levantaron al verte entrar. Saludos, agradecimientos y halagos a tu heroísmo, adornaron las presentaciones. Algo abochornado ante tanto elogio hacia tu persona, tomaste asiento entre un señor de aspecto algo ausente y una silla vacía. Entonces, ocurrió. Tu perspectiva de la noche cambió al oír una voz femenina a tu espalda disculpando su retraso. Era ella, la mujer de tus fantasías. Ese hombre que habías ayudado, sin fijarte apenas en su rostro, pertenecía a la misma agencia francesa a la que, supuestamente, ella prestaba sus servicios. Y, esa silla vacía a tu lado, era la suya.

El alba te sorprendió pensando en ella. En la cena, en la actitud, en todo lo que habíais conversado. Esa mujer poseía un extraño poder sobre ti. Tan lejana y a la vez tan cercana. Tan posible y tan esquiva. Tan ahí… y tan inaccesible. Encerraba algún misterio ¿cuál? Lo ignorabas. Por necesidad o por reto, precisabas más.

Flahsses, desastres y miserias, empaparon tu retina durante la difícil jornada. Al regresar, coincidiste con ella en el hall del hotel. Lo cierto es que durante días habías estudiado sus movimientos para propiciar un encuentro y, después de conocerla, tenías excusa para el saludo. Incluso, para invitarla a una copa de vino antes de la cena. Aceptó sin reparos y, de nuevo, os convertisteis en compañeros de mesa.

Esa noche erais un grupo numeroso. Componentes de la agencia, alguna personalidad interesante cuya presencia hubieras aprovechado, en otro momento, a favor de tu trabajo, y personas influyentes que, ante su presencia, se te revelaban de más. La mirabas actuar, desenvuelta, cortés, correcta. Olvidando su carácter reservado de anteriores ocasiones, sin descuidar esa invisible barrera que te impedía acceder más a ella. Pese a tu voluntad contraria, coqueteabas con el fantaseo y la imaginación. Si hubieras tenido quince años, hubieras deshojado margaritas declarándote enamorado de aquella estampa. Pero no, tú eras un hombre maduro, reflexivo. Todas las guerras, todo el mundo recorrido y las experiencias vividas te abocaban al realismo, a procurar pisar tierra y convencerte de que aquello era una simple atracción hacia lo desconocido, hacia el misterio. Aun así, te arrastraba.

Fueron varias las cenas compartidas. Alguna, incluso, se convirtió en velada. Una cotidianidad con sabor a expectativa de descubrimiento que comenzaba a instalarse en tu vida y te gustaba. Ahora tenías un motivo para salir ahí fuera. Pero, sobre todo, tenías un motivo para regresar.

Hasta ese día.

Tras una tarde agitada, la noche se adivinaba complicada. Una alarma de peligro enmudeció el hotel mientras compartíais una copa. Se hizo el silencio y el aire comenzó a tornarse denso, enrarecido de tensión, de incertidumbre. Ahí, fuera, se estaba librando una batalla. Os mirasteis, sin hablar. Vuestros oídos se habían acostumbrado ya a los silbidos de balas y zumbidos de morteros. La extraña capacidad de supervivencia que posee la mente humana para no enloquecer ante situaciones tan extremas os protegía de sobresaltaros ante esos estruendos. Habíais aceptado esas misiones conscientes de su riesgo. Habíais aprendido a vivir con su sombra amenazante. Sin embargo, ahora, la alerta era inminente, no un supuesto contemplado en una clase de entrenamiento. Esa noche infernal podía ser la última.

Las cosas se perciben distintas ante la posibilidad de la no existencia de un mañana. Todo es más fácil. Todo se vuelve menos complicado. Fluyen los temores, los deseos. Se derraman las palabras. Desaparece el pudor a delatarse, el recelo a equivocarse. Se olvida el miedo al mañana; porque ese mañana, quizás, no exista. No recuerdas cómo, ni recuerdas quién lo propuso. Ni siquiera si hubo tal proposición o, simplemente, avanzasteis los dos hacia el mismo fugaz y furtivo destino, refugiándoos a prisa en la intimidad de una alcoba sacudida por la metralla de un mundo y unos intereses.

Hoy, diez años más tarde, te ha parecido verla. Ocurrió esta mañana, en el balneario en el que te hospedas. Esperabas el ascensor y, al abrirse la puerta, una mujer de asombroso parecido te paralizó el pensamiento. Incluso, el movimiento. Fue un soplo. Una fracción de segundo, insignificante en el tiempo, intensa en el espacio de tu memoria. Desde entonces, la sensación persiste, los recuerdos se te pegan a la piel. Tumbado en la cama, evocas aquella noche. Las prisas, la cautela, el cierre de ventanas, las luces apagadas con premura, las consignas de silencio susurradas entre gestos, la complicidad del instinto de supervivencia. Y ese tropiezo en mitad de la habitación, ese instante congelado, decisivo. Cuando se aleja, se escurre… se detiene, piensa. Después, callada, clava en tus ojos una nueva mirada. Y comprendes. Ves esa boca esquiva, entreabierta, jugosa. Tan prohibida… y tan a punto de ser tuya.

Sus dedos resbalan y juguetean por tus labios sedientos. Quieres perpetuar el momento y, al mismo tiempo, necesitas beber de ella. Vuelve a atraerte contra su cuerpo. La sientes, toda. El dibujo de sus curvas se graba ardiente en tus poros. Su calor traspasa esa fina camisola que, medio abierta, te permite entrever el secreto de su escote. Te quema. Y percibes el aroma del suave perfume que, mezclado con su piel, se transforma en una poción de deseo incontenible.

¿Qué te ha dicho? No lo sabes., ¿qué importa ya? El susurro de esa voz insinuante se apodera de tus sentidos, resbala. Mientras su aliento, su boca, sus manos… se van apoderando de tu cuello, de tu pecho… de tu ser.

Tus dedos enredados en su pelo. De nuevo te susurra algo al oído con ese acento extranjero que te fascina. Vuestras cabezas giran, lentamente. Las mejillas sofocadas se rozan despacio, suaves. Hasta que vuestras bocas se encuentran, se apoderan una de otra. Oyes su respiración agitada, la tuya, las dos. Se mezclan y te confunden. Es una. Es el aire que gira al ritmo de vuestras miradas, de vuestras manos. Te apoderas de su cintura, loco por descubrir las playas de su piel, loco por nadar en el mar de sus secretos. Y ahora, son tus caricias y tus brazos los que dominan, los que la vencen; tu boca la que la explora. Tu piel se eriza al sentir cómo se contrae, cómo se abandona. E imaginas cien juegos con los que seguir volviéndola deliciosamente loca.

El sol se cuela por la ventana entreabierta. La calma parece inquietante. Habéis sobrevivido tocando el cielo en mitad del más crudo infierno. Despiertas. Y, ahí está ella, a tu lado. Inmortalizarías ese rostro con tu cámara desoyendo sus deseos. Más no, desistes. Te inclinas. Duerme. Observas el movimiento pausado de su pecho. Deslizas suavemente el índice dibujando su figura, mimando esa piel aterciopelada y tersa. Abre los ojos, te mira… y se hace un silencio en que impera el lenguaje de las pupilas. Recuerdas esa mujer altiva e inaccesible de ayer, esa mujer que te observaba imponiendo fronteras. Sonríes por dentro: era un volcán escondido.

Te sonríe. Con ese gesto contesta a tus pensamientos. La besas suavemente. Te perderías de nuevo en ella, mas el tiempo apremia. Ahí está la realidad, la oscura realidad aguardando ser apresada por tu objetivo. Una ducha y una dura e insegura jornada sin ella es tu futuro más inminente. Abres el grifo con su rostro todavía en tus retinas.

Y, la cortina se abre. Entra.

El agua caliente comienza a resbalar sobre su cuerpo empapando ese camisón de raso color marfil, dejando en evidencia esas turgencias tan tuyas, trasparentando esa rosa tatuada en su pecho. El vapor del agua despeja el olor de su piel, su perfume mezclado con el aroma del deseo. Desliza sus manos enjabonadas por tu cuerpo… y olvidas que existe mundo más allá de su geografía.

Al regresar aquella noche, acudiste al bar; a la hora concertada. Pediste dos copas de vino, convencido de su puntualidad. Pero su copa se burló de ti mientras esperabas, mientras consumías alcohol, consumiéndote por dentro, barajando hipótesis en tu incertidumbre. Dividido entre la preocupación y el enfado, al cabo de una hora, subiste a su habitación. Un nuevo inquilino te abrió la puerta, sorprendido. Se había instalado allí esa misma tarde y desconocía el destino de su antigua ocupante. Tampoco sus compañeros de la agencia pudieron darte razón de ella, no estaban informados de las nuevas misiones. La habían visto marcharse. Ya sabías que estaba vida. Ahora, se alejaba la preocupación y sólo te quedaba la rabia. Se había ido sin dejar tan siquiera una nota en recepción. Tras ingerir más de media botella de whisqui de malta, te retiraste. Más bien, te retiraron antes de que agredieras a un huésped que, según tú, te miraba desafiante.

Hoy, de nuevo, todas esas sensaciones te vuelven a sacudir. Las olvidaste, las curaste. Pero regresan, cómo regresa el recuerdo del primer beso a lomos de las notas de una vieja canción. Regresan reales y sangrantes, mecidas con la misma incomprensión de entonces. Una nota, una simple nota en recepción, aun explicando el adiós, hubiera zanjado la historia. Le hubiera permitido descansar en el lecho del recuerdo sosegado. Acurrucarse en la memoria con la sonrisa del regalo de un día. Un motivo, un gesto hacia tu persona, hacia lo vivido, un final entendido, y ese encuentro de hace unos horas en el ascensor no te hubiera lanzado a los brazos de ese alcohol que, de nuevo, te adormece.

Y despiertas, la frente empapada en sudor frío. Desorientado, perdido entre el sueño y la realidad. La ventana entreabierta deja traspasar un hilo de luz. En el suelo, esparcidos, hay prendas de mujer. Lencería y unos zapatos de tacón de aguja que reconoces al instante.

Te incorporas, sin entender, y una melodía procedente del cuarto de baño canturreada en un idioma extranjero te sitúa por fin en tu tiempo. No eres 10 años más viejo, ni estás borracho de recuerdos en un balneario. Sino en la alcoba donde ella ha yacido en tus brazos tras vuestra segunda cita. Ese sueño, esa pesadilla, ha sido tan real… que mantienes la respiración agitada todavía unos momentos, mientras tu mente se libera de la desazón de ese futuro soñado.

Sonríes satisfecho. No te dejó esperando en la barra. Está ahí contigo, alegre, risueña. Callas. No deseabas romper el silencio. La miras liberar su melena de una pequeña pinza. Vestirse con esas ropas sobrias, a la par que elegantes, que la convertirán en esa mujer de hierro tan alejada de la que esconde. Te acomodas y enciendes un cigarrillo. Exhalas el humo, relajado, tranquilo. Reflexionas, ¿Cuánto tiempo hace que no te sorprende esta sensación de bienestar?

Ajena al mundo de tus pensamientos, recoge su bolso, la grabadora y una pequeña arma que esconde en su liga. Se acerca. Y, con un gesto natural y espontáneo, te estampa un beso rápido.

–Ciao, ciao –dice–. Hasta luego.

“¿Hasta luego?”, piensas, casi en un sobresalto. Después de ese sueño, los “hasta luego” te parecen encubrir un adiós. El adiós con el que tú elucubraste anoche, cuando todas esas sensaciones que reconocías aptas de derivar en sentimientos profundos, te acobardaron. Cuando tu miedo al fracaso, a sentirte vulnerable, te sugirió escapar a tiempo.

Después de esa especie aviso onírico, precisas creer en un “hasta luego”. Quizá una vez, quizá dos, sólo durante esta estancia, o por siempre. Recuerdas todas esas ocasiones en las que huiste de un reencuentro por escapar de un probable desengaño, en los que te prohibiste sentir para no volver a sufrir. Te das cuenta que en cada sueño matado sin empezar, dejaste algo de ti. Te prohibiste vivir.

Es tarde. Fuera se oyen los ruidos de siempre, la sin razón. Cargas tu cámara, ese santuario donde congelar el dolor. Y sales cerrando la puerta con una media sonrisa fruncida en los labios. Volverás. Volverás mientras exitista algo por lo que volver. Volverás si puedes, si un proyectil no te alcanza. Si no lees en algún periódico el hallazgo de un cuerpo de mujer, torturado y desfigurado, cuya única seña de identidad es una rosa tatuada en el pecho. Volverás, mientras esos deseos no se apaguen en ti, ni en ella. Mientras ese brillo extraño permanezca en vuestros ojos al miraros.

Dejarás que sea el destino, y no tú, quien decida el desenlace. Volverás… para seguir estando vivo.

Una respuesta a “GENOVEVA RODEA

  1. Muy bonita la entrevista. Creo que cuando la obra de un escritor/a te gusta, el paso siguiente es descubrir si como persona también te llega y, en este caso, cuando la conoces uno se da cuenta que la esencia como persona va inmersa en las obras de la autora y en aquello que realiza, formando un todo indisoluble.
    Un saludo.