«Vida y destino»
Vasili Grossman
Editorial: Galaxia Gutemberg/ Círculo de lectores
Páginas: 1111
Cubierta: Cartoné
Traducción: Marta Rebón
Julio Cristellys
Siguiendo las pautas de los antiguos y grandes poemas épicos, “Vida y destino” relata las penalidades y hazañas del ejército soviético durante el cerco de Stalingrado por las tropas de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Habiendo sido en ese tiempo Vasili Grossman el cronista de esa dura batalla, no ha de sorprendernos el fiel y despiadado realismo del que hace gala el novelista a la hora de describir los combates librados por ambos bandos. Sin embargo el narrador, y aunque fuera ese su oficio, no se limita a brindarnos un reportaje periodístico de los avances, derrotas y victorias de los soldados de una y de otra facción durante el tiempo de esa batalla, que habría de concluir con la victoria rusa y la capitulación de las tropas alemanas. Cierto es que el relato no escatima los pasajes descriptivos del estruendo de las bombas, del fogonazo de sus estallidos, así como de la desolación de los estragos causados en la ciudad, en las gentes, sean civiles, sean militares, cuyos cuerpos, bien muertos, bien malheridos, salpican las páginas de esta narración. Pero Vasili Grossman, aun en los momentos más duros y crueles de esas sangrientas refriegas, utiliza un tono poético, propio de viejas e inspiradas epopeyas, para transmitirnos las sensaciones de dolor, suciedad, hambre y miseria padecidas por los soldados de una y de otra facción, hombres, muchos de ellos sin un ideología propia, a quienes, en definitiva, enviaban a la muerte dos tiranos, cuyas diferentes, sin bien no demasiado opuestas, megalomanías son analizadas y denostadas por el escritor con ocasión de los avatares de cada uno de los muchos personajes de esta historia.
Ahora bien, la delicada elegancia del estilo de Vasili Grossman no se limita a la crónica de la batalla de Stalingrado, sino que, como toda buena novela, “Vida y destino” es el drama de unos seres humanos, cuyas vidas, quizás muy comunes, han sido tronchadas por el azar de una monstruosa guerra, un terrible azar que someterá a unas buenas gentes al yugo del estúpido y horrible sino al que han sido condenadas sus respectivas existencias, incluso para cuando, mudos los fusiles, rendido el enemigo y victorioso el pueblo asediado, descubran que en la tan anhelada paz no hay lugar para la esperanza, sólo importa la supervivencia, aunque sea a costa del trueque de una alhaja por un mendrugo de pan.
El cosmos literario de esta novela se estructura en torno a los miembros de la familia Sháposhnikov, especialmente, Aleksandra Vladímirovna, Ludmilla, su hija y Víktor Pávlovich Shtrum, su yerno. El escritor alterna las aventuras sentimentales y domésticas de esta buena gente, a veces no menos trágicas que los infortunios del frente, con los episodios de guerra de uno y otro bando, así como con el relato de quienes, habitantes de otras ciudades rusas, también han de sufrir los rigores del régimen estalinista y, además, ingeniárselas para sobrevivir a las desdichas y carencias inevitables en toda guerra. De este modo, Vasili Grossman nos hará partícipes del dolor por la pérdida de un hijo herido en el combate, a veces del miedo por una imprudente observación siempre sospechosa de traición para las autoridades soviéticas, en ocasiones del súbito amor por la mujer de un íntimo pero pusilánime amigo.
Especialmente atractivo me ha resultado el episodio del descubrimiento que, en el campo de la física nuclear, es llevado a cabo por Víktor Pávlovich Shtrum y las consecuencias políticas que, por mor de los celos de sus mezquinos colegas, se deriva de un hecho a todas luces por encima de cualquier tipo de ideología, una buena excusa para explayarse el autor, sin incurrir jamás en la demagogia, acerca del terror vivido durante los años del régimen de Stalin, así como para criticar, tanto en éste como en otros pasajes, la absurda burocracia de la vieja y extinta URSS.
También he encontrado particularmente emotiva la historia de amor del coronel Piotr Pávlovich Nóvikov con la joven y bella Yevguenia Nikoláyevena, una mujer divida entre la pasión por ese aguerrido y apuesto militar y lo que considera su deber hacia quien fue su marido, Nikolái Grigórievich Krímov, comisario militar, victima de su ciega e irresponsable lealtad a los principios del Partido.
Otras muchas, y no menos apasionantes, son las diversas peripecias del universo narrativo creado por Vasili Grossman quien, con la maestría de los grandes autores, escribió una novela que, por encima de su evidente y elogiable intención política, rezuma dolor, rabia, ternura y, a ratos, una limpia pasión, pues, ya en las trincheras de uno y de otro frente, ya en la cocina, el comedor o en las alcobas de los pisos a menudo compartidos con otras familias, las páginas de “Vida y destino” destilan la humanidad de quienes, aun en las más adversas condiciones, encuentran tiempo para robar un beso o verter una lágrima, aunque el beso hubiere de posarse en unos labios sucios de barro, aunque la lágrima fuere derramada ante gente desconocida, tal vez en un refugio donde “se oía en su mutismo el lamento por los muertos y la furiosa felicidad de vivir…”