«Miradas al pasado en Zaragoza», de José Garrido Palacios.

“MIRADAS AL PASADO EN ZARAGOZA” DE JOSÉ GARRIDO PALACIOS

Reseña de Julio Blanco García

El autor nos ofrece su última obra, “Miradas al pasado en Zaragoza”, con la colaboración del dibujante José Arguedas. Se trata de un excelente trabajo de investigación histórica, económica y sociológica, que recoge en pocas páginas una semblanza de la ciudad de Zaragoza y constituye un verdadero placer adentrarse en su fácil lectura.

Garrido nos habla de las doce puertas que tuvo Zaragoza. No es demasiado conocido que la muralla romana era practicable por casi una decena de postigos y cuatro puertas: la de Alcántara, la Cineja, la Romana y la de Toledo. Después, en la Edad Media, cuando la ciudad se había extendido hasta lo que es hoy la plaza de Aragón, se levantó un muro de rejola o de ladrillo, sobre el que se abrieron otras siete: la de la Tripería, la del Sol, la de Quemada, la de Santa Engracia, la del Carmen, la del Portillo y la del rey Sancho Ramírez. Finalmente, Zaragoza, o mejor uno de los banqueros y comerciantes más significativos que la ciudad ha tenido, Juan Bruil, sufragó la última, que se llamó del Duque de la Victoria, en honor al general Espartero.

También es interesante recordar la nómina de edificios emblemáticos zaragozanos que por unas u otras causas han desaparecido. El primero en importancia es la Torre Nueva, levantado como lugar de vigilancia, y cuyas campanas jugaron un papel importantísimo durante el desarrollo de los sitios. Fue asimismo el reloj de los zaragozanos, en unos tiempos en que no existían los de pulsera. Entre los más importantes edificios particulares desaparecidos, el autor recoge la casa de Zaporta, un bellísimo palacio de más de mil metros cuadrados de superficie, levantada en el siglo XVI en la calle de San Jorge, por el comerciante y banquero converso Gabriel Zaporta.

Los principios de la implantación industrial en Zaragoza se fechan a mediados del siglo XIX, como consecuencia de la acumulación de capitales procedentes de la comercialización de los excedentes trigueros, que promovieron la creación de numerosas fábricas de harina. Con la instalación de las primeras líneas de ferrocarril para llevar la harina y cereales a Cataluña, se hizo imprescindible la aparición de fábricas metalúrgicas como Sociedad Maquinista Aragonesa, Fundiciones Averly, Maquinista y Fundiciones del Ebro, Carde y Escoriaza… La pujanza económica se acrecentó con la llegada del siglo XX y la implantación de la industria azucarera – la Azucarera de Aragón, del Rabal, la Nueva, del Gállego, del Pilar…-, seguida por sus industrias subsidiarias: alcoholeras, abonos industriales, producción de energía Tal crecimiento económico e industrial hizo necesaria la aparición de una banca local poderosa representada principalmente por el Banco de Aragón. En el texto de Garrido se repasa con estilo fácil de seguir, pero con maestría y rigurosidad, el nacimiento y el desarrollo inicial industrializador.

Otra valiosa información que el autor nos proporciona es la evolución de la casi desconocida fabricación de automóviles en Zaragoza, iniciada entre otros por Fernando Escudero y Clement Bayard, quienes en una finca del camino de Torrero –paseo de Sagasta actualmente-, construyeron varios automóviles bajo la marca Iberia.

Garrido recoge también la aparición de los primeros teatros, desde el primero que tuvo Zaragoza, el de Comedias del Hospital, construido a finales del siglo XVI, al de la Estación. En las cuatro centurias que han transcurrido entre una y otra instalación, han visto la luz el de Comedias del Ayuntamiento, el Principal, el Variedades, el Novedades, el Lope de Vega, el Infantil, el Pignatelli, el Parisiana -después llamado Argensola-, el Goya, el Circo, el Iris -luego nombrado Fleta- y el del Mercado. Hasta catorce en total, donde nuestros abuelos pudieron asistir y deleitarse con representaciones de óperas, zarzuelas, dramas y comedias, recitales, conciertos de guitarra y filarmónicos, certámenes de jota, circo y hasta bailes de máscaras, asambleas ciudadanas y convenciones políticas y sociales.

El autor habla de las salas de cine, desde la primera proyección de fotografías en movimiento. Recoge que salpicaron el callejero zaragozano cerca de cuarenta salas donde se visionaron las mejores películas filmadas en todo el mundo, en un proceso que durante la segunda mitad del siglo XX nos “culturizó” no poco.

Pero esto no es todo. Garrido habla de los arcos, los puentes, la hostelería, los hospitales, los monasterios… Se refiere también a los establecimientos del buen yantar: las casas de comidas, las posadas y los hoteles. Y a los lugares de ocio llano: al Oasis, un lugar que con El Plata, hoy felizmente recuperado, limpió de tristezas y barrió las migrañas de las mentes y almas de nuestros abuelos.

En resumen, “Miradas al pasado de Zaragoza” es un excelente libro que recoge el palpitar de la Zaragoza de siempre… y que nos recuerda y nos acerca a todo o casi todo. Y lo que es más difícil, lo hace con una prosa llana, cercana y elegante a la vez.

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