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“Todavía hermoso” por Emilio Quintanilla Buey

TODAVÍA

HERMOSO

Emilio Quintanilla Buey

 

Nació en una serena noche de junio, a punto ya de romper el alba. La fuente de la plaza de Santiago interrumpió la sonatina con que se disponía a recibir al solsticio de verano. Enmudecieron también los grillos insomnes de la mejana, y toda la ciudad de Daroca contuvo el aliento. ¿Qué estaba sucediendo en aquella calurosa noche de plenilunio?

Una gran idea había roto aguas y se había puesto de parto allí mismo, sobre el empedrado de la plaza. Un grupo de escritores noctámbulos ayudó a la idea parturienta y recibió en sus manos a la criatura recién nacida. Comprobaron que tenía pulso y que respiraba, la asearon con mimo y la vistieron con lo que los escritores tenían más a mano: la hoja de un libro.

La madre, cumplida felizmente su misión creadora, se sublimó y desapareció. Dicen que se hizo bruma y que algunas mañanas se la ve deambulando por las riberas del Jiloca.

Fue niña y parecía sana, aunque un poco papirofléxica. Lloró lo imprescindible para hacerse notar, pero enseguida, al sentirse limpia y en buenas manos, adoptó la actitud risueña y pacífica con que hoy todavía se nos muestra.

Pronto cumplirá ocho años y es ya una criatura que apunta maneras. Ama la literatura en todas sus manifestaciones: novela, poesía, relato, ensayo, teatro… Aunque se siente orgullosa de su primer apellido: Aragonesa, no renuncia a una transterritorialidad que la engrandece. Siente un cariño especial por García Lorca, sin duda porque Lorca la cantó sin conocerla:

¡Oh, pajarita de papel!

águila de los niños

con las plumas de letras

sin palomo y sin nido.

Fijémonos con atención en el texto que luce en su vestido. Separadas por un verbo y una preposición que no tienen otra finalidad que completar el estampado, aparecen enteras dos bellas palabras: el adverbio todavía y el adjetivo hermoso. Son, prácticamente, los únicos vocablos que se pueden leer completos.

Hay una ley estadística según la cual casi todas las empresas, sociedades, asociaciones, etc. mantienen invariable su imagen corporativa, su “logo”, durante un período que se sitúa en torno a los diez años. Pasado este tiempo suelen introducir algún cambio en el diseño, que puede ir desde un ligero aggiornamento hasta una renovación total. Llegará un día en que la Asociación Aragonesa de Escritores lo hará también porque no se puede, ni se debe, ir contra la corriente de los tiempos.

Cuando eso ocurra, queridos gestores de la AAE, no tiréis esa pajarita a la papelera del olvido. Guardadla para este poeta malandante, a un paso ya de ser octogenario, que da a esas dos palabras un valor simbólico irreemplazable. El día en que me sienta triste, desmoralizado o definitivamente derrotado por el Mundo, sacaré esa pajarita de mi manoseada cartera y, mirando cara a cara a ese Mundo que trata de estrangularme le diré, agradecido a pesar de que le esté hablando a mi verdugo: TODAVÍA HERMOSO.

“Hacia el final del laberinto” de Rosendo Tello en la Colección “Biblioteca Aragonesa”

Con el ejemplar de Heraldo de Aragón y 1’5€

Con su impecable dominio expresivo y unas imágenes de desgarradora belleza (el poema El peso de los años es lo más parecido a un alarido literario), Rosendo Tello aborda en Hacia el final del laberinto el drama existencial que representa la última etapa de la vida.

Vislumbrando ya la inexorable salida del laberinto, el poeta parece dar con la clave para encontrarse a sí mismo y nos la revela en el último verso de su admirable poema de corte cernudiano Lugar sin lugar. “Si quieres encontrarte, olvídate de ti“.

En cuanto a su arquitectura, Hacia el final del laberinto tiene, como toda la poesía de Tello, una cadencia de manso oleaje, de péndulo cicloidal, que posee la virtud de mecer y aquietar el alma del lector, agitada tras asomarse de la mano del poeta al abismo ignoto de un final presentido.

Un poemario magistral, no editado hasta ahora como volumen separado, e imprescindible para valorar en su conjunto la obra poética de Rosendo Tello

Emilio Quintanilla Buey