“TIGRE BLANCO”

“Tigre Blanco”

Autor: Aravind Adiga

Editorial: Miscelanea
Páginas: 304

Un pillo, un asesino                                 por Julio Cristellys Barrera


Ha sido la novela “Tigre Blanco”, escrita por el angloindio Aravind Adiga, la obra premiada con el último Booker Prize, quizás el más prestigioso galardón de las letras inglesas que, precisamente, este año ha cumplido su cuadragésimo aniversario. No es la primera vez que tan prestigioso galardón literario es otorgado a un autor indio cuya obra literaria es compuesta en inglés. Tal ha sido el caso de Salman Rushdie, V.S. Naipaul, Arundhati Roy y Kiran Desai; y bien pudo ocurrir que este año recayera la distinción en otro prestigioso literato angloindio como es Amitav Ghosh, cuya novela –“Sea of poppies”- se ha contado entre las finalistas del codiciado Booker Prize.
Me ha gustado el trabajo de Aravind Adiga, pero mentiría si continuara mi reseña considerándola merecedora de aquellos ansiados laureles. Es “Tigre Blanco” una obra escrita con simpatía y con cinismo pues, desde sus primeras páginas, captura al lector por el desparpajo de su narrador, Balram Halwai, cuya labia ha sido dotada con gracia bastante para enganchar al destinatario de sus confidencias, entre otras el asesinato a sangre fría del señor Ashok, su joven y apuesto amo.
La crónica de Balram Halwai, de su humilde origen y de su ascenso económico hasta convertirse en un próspero empresario, ha sido estructurada en siete noches, cada una de ellas empleada por el relator para escribir una diferente carta a Su Excelencia Wen Jiabao, Primer Ministro de China, a quien aquel hombre de negocios se ha propuesto explicarle, con motivo de su visita a Bangalore, la historia de su vida, ya que el dignatario de Pekín “quiere reunirse con algunos empresarios indios y escuchar de sus propias bocas la historia de su éxito”.
Y una cosa es cierta: Aravind Adiga, por boca de Balram Halwai, logra su propósito de contar de una entretenida manera, no sólo al ministro chino sino asimismo a los lectores de la novela, los avatares de su azarosa existencia en Laxmangarh, su pueblo, luego en Nueva Delhi, por último en Bangalore. Si el intento de la narración hubiera sido la elaboración de este relato y no un proyecto de ofrecernos una diferente visión de la nación india, lejos de su arcaica división de castas, tal y como la contempla el deslenguado sinvergüenza que es su protagonista, mejor hubiera sido el balance final de la historia, cuyo creador, entiendo, hubiera debido orientar la ambición de su pluma hacia la confección de una obra picaresca y no hacia la redacción de un escrito de ficción con tintes de crítica ¿política?, ¿social?, tal vez ambas. Es en esta faceta donde la que, en mi opinión, hubiera podido ser una muy buena novela, queda minada por consideraciones no del todo conseguidas, especialmente cuando el héroe nos confiesa su desprecio por la religión hinduista, por el sistema de castas o, incluso, por su aldea natal, confidencias que, en todo momento, me han resultado poco creíbles, pues nada añaden a la, en ciertos instantes, descarnada prosa de su escritura, al contrario le añaden un lastre de innecesaria artificiosidad.
Ahora bien, lo dicho no quiere decir que no me haya gustado “Tigre Blanco”, y que no recomiende su lectura, porque las andanzas del tunante Balram Halwai, sus problemas familiares –lástima que el escritor no se haya detenido en perfilar un poco más el personaje de la abuela Kusum- y, especialmente, sus peripecias en Gurgaon, un lujoso barrio de Nueva Delhi, un pedazo del moderno Occidente asentado en la India, un suburbio de altos edificios de viviendas, también de bancos y de centros comerciales con restaurantes donde los indios pudientes comen pizzas y hamburguesas tras una jornada de compras por las tiendas de las marcas europeas y americanas, contienen episodios propios de una contemporánea novela de pícaros. A mi modo de ver, este es el fragmento más logrado de la novela, ya que el contraste entre los modos de vida de los señores y el de sus sirvientes, junto con la insultante indecencia de los políticos y de las clases acomodadas, todo ello sazonado por la astucia del chófer Balram Halwai, a quien sus amos hacen responsable de un accidente de coche por ellos cometido, reporta lances muy acertados cuando no hilarantes y, en ocasiones, desalentadores.
En suma, “Tigre Blanco” de Aravind Adiga me ha parecido una estimable novela, una obra en todo caso menor que, insisto, no creo meritoria del Booker Prize, mas ¡quién sabe!, pues, de no haber obtenido ese reconocimiento, a buen seguro, me hubiera pasado desapercibida, no la habría leído.

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