“La marea del despertar”

La marea del despertar, Roberto Malo
Hegemon Ediciones, 2007, 191 págs.

José Ángel Monteagudo

Ya conocíamos el poder imaginativo de Roberto Malo (Zaragoza, 1970) desplegado en sus anteriores libros, sobre todo en su ópera prima “Malos sueños” (Colección Cantela, Libros Certeza, 2006) en la que su universo imaginativo alcanzaba niveles extraordinarios.
Y es que el bueno de Roberto tiene un campo abonado en la temática onírica que tan buenos resultados le proporciona, recolectando de sus surcos unos galanos frutos poseídos de imaginación y frescura con los que nos hace disfrutar inmiscuyéndonos en el corazón del relato con relativa facilidad y certera fidelidad. En los sueños se desenvuelve como pez en el agua para tejer sus historias, entreverando fantasía y realidad recurriendo a las acciones y personajes más inverosímiles que uno pueda llegar a imaginarse; porque su fantasía siempre se encuentra por encima de la que el avezado lector pueda llegar a desarrollar. Su prosa limpia y desenfadada abraza al lector desde el primer renglón acaparando toda su atención a la espera de nuevas y sugestivas sorpresas en el transcurso de la narración; una mesa de billar carnívora, un copiloto de avión cantautor que ameniza a su tripulación, un laberinto fantástico, un mimetismo hilarante del protagonista transformado en un particular “saxofonista de Hamelin”… histrionismo y divertimento a la carta.

En esta particular “marea”, un joven músico descubre la capacidad de adentrarse en los sueños ataviado con las mismas ropas con las que se rinde al abrazo de Morfeo, experimentando tanto en su vestuario como en sus pertrechos, intentando comprobar en cada sueño hasta dónde llegan los verdaderos límites de sus facultades y las sensaciones que comportan las situaciones que vive dormido o, sería más preciso, duerme despierto. No creo, particularmente, que el argumento sea original en sí mismo; lo que lo hace original es el contenido, esa bendita capacidad que tiene Roberto para crear mundos surrealistas de donde otros escritores sólo destilarían historias previsibles; esa es la grandeza reflejada en el texto, el sello personal del autor. En su forma de narrar adquiere ecos de H.G. Wells (“La puerta en el muro” sería un buen ejemplo) o de Ray Bradbury, que en sus pequeñas historias mantendría un paralelismo con Roberto Malo tanto en la forma de contar como en la de expresar (“El cohete”).

Los “peros” se fijarían en la desmesura de diálogos con vocación escénica, lo que retrata el espléndido quehacer de Roberto en su faceta de animador sociocultural y de su implacable verbo oral que traslada instintivamente al texto, pero que, a veces, en las acciones narrativas puede resultar farragoso para la lectura. Aunque claro, también pueden recordar estas acciones a un particular camarote de los hermanos Marx, dónde surrealismo, ficción y humor se amalgaman en un cóctel explosivo e hilarante que se escenifica visualmente olvidando por un momento el sentido académico del ritmo ; para gustos los colores. El anteriormente citado, Bradbury, también tenía querencia a esos particulares diálogos.

Ciñéndonos a un análisis gramatical, quizá se puede achacar redundancias o repetición de palabras en una misma oración –u oraciones contiguas– que por contraste o reiteración pueden formar un paralelismo rítmico y sintáctico poco aconsejable: “Era como un hombre cubierto de hormigas, pero no había ningún hombre debajo”, “Pero no se veía ningún coche policía por ningún lado”, “Al hacerlo todas las personas me siguieron, saliendo tras de mí. Hasta el furibundo sacerdote salió tras de mí”, “el cine estaba casi lleno; al caminar por el pasillo central vislumbraba borrosas siluetas en casi todas las butacas.”, y ojo con alguna construcción sintáctica en la que los pronombres pueden jugar malas pasadas y más en cercanía del pronombre personal y el posesivo; “Mi saxo me lo regalaron mis padres cuando cumplí los dieciocho años…” , o de dos personales; “Aparté mis desquiciados pensamientos de mi mente”.

Por el contrario diré que me encanta el uso de palabras no muy comunes que da riqueza añadida al vocabulario común y refresca la narración, recordándonos la riqueza que nos puede ofrecer el idioma sin caer siempre en los mismos comentarios y palabras ad hoc; “un señor provecto”, “luz iridiscente”, “acabamos ahítos”, “barboteó Andrés”, “sus ojos vesánicos”, “pequeños ojos ferales”. Pero sin duda, donde la prosa de Roberto brilla con todo su esplendor es en sus ingeniosas e hilarantes frases: “Y era un volcán. Un huracán sexual.[…]Allí se dio la vuelta con brío, tiró los zapatos a un lado, se tumbó boca arriba y se abrió de piernas formando con ellas las cuatro menos veinte.”, “Las arterias de la ciudad estaban coaguladas de coches celulares…”.

Abrir un libro de Roberto Malo es afrontar la entrada en un universo imaginativo poblado de infinitos mundos, disfrutando de una selección de historias que nos llevan y nos traen por los caminos de la fantasía más desmesurada. El autor es el artífice de ello y “La marea del despertar” es un buen exponente de estas virtudes fantásticas. Aunque creo que Roberto se maneja mejor en las distancias cortas, las novelas le dan cancha para desarrollar cuentos dentro de la propia historia, adaptando el argumento a su conveniencia, disfrutando así de distintos y variados relatos; de ahí los aromas a Italo Calvino (“El bosque–raíz–laberinto” recuerda sobremanera a algunas de las exposiciones) ,W.W. Jacobs o el argentino, Leopoldo Lugones (Su “Lluvia de fuego” es, sencillamente, espectacular).

Quizás uno de los párrafos que resumen todas las cualidades expresadas anteriormente sea este con el que animamos a los avispados lectores a que disfruten de este libro que les esperará con los brazos abiertos y el humor despierto:

“Subía por los ramajes anhelosamente, ansiando el llegar a su cumbre como si allí me aguardase Dios en persona con los brazos abiertos.[…] Pero de repente la música y el ascenso cesaron. El beso de mis labios con el saxo se cortó de golpe y los ángeles enmudecieron. Un escalón se quebró bajo mis pies y caí sin remedio al vacío, al vientre del viento, sin poder asirme a ningún ramal, sin poder evitar la maldita ley de la gravedad, sólo logrando emitir un agónico grito; deseé con todas mis fuerzas que el grito se rodease de un bocadillo de tira de cómic para agarrarme a su punta y quedar suspendido de él como si se tratase de un globo, pero por supuesto no lo conseguí y caí envuelto por el denso aire nocturno, que además inundaba mis pulmones como un maléfico alien, entrando a la fuerza en mi garganta, y al mismo tiempo, todo en un interminable segundo, atisbé con horror el mar encrespado que me esperaba abajo como un monstruoso dios hambriento –ya no parecía una acogedora colchoneta-, abriéndose sus aguas embravecidas y formándose una vorágine impetuosa, un infernal remolino, como si alguien con muy mala idea hubiera quitado el tapón de fondo”.

Queda todo expresado. Roberto Malo en estado puro.

Por último comentar la irrupción en la escena editorial de Hegemon, que ya ha publicado “La brisa del Egeo” de Ana Muncharaz, además de esta “Marea del Despertar”. Destacar el diseño de la portada que emana un aire moderno y con clase, alejándose de espantosas pruebas y horribles adaptaciones que pueblan otras homónimas del mercado editorial. La ilustración que ilumina y dignifica la portada de este libro corresponde a David Daza. Esperamos que Hegemon siga, con dedicación, en la misma línea editorial ofreciéndonos nuevos autores y radiante literatura.

2 Respuestas a ““La marea del despertar”

  1. Una novela excelente, un derroche de imaginación.

  2. Pingback: La marea del despertar « Rescepto indablog