“ENTRADAS DE CINE”

“Entradas de cine”

Autor: Medardo Fraile

Editorial Huerga & Fierro

Madrid, 2008.

135 páginas.

Julio Cristellys

La cámara oscura

A modo de avance del contenido de “Entradas de cine” de Medardo Fraile, se lee, en su contraportada, que el autor del libro, como en su día hiciera Azorín, nos brinda una colección de muy personales opiniones acerca del cine, de sus actores y directores. Cierto, mas según avanzaba en la lectura de esta deliciosa obra, me han venido a la memoria los muchos e inspirados artículos, que otro escritor, Julián Marías, nos ha legado en torno a las imágenes proyectadas en la blanca pantalla de esa mágica y oscura cámara llamada “cine”.
Medardo Fraile, como le ocurriera a Azorín, también a Julián Marías, es un artesano de nuestra lengua, pues clara, sencilla y elegante es su escritura, como así lo demuestran sus elogiadas colecciones de cuentos. Y como les sucediera a Azorín y a Julián Marías, los artículos de Medardo Fraile sobre esta o aquella película, así como sus apreciaciones acerca de la personalidad de una fascinante actriz, son los comentarios de un aficionado al cine, un aficionado que, por añadidura, es un buen escritor. Esta peculiaridad aleja las diferentes glosas contenidas en este libro de la mera recopilación de los artículos confeccionados por un crítico de cine. Por ello, el tono de Medardo Fraile, sin bien tan espontáneo como las emociones del autor ante la pantalla, es ajeno a las formas periodísticas propias los críticos profesionales, preservando en cambio el buen estilo literario de un escritor a quien le gusta el cine, sus historias, sus actores.
Tras un sucinto pero elocuente prólogo (“Foyer”), cuatro son las partes que configuran este libro: “Prosopografías (O presentación en grupo)”, “Entradas de cine”, “Cortometrajes” y “Dos sesiones Dos de cine”.
El prólogo (“Foyer”) sirve como testimonio del agradecimiento del escritor a dos hombres de cine, José Luís Garci y Juan Cobos, quienes, en palabras de Medardo Fraile, hicieron que “volviera al cine, no solo para verlo –eso lo hacía desde los siete años-, sino para pensarlo”, un rasgo –el del intelectual admirador del Séptimo Arte- del que aparece empapada toda la obra. Así, las reseñas, las conferencias y los dos relatos que componen el libro resultan muy cercanos al lector, especialmente al lector amante del cine, para quien contemplar una película ha sido, es y será mucho más que dos horas de distracción, porque durante ese rato el espectador, desligado de los sinsabores y placeres de su rutina, ha compartido los avatares de héroes y villanos, siempre fingidos y, sin embargo, cuanto mayor sea el embuste, más veraces se muestran de los sentimientos transmitidos por esas hermosas criaturas nacidas del haz de luz despedido por las máquinas de las salas de proyección.
Una leve nostalgia impregna los tres artículos de la primera parte del libro (“Prosopografías (O presentación en grupo)”), pues el escritor, a veces tras la visión de una moderna película, evoca, entre otras cosas y junto a su admiración por el buen hacer de Fernando Fernán Gómez y por la joven belleza de Encarna Paso, el ambiente de las tertulias de su juventud.
“Entradas de cine”, la segunda parte del libro y la que da título a la obra, es, en mi opinión, la más cinematográfica, también la más literaria, pues Medardo Fraile destila sus opiniones acerca de directores y de actores (Jane Fonda, Orson Wells, Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Buñuel, Garci, entre otros), pero sus atinados juicios sobre la personalidad y los méritos de unos y otros, así como de sus películas, son los de un espectador, un espectador culto que, además, es un escritor; entonces, cómo olvidar que sus opiniones son las de un artista, un creador que asiste a la exhibición del trabajo de otros artistas, de otros creadores. Aunque difícil resulta una elección, me han parecido muy interesantes “La vuelta de Chandler (Entre la mujer y el whisky)” e “Imágenes de Hemimgway, el cazador de cuentos (Que se cazó a sí mismo)”, tal vez por ser ambas reseñas la mejor explicación del fuerte vínculo anudado, en tantas ocasiones, entre el arte literario y el quehacer de algunos cineastas.
La tercera parte (“Cortometrajes”) es, a mi juicio, la porción más espontánea de libro, ya que, sin merma de la elegante expresión del autor, se trata de una colección de breves comentarios en torno a ciertas películas, a ciertos actores, propios de un espectador a quien, a la salida de un cine, le hubieran preguntado por sus impresiones tras lo contemplado en la pantalla. La última de esas escuetas notas, por título “¿Por qué?”, es un ejemplo de concisión, pues nunca y de mejor manera se puede exponer la fascinación que todos, en algún momento, hemos sentido por una determinada película.
“Dos sesiones Dos de cine” cierra la obra y son dos estupendos relatos donde la ficción, especialmente en uno de ellos –“Retorno a lo intangible (Sin Coca-Cola ni palomitas)”- invade la existencia de sus protagonistas, otro modo no hay de ayudarles a sobrellevar su pacífica y ¿dichosa? existencia. Metaficción, sin más, es lo inoculado en estos cuentos, cuyos protagonistas tal vez sueñen con el cine, sueños como los de quienes aún conservamos la ilusión de que una bella actriz se escape de la pantalla para llevarnos a su mundo, al exclusivamente suyo, a un mundo hecho de luz y de fantasía, adonde quizás haya ido Medardo Fraile y del que haya regresado para escribir sus memorias, de título “Entradas de cine.”

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