El alma de la ciudad. Jesús Sánchez Adalid.
Premio Fernando Lara de novela 2007.
Editorial Planeta, Barcelona, 2007.656 págs.
Peregrinos
Julio Cristellys Barrera
Mi actuación como presentador de la novela â??El alma de la ciudadâ? del escritor Jesús Sánchez Adalid, en una de las últimas sesiones del Club de Lectura de â??El Ãmbito Culturalâ? de â??El Corte Inglésâ?, me ha animado a redactar unas reflexiones en torno a esta interesante obra ganadora del XII Premio Fernando Lara.
Es â??El alma de la ciudadâ? un trabajo literario ambientado en la España del siglo XII, circunstancia que bien podrÃa incitar al estudio de este libro desde la única faceta de â??novela históricaâ?. Cierto, y es más: el autor, al término de la obra y a modo de epÃlogo, nos pormenoriza una interesante muestra de las fuentes históricas utilizadas, asà como del uso que de ellas ha hecho el escritor para engarzarlas en un apasionante y dramático relato.
Ahora bien, â??El alma de la ciudadâ? es una docta y sencilla especulación de Jesús Sánchez Adalid acerca de la trascendencia del ser humano en cuanto amado hijo de Dios, asà como una meditación sobre la libertad del hombre, cuyos actos, virtuosos o pecaminosos, siempre quedarán incrustados en la suma bondad de la Divina Providencia.
Ya el autor, al inicio de su novela, nos ofrece dos reveladoras citas: una es un fragmento de â??La Ciudad de Diosâ? de san AgustÃn, cuyas pocas lÃneas previenen al lector contra la tentación de las engañosas apariencias, al tiempo que recogen una exaltación de la leal y sincera amistad; la otra contiene un párrafo de â??Rubaiyyatâ?, obra del persa Omar Khayyam, un canto al goce inmediato de los placeres que, a diario, al despuntar el sol y en su crepúsculo, nos brindan la Vida y la Madre Naturaleza.
Pues bien, el alma de Blasco Jiménez, protagonista de la novela y a quien, en el primer capÃtulo, conocemos como un peregrino camino de Santiago de Compostela, se debate entre la incondicional entrega a los santificadores beneficios de una existencia consagrada al ejercicio del mensaje evangélico o la del abandono a una vida complacida en el pronto deleite de unos goces, muchas veces legÃtimos, pero también incompatibles con su ordenación sacerdotal.
Conocemos a Blasco Jiménez en compañÃa de otros tres peregrinos en su ruta hacia la tumba del apóstol: un joven y compasivo clérigo, cuya identidad se nos revela en el desenlace de la obra, un caballero de la Orden de Santiago y un mercader de Ciudad Rodrigo. El novelista comienza, por tanto, presentándonos a tres representantes de los estamentos de la sociedad medieval: el hombre de religión, el hombre de armas y el comerciante. A estos cuatro peregrinos, ya cercanos a su destino y habiendo avanzado el lector en el conocimiento de las vicisitudes de la trama, se unirá un encantador e inocente muchachito, para quien Blasco Jiménez se erigirá, sin proponérselo, en su maestro de disciplinas y en su mentor de vida.
Blasco Jiménez, apesadumbrado por el remordimiento de sus muchos pecados, se ha encaminado rumbo a Santiago y, en lugar de denunciar sus faltas en la intima penumbra de un confesionario, desgrana las cuentas de sus errores ante sus compañeros de viaje, ya en una pausa durante el trayecto, bien hollando la senda de quienes les antecedieron en tan piadosa aventura.
La crónica de los avatares de Blasco Jiménez discurre al compás de su marcha hacia el sepulcro del discÃpulo de Cristo, pero, cuando concluyamos la lectura de la novela y como si fueran dos rÃos predestinados a confluir en una sola corriente, asistimos a la convergencia de ambos relatos, una no casual coincidencia que devolverá la paz espiritual al protagonista, tal vez merced a la intervención de ese afable y compasivo fraile peregrino, cuyo nombre es una de las sorpresas mejor logradas por nuestro novelista, quien, sin mojigaterÃas ni abrasadas prédicas, testimonia la infinita misericordia del Sumo Hacedor.
Blasco Jiménez es un mÃsero chiquillo, a quien, sorprendido en sus correrÃas por las calles de Ãvila en busca de unas monedas o de un mendrugo de pan, prohÃja el arcediano don Bricio, vitalista y bondadoso, una de las presencias literarias, en mi opinión, más logradas de esta novela.
Son tiempos de guerra â??la Reconquista-, Blasco Jiménez inicia su carrera sacerdotal y es el sueño de don Bricio, clérigo y audaz guerrero, ser nombrado obispo de una ciudad fundada como la encarnación de la utopÃa descrita por san AgustÃn en su â??Ciudad de Diosâ?. Es esta ciudad AmbrosÃa, también llamada Placencia â??la actual Plasencia-, cuyo gobierno y cuidado será confiado por don Bricio a Blasco Jiménez en un concreto momento de la obra, atendiendo a unas razones que, por supuesto, no voy a revelar. Mala, muy mala, es la respuesta de Blasco Jiménez, pues no sólo infringe sus votos sacerdotales cediendo a los embaucamientos de Hermesindo y a las seducciones del moro Abasud al-Waquil, sino que asimismo traiciona a su padre y maestro entregando la ciudad a las mesnadas árabes.
Blasco Jiménez ha conocido las delicias del amor de Eudoxia, una blanca y rubia mujer de quien espera un hijo, mas también ha prestado sus oÃdos a los augurios de Leonila, una anciana hebrea con fama de bruja, que acumula la secreta sabidurÃa propia y exclusiva de los gineceos.
Como el hijo pródigo, Blasco Jiménez ha sido desterrado por sus camaradas de juergas y francachelas tras haber derrochado la legÃtima de la herencia de don Bricio, más éste, siguiendo el ejemplo del padre de la parábola cristiana, perdona al hijo, le salva la vida, una generosidad que el protagonista no sabe o no quiere estimar porque incurre en una nueva deslealtad, ahora a don Arnaldo, un santo varón obispo de Coria, contra quien, como un Judas, perpetra una abominable felonÃa, una infamia igualmente perdonada y que, a la postre, ha sido engastada en los inescrutables designios de Dios para la comprensión, otra vez, de Su magnánima Providencia.
En suma, es â??El alma de la ciudadâ? de Jesús Sánchez Adalid una buena y singular novela con un atractivo argumento que, elegantemente narrado en el lienzo de una esmerada recreación histórica, nos invita a una serena meditación sobre la esterilidad del rencor y la gracia del perdón, de siempre preñado de una fértil y luminosa esperanza.