Lucía Arca

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SANGRE EN LA HOJARASCA

La sangre resplandecía  bajo los rayos de un sol furioso que abrasaba la piel de los combatientes. Yacían semidesnudos; algunos agonizantes, otros desmembrados y unos pocos, con tanta suerte como destreza, vivos.

El hombre de coraza dorada se puso en pie, apoyado en una lanza que usaba a modo de bastón. Su porte era regio y más que un esclavo parecía miembro de la nobleza.  Su rostro se correspondía al de un adolescente, pese a las cicatrices que lo surcaban, y su cuerpo musculoso era el de un guerrero experimentado. Avanzó con dificultad, arrastraba el pie derecho haciendo crujir la hojarasca, vestigio de un otoño ya extinto. El público cesó su murmullo, el silencio se extendió como un manto de nubes que amenazaba tormenta.

Al otro lado, un hombre enjuto y encorvado, que aparentaba poco más de cuarenta años, se ponía en pie mientras emitía un gruñido. Su semblante estaba ensombrecido por el dolor. Sostenía una enorme espada de doble filo que reflejaba su rostro ensangrentado. Ambos sabían que el final no llegaría hasta que uno de ellos cayese para siempre. Así pues, se encaminaron hacia el rival con sendas armas en sus callosas manos, doblegaron el dolor y se encomendaron al cielo. Pero los dioses no tenían voz ni voto en esos lares. Solo sus habilidades físicas, hallar un punto flaco en  los demás y una palabra de la Dama Blanca que presidía aquella barbarie, cambiarían una suerte que estaba echada: luchar o morir, y aun al salir vencedores, quizá terminar a dos metros bajo tierra, convertidos en pasto para los gusanos.

El sublime ser de tez nívea era el estandarte de la belleza, una fría, cruel e hipnótica, capaz de llevarte directo a la locura o de cabeza a la tumba. Sonreía, en parte complaciente y en parte complacida por la sangre derramada en su honor.

El estruendo de las armas no tardó en llegar, el sonido de su choque se asemejaba e a un trueno que toca tierra. Las voces del público fueron in crescendo hasta aunarse en un solo grito: «Mátalo». Algunas bestias estaban cubiertas de recios pelajes,  otras mostraban afilados colmillos y unas cuantas exhibían una hermosura sobrehumana,  pero todas jaleaban a los contrincantes enfebrecidos por la lucha, hasta que uno de ellos cayó al suelo. El hombre de facciones joviales y cuerpo esculpido en piedra no volvería a ver jamás la luz de un nuevo día.