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“Un intruso en mi cuaderno” de David Fernández Sifres, una reseña de Manuel Cortés Blanco

Un intruso en mi cuaderno

de

 

David Fernández Sifres

 

(XXIII Premio Ala Delta 2012 de Literatura Infantil)

 

Editorial Edelvives

Zaragoza, 2012; ISBN: 978-84-263-8604-5

118 páginas.

 

Manuel Cortés Blanco.

Médico y escritor.

http://manuelcortesblanco.blogspot.com

 

            A veces creo que me estoy haciendo mayor. Y no porque cada vez escriba más desde la experiencia o haya dejado de leer obras infantiles, sino porque empiezo a acumular muchos prejuicios. Cuando mi amiga Telvi –librera de vocación- me presentó a David Fernández Sifres, tuve la sensación de que él era una persona de lo más interesante, pero que su libro no me iba a gustar. “Un intruso en mi cuaderno” (Edelvives) contaba la historia de Mariano, un niño de nueve años que quería ser “astronauta, detective y futbolista”, en cuyo cuaderno y durante un recreo alguien comete la osadía de pintar una mariposa.

            “Demasiado sencillo”, pensé. Pero Telvi insistió: se trata de una historia entrañable y –aunque esté indicada para lectores a partir de los ocho años- es apta también para adultos.

            Finalmente, a falta de la debida dedicatoria, compré un ejemplar. “Si no me agrada a mí, podré regalárselo a cualquiera de mis sobrinos”, me consolé. De modo que aquel libro pasó a engrosar la pila de libros que se acumulan en mi mesilla de noche, confiando en que algún día que no me acueste cansado les dé una oportunidad.

            Antes de que llegara su turno, estuve de visita en casa de unos amigos cuyo hijo leía precisamente ese libro. “Está superbien”, respondió a mi pregunta a propósito de su trama. 

            “Es solo la opinión de un pequeño”, pensé de nuevo anclado en mis prejuicios. Sin embargo, mordido ya por la curiosidad, decidí ponerlo el primero de entre esa torre de papel que últimamente apenas deja espacio en mi mesilla.

            El pasado viernes llegó su hora. Y desde la primera línea descubrí, efectivamente, una obra sencilla… aunque contada de una forma extraordinaria. La historia de Mariano y Carlota derrocha pinceladas de intriga e ironía, convirtiéndose por sí sola en un canto a la esperanza, a la amistad, a tantos valores que –como sus queridas mariposas- con frecuencia parecen perdidos. Me encanta la sensibilidad de ella, la astucia de detective que tiene él, esa metáfora del roble rodeado de pinos para explicar la soledad, por qué aquella mariposa se posa en su dedo…

 

            Antes de que el sábado alcanzase su último párrafo, sonreí liberado de alguno de mis prejuicios. Y es que a veces, leyendo estas historias, vuelvo a convertirme en niño.

 

Topología de una página en blanco, de Alejandro Céspedes, una reseña de Inés Ramón

Topología de una página en blanco: viaje hacia la lucidez.

            Topología de una página en blanco constituye una ruptura con toda la obra anterior de Alejandro Céspedes. Rompe con la retórica, con la métrica, con los temas, con la tradición en la que estuvo instalado el autor y, sobre todo, se observa el definitivo abandono de la utilización de un yo confesional como vehículo para el texto poético que ya  había comenzado en sus dos títulos anteriores.

Si en “Los círculos concéntricos” la voz del yo aparece trascendida, prestada a un personaje  femenino, y en “Flores en la cuneta” se diluye hasta desaparecer en un conjunto coral y amoral que prescinde del sujeto poético y ahonda en su objetividad, en Topología de una página en blanco “el sujeto no importa” porque “todo permanece inconcluso entre el sujeto que actúa de sujeto y el personaje que actúa de testigo”.

Y es cierto, en este libro se configura un texto en donde la ausencia del sujeto es asfixiante. Estamos ante un libro sin acción. Incluso cuando se utiliza la primera o la segunda persona del verbo no se tiene la certeza de quién o a quién se habla. A veces, como en el poema de la página 57 creador y recreador (usando los términos de Céspedes) no se distinguen. El lector, necesariamente convertido en coautor, ha sido succionado hacia la página: “unos ojos enhebran su hilo por el hueco de tus ojos / minuciosas puntadas confunden las costuras/ las aprietan/ con ese microscopio verifican/ que la distancia que hay entre los dos/ no tiene límites/ ya ven/ lo que tú ves” para terminar con estas desasosegantes frases: “¿qué será ser tú? ¿qué será no ser tú?

Céspedes nos muestra la existencia de un “yo” absolutamente impersonal y diluido que encuentra su forma en un “tú” al que de inmediato vuelve a hacer dudar de su existencia porque en ese instante ya ha sido transformado de nuevo en primera persona. Esta reversibilidad que convierte al lector en autor o que iguala e identifica a ambos sobre el espacio de la página es, tal vez, el principal mérito del libro. El texto de la página 69 no cuenta asombrosamente de qué forma se produce este acontecimiento: “nos cruzamos, sabemos de repente que en ninguno de los dos quedan orillas”. Otras veces es el mismo espacio/página quien habla, no tanto como sujeto, que también, sino como manifestación de una presencia inevitable. La virtud de Céspedes es no hablar de la página, eso sería muy fácil, sino hacer que sea la página quien demuestre su existencia.

El autor nos anuncia en un breve texto preliminar que el libro reflexiona sobre los tres elementos esenciales de todo hecho literario: el espacio, el sujeto y el testigo. Y los trata no como partes divididas, sino completamente interdependientes entre sí,  interrelacionadas constantemente mediante términos e ideas que funcionan como los enlaces de la red y hacen que el lector se pueda estar moviendo en todas direcciones,  no sólo hacia atrás o hacia delante, sino hacia abismos o cúspides donde “aúlla su propio desamparo” . Cada una de esos tres planos (página/soporte, autor y recreador) funciona simultanea y sucesivamente como espacio (espacio topológico) en donde los otros dos se desarrollan como materia reflexiva. Estos tres territorios de conocimiento y reflexión se suceden en el libro en ese mismo orden: primero aquello que tiene que ver con el soporte, a continuación lo que tiene que ver con el sujeto y la creación del texto mismo, y la tercera la que hace al lector más radicalmente consciente de su papel en el poema. Pero, como hemos dicho, mediante textos interconectados a través de modos de conciencia que se mueven hacia múltiples direcciones.

Porque en Topología de una página en blanco la palabra poética, despojada de todo artificio retórico, se pronuncia como pensamiento en torno a las propias posibilidades y límites de representación. El autor investiga intensa y extensamente las posibilidades de un lenguaje vivo, mutante, a través de un complejo entramado conceptual y simbólico que posee la virtud de ser y producir pensamiento en el acto de creación. Si en algún libro se cumple la máxima expresada por Vicente Huidobro, “Cuanto miren los ojos creado sea”, ese es Topología de una página en blanco, porque de los múltiples niveles de lectura que coexisten en este libro singularísimo el más llamativo es el que ofrece al lector la capacidad de participar de manera activa e inédita en la construcción del texto.

Esto acontece en el espacio simbólico de esa página en blanco, “donde todo lo imaginado converge conecta continúa” El poema se presenta bajo la forma de lo súbitamente inédito en cada nueva lectura e interpela al lector de un modo sorprendente e infrecuente. El poema posee la cualidad de convocarle,  de abrir espacios para que éste pueda acceder y habitar el texto; y lo hace apelando e interrogando a su subjetividad. Topología de una página en blanco produce en el lector la consciencia inequívoca de su propia presencia transitando por el texto. El autor cede su propia capacidad creadora que se consumará en la mirada del lector: “y de todo tu cuerpo sólo quiere los ojos / para entrar / para verse.” Esa mirada no será una, sino que el texto se manifestará diferente en cada lectura. Su incesante renovación en diversos niveles perceptivos será proporcional al vínculo que el creador ha establecido entre el lector y el texto.

Durante la lectura, y en especial, después de cerrar el libro, el lector podrá asegurar que el poema le ha transfigurado. Será alguien revelado a sí mismo, alguien a quien el texto ha permitido explorar un amplio repertorio de emociones que le impulsará, necesariamente, a crear. No comprende, quizás, en un primer momento, que el  poeta le ha invitado a correr el riesgo de ser un pensamiento que busca su propia revelación en el transcurso mismo de la lectura. El texto, por lo tanto, le ha restituido (en su sentido aristotélico) el ser: un ser “en acto”, aunque plenamente consciente de su propio vacío.

En medio de esta compleja profundidad simbólica y conceptual, el poema, como una “frase sin sujeto, se mueve en el espacio de la pérdida”; en ese espacio abierto, en ese vacío, el autor invita al lector a “reformular la ecuación de los regresos” eliminando palabras “quédate con los versos mutilado/ y por esa ventana que has abierto/ accede” porque sólo “en lo in omp eto podemos encontrarnos / lo que falta nos nombra”, versos que nos remiten a lo esencialmente indiscernible, puesto que lo fundamental no es conocer, sino volver a desconocer. Se vislumbra, entonces, lo inaccesible, lo que carece de forma y fondo, pero cuya realidad emerge de forma contundente, de manera que es lo indecible lo que se presenta como lo más insinuante y revelador.

            Topología de una página en blanco representa un quiebro estético de gran altura que rompe con muchos de los estándares de la poesía española no sólo contemporánea, sino de siempre, e incorpora un reto formal cuya propuesta se halla mucho más allá del encuentro armónico con la palabra dicha; está, por el contrario, inmersa en la hipótesis del feliz encuentro con la palabra por decir. Ésta es su competencia, pero —como lectores— exige que sea también la nuestra. Llevando hasta el extremo las palabras de Ángel González, “la poesía no admite lectores complacientes”, Céspedes pide más: “te exijo tener fe a ti que ya no crees”.

En esta comunión que el poeta reclama al lector éste tiene que desaparecer, desprenderse de lo que se supone es su papel para hacerse él mismo un poeta con el texto; de ahí lo inabarcable de un libro que siempre está en permanente concreción, “uno ojo será una entrada…”, lo inacabable, porque no tiene fondo, es el propio lector -en función su propia capacidad y voluntad- quien dispone el último sustrato. El autor va dándole las llaves para seguir bajando, para abrir cada nuevo texto -textos que a veces usa únicamente como recordatorio de lo dicho (“en cada nuevo estrato surgen…”) para que no se olvide cuál es el papel de su lector.

            Topología de una página en blanco es más que una poética, es una autopsia de cómo se producen las ideas poéticas, y digo autopsia sabiendo lo inapropiado de este término porque pocos textos hay más permanentemente vivos que este libro. Esto es así porque describe una “topografía” del territorio de la idea y de cómo ésta intenta cimentarse en la palabra. Y sin embargo también es más que eso porque el autor nos advierte de continuo que la palabra “no funciona como material de construcción estable”. El libro se construye como un pavimento de losas movedizas, un puzzle que va cambiando a medida que se pisa para que no pueda darse ninguna condición de certeza. O sí, de que la única certeza a la que podemos abrazarnos es la permanente incertidumbre. Y todo ello haciendo poesía mientras se reflexiona sobre su esencia.

            Topología exige tal nivel de implicación en el lector que quizá el mayor aspecto negativo de este libro sea, utilizando la antigua calificación de las películas,  que “no es apto para todos lo públicos”.

            Topología de una página en blanco es un viaje hacia la lucidez; es “leer sin gafas/ sin aletas sin oxígeno/ hasta que se acaba el aire/ y quien lee se da cuenta de que se le ha olvidado/ en qué dirección está la superficie”.  Lucidez que, como bien nos advierte el propio autor,  es “un lugar del que jamás se vuelve”. Le faltó añadir indemne.

Tal vez por esa razón, como otro juego simbólico más o como un guiño a la virtualidad del eBook, haya querido el autor dejar grabadas sus huellas dactilares en las páginas 53 y 54 de todos los ejemplares de esta edición en papel.

 

Inés Ramón

El viaje a la felicidad, de Eduardo Punset, una reseña de Manuel Cortés Blanco

Ediciones Destino

Barcelona, 2011; ISBN: 9788423838886

267 páginas (edición de bolsillo).

 

Manuel Cortés Blanco.

Médico y escritor.

http://manuelcortesblanco.blogspot.com

 

Viajar es un verbo lleno de posibilidades. Puede hacerse solo o acompañado, prendido de una mochila o dentro de una maleta, por tierra, por mar, por aire… Y por supuesto, leyendo un libro.

Desde tal convicción, Punset nos propone a través de esta obra un viaje hacia otro destino fascinante: la mismísima felicidad. A lo largo de ocho capítulos con sus apartados correspondientes, se analiza dicho estado emocional en sus diversas facetas: su sustrato biológico, los factores condicionantes, tantas causas de la infelicidad, o la propia fórmula para alcanzarla. Avalado por múltiples trabajos, su experiencia y una detallada revisión bibliográfica, Punset repasa muchos de los descubrimientos más recientes sobre este tema, invitando desde ellos al lector a reflexionar.

De entre los “más” del libro, el rigor que transmite, la disección completa de un tema que a todos nos interesa, y su capacidad para hacernos pensar con argumentos fundados sobre nuestra vida o nuestros miedos –no en vano, se define precisamente esa felicidad atendiendo a su ausencia-, sin que por ello lo considere una simple obra de autoayuda. Tampoco es un tratado de verdades absolutas –mucho menos en estos tiempos que corren-, admitiendo la crítica reflexiva a cualquiera de sus afirmaciones y a esos componentes de la fórmula para ser feliz. De entre los “menos”, que en ocasiones el lenguaje resulta demasiado técnico –y que conste que soy hombre de ciencias-, habiendo encontrado algunos párrafos extremadamente densos e incluso difíciles de asimilar.

Como buen viajante, siempre he dado más importancia al camino que al destino, a la mochila que al billete. Y así, parafraseando al propio Punset, he acabado descubriendo después de leerle que a veces nuestra felicidad está escondida en la maleta de la felicidad.