Ha muerto un corazón. Elizabeth Bowen

Pertenece Elizabeth Bowen a esa saga de escritoras del Reino Unido relacionadas con el grupo de Bloomsboory y compartiendo, en las letras británicas, un merecido puesto de honor junto con Elizabeth von Arnim, Vita Sackville-West y Katherine Mansfield, si bien la obra de estas últimas narradoras ha tenido, en estos tiempos y en estos pagos, una cierta difusión, la suficiente para no ser unas desconocidas. No cabe decir otro tanto de Elizabeth Bowen, cuya labor no desmerece frente a la de sus coetáneas y, no me duelen prendas en afirmarlo, me parece más singular e interesante.
Valga este pequeño preludio como unas palabras de ánimo para aquellos editores a quienes pudiera interesar el rescate de la memoria y de la obra de esta británica dama de las letras, cuyas novelas y relatos breves entusiasmarían, seguro estoy, a muchos lectores, tanta es la agudeza psíquica y la fina sensibilidad desplegada en sus trabajos, donde el paisaje y los objetos inanimados cobran, a veces, el papel de catalizadores del proceder y de las reflexiones de sus personajes.
“Ha muerto un corazón” comienza con una confidencia, casi un chismorreo, la conversación de Ana con St. Quentin a la orilla del lago de un parque londinense. Ana, atractiva y egoísta, se lamenta ante su amigo, el novelista St. Quentin, de las especulaciones vertidas en su diario por su cuñada Porcia, una huérfana de dieciséis años, medio hermana de Thomas, su marido, y cuya compañía, en su casa, el número 2 de Windsor Terrace, ha de soportar el joven y acaudalado matrimonio durante todo un largo y moroso año.
Thomas, también huérfano, es hijo del primer matrimonio del señor Quayne. Porcia es el fruto de una aventura del señor Quayne, en su edad madura, con la bonita Irene quien, antes del nacimiento de la pequeña y por exigencia de la esposa de su amante, se convertiría en la segunda mujer de tan distinguido caballero.
La nueva familia del señor Quayne, tanto en vida de éste como después de su fallecimiento, ha llevado un vida errante, con un punto de bohemia, por tierras de Francia y de Suiza, alojándose en hoteles baratos y, a ser posible, fuera de temporada.
Muertos el señor Quayne e Irene, se descubre, en una inoportuna carta, el último deseo de aquél: su voluntad de que su hija Porcia entable relación con su familia, con su hermano Thomas, quien, consciente de sus obligaciones, no pone objeciones a recibir en su lujosa residencia, sólo por un año y nunca de buen grado, a la hija del otro matrimonio de su padre, una muchacha quizás demasiado inocente para ajustarse a los estrictos estatutos de la buena sociedad londinense. Porcia es una molesta presencia en la casa, pues altera el normal y previsible juego de conveniencias, usos y apariencias del selecto modo de vida de su hermano y de su cuñada. La huérfana nunca se integrará en el fastuoso y envarado mundo de su familia, en otro tiempo un fascinante espectáculo admirado por ella y por su madre a la puerta de los más lujosos hoteles del continente. Por el contrario, dos, sólo dos, serán sus asideros al recuerdo del entrañable universo de su infancia: Matchet, la vieja sirvienta de los Quayne, más encariñada con los muebles de la casa que con la familia para quien trabaja; también, el coronel Brutt, tan bueno como pobre y, por tanto, otra a regañadientes tolerada visita en el domicilio de los Quayne.
La convivencia con Porcia genera tensiones, nunca gritos ni malas caras, en la residencia de los jóvenes Quayne, uno de cuyos amigos, el calavera Eddie, enamora a la cándida huérfana, a quien, sin embargo, no se le escapa la inoportunidad de su nacimiento, así como el fastidio de su parentesco con sus anfitriones. El pausado descubrimiento por Porcia de las miserias de sus parientes y de la traición de Eddie, siempre veladas por la correcta afabilidad de aquellos y por las amorosas palabras de este último, enfrentará a los miembros de este escogido grupo de la alta sociedad británica con sus pecados –los tienen y nunca veniales-, mas sin levantar el tono de voz, aun cuando fueren muy duros sus reproches, aun cuando fueren despiadados sus ajustes de cuentas: no merece la pena, puesto que nada cambia su cómodo y pacífico estilo de vida. Únicamente han lastimado un frágil corazón, el de Porcia, pero eso no es mucho, pues, como dice Ana, en las espléndidas últimas páginas de la novela, “si uno tuviese que preocuparse por los demás, se volvería loco. No sirve de nada pensar en lo que pueden sentir otros.”