Relato ganador en el II Concurso de Mini-relatos de la Asociación Aragonesa de Escritores

Estimados socios:

Como ya anunciamos anteriormente, la ganadora del II Concurso de MIni-relatos convocado por la Asociación Aragonesa de Escritores ha sido Ana Hernández Carmena. Os dejamos aquí su relato. Esperemos que disfrutéis con su historia. Queremos agradecer una vez más la colaboración desinteresada de nuestros patrocinadores, Tropo Editores y Librería París. Y como no hay dos sin cincuenta y cinco, id afilando la pluma y la imaginación porque en breve serán publicadas las bases del III Concurso de Mini-relatos.

Saludos alfabéticos.

“No mires a los ojos de la gente, (me dan miedo, mienten siempre…)

Entre tantos recuerdos olvidados dentro de aquella caja mi mano pulsó el viejo botón de metal. Fue como si de pronto un sudor frío recorriese, otra vez, mis manos, mi frente. El aire alcanzaba con dificultad punzante mis pulmones. La lengua pegada al paladar buscaba algo de saliva, que sin previo aviso, había desaparecido. Bajo la atenta mirada de aquel cuervo, de aquella especie de muñegote con hábito, intentaba concentrarme, no parecer nerviosa, no llamar su atención. Diez preguntas desconocidas, esperaban respuesta en aquel folio en blanco. Mis piernas temblorosas bajo el uniforme gris picante sabían la solución. Solo tenía que levantar mi falda y leer. Diminutas letras cuidadosamente escritas la noche anterior esperaban ser copiadas.

Aquella canción crujía en alguna parte de mi mente “No mires a los ojos de la gente…”Golpes bajos insistiendo en que no levantase mi cabeza de aquella hoja. Bajo ningún concepto mi pupila, espejo de mis muslos, debía coincidir con la suya.

La boca de la superiora mascaba chicle pegajoso e interminable, causándome arcadas de ofuscación y movimientos compulsivos de un “bic” mordido y azul entre mis dedos. Meneos nerviosos delatores de mi secreto. Su mano se acerco demasiado a mi falda y sin dejar de mirarme, apretó mi pierna… Apreté la tecla stop de aquel walkman y la canción que durante diez segundos había sonado justo por donde quedó detenida hacía años, paró. Y paró el sudor, regresó la saliva, pero mis muslos temblaban, como si aquellos dedos huesudos siguiesen todavía allí, aprovechando la situación perfecta para examinar otras partes de mi cuerpo.

Creí haber olvidado mi corrupto sobresaliente, ya no recordaba sus escuálidas manos, ni el color de aquellos ojos, que sin yo saberlo habían estado demasiado tiempo al acecho dentro de una canción.

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