RECORDANDO A TORRENTE
Desde aquellos tiempos hasta La isla de los jacintos cortados (1980), pasaron medio centenar de años en los que el trabajo, la fuerza expresiva y el talento del escritor se dejaron sentir a través de novelas inolvidables y llenas de magia y creatividad, como Ifigenia (1949), Los gozos y las sombras (trilogía, escrita entre 1957 y 1962), Don Juan (1963), o La saga fuga de J.B. (1972), entre otras.
No pretendemos enumerar aquí los muchos títulos que avalaron su trayectoria. Es preferible rememorar al Torrente callado, aislado en su estudio salmantino, trabajador tenaz y envidiable malabarista del lenguaje. Me interesa el hombre apacible, inteligente, profundo, ese otro Torrente que parece surgir en ciertas y especiales ocasiones como una sombra difusa entre la letra impresa de sus libros.
Personalmente, más me subyuga lo que a veces se deja entrever, lo que apenas dibuja su pluma con trazos de artista, que lo que nos ofrece definido y perfectamente maquetado ante los ojos. Encandila más si cabe lo que algunas descripciones omiten o sugieren que lo evidente y nítido. Quizá su natural gallego hizo de la neblina ferrolana una presencia viva en los ambientes de sus obras narrativas.
Soy del parecer de que en Gonzalo Torrente Ballester se aprecia una clara dicotomía. De un lado, el narrador. De otro, el filósofo imaginativo, el hombre insumiso y especulador, preocupado por los porqués de esta vida.
No me parece difícil la lectura de Torrente. Quizá sea más complicado analizar las claves más hondas de su quehacer literario. Es posible que a una mayoría se les escape el sentido último de su obra. Puede que haya gente, incluso, que no sea capaz de ver un trasfondo claro en ciertos desarrollos plasmados con la pericia de un experimentado creador. Pero aún así, nos queda la forma, la palabra, el modo magistral de interpretar el idioma español. Y es aquí, fundamentalmente, donde yo encuentro a mi escritor admirado y admirable, elegante maestro de maestros, hacedor de mundos interiores que se agitan en personajes nacidos del mito, de la imaginación, de la nada total.
Lo que cuenta de verdad en la narrativa del gallego es la palabra misma, que se encarna milagrosamente en la estructura de sus historias. Los argumentos se convierten entonces en mares profundos e interiores donde vierten sus aguas cuantiosos afluentes de hermanados vocablos indispensables. Humor e ironía se me antojan, por otro lado, dos constantes en la obra de Torrente Ballester, ironía que se manifiesta en especial a partir de 1946, con la publicación de El golpe de estado de Guadalupe Limón, obra en la que ya parece haber una veta humorística que tendrá su culminación en libros posteriores.
Del humor se pasa a la ironía, y de ésta al sarcasmo. Pero la prosa de don Gonzalo se engolosina de la frescura, la originalidad y la soltura en todo momento. Y de todo ello, nace la palabra del maestro, del escritor con mayúsculas, del hombre quedo que supo hacer literatura como pocos en su centuria.
Los argumentos complejos y, sobre todo, las historias laterales o paralelas que se suceden en sus libros, suelen frenar el ansia de avance en beneficio de la claridad y el redondeo de las mismas.
En definitiva, la obra narrativa de Torrente (nada decimos aquí de su teatro, ni de sus ensayos y artículos) responde a la necesidad comunicativa de un ser humano con vocación de escritor.
Sumergiéndonos en sus novelas podremos hallar con relativa facilidad -confieso que a mí me sucedió en su día- un cosmos nuevo lleno a rebosar de fantasía y de curiosos personajes bien dibujados con los que accedemos a dimensiones inexploradas donde habita el mito, la bruma, la sugestión de su mundo interior; un planeta personal y propio en el que se mezcla con encanto lo cotidiano y lo inverosímil; donde se disfruta, en fin, de una evasión inteligente que se nos brinda a cambio -sólo- de nuestra lectura reposada.
En las obras de Torrente hay que saber buscar. No es preciso pensar siempre en honduras, ni creer que Torrente ha concebido sus novelas como campo abonado de experiencias filosóficas. Muchas de sus obras se podrían calificar de juegos en el mejor sentido de la expresión. La palabra misma es juego. Y don Gonzalo –pocos se merecen el tratamiento más que él- sabe jugar consigo mismo y también con los lectores por medio de sus personajes, algunos de los cuales son magníficas piezas de integración narrativa.
Durante la noche del 27 de enero de 1999, prácticamente en alas del año recién nacido, el maestro Gonzalo Torrente Ballester falleció en su casa de Salamanca. Y pocos días después llegó a las librerías su último escrito, Doménica, un relato confeccionado para lectores infantiles en el que el talento del autor se hace protagonista indirecto.
En vida tuvo la fortuna de ser un creador reconocido y premiado, muy bien visto por la cúpula de la intelectualidad española. Desde mi punto de vista, fue uno de los más grandes novelistas que este país ha dado a lo largo de varios siglos. Víctor García de la Concha lo llamó “el señor de las palabras”, una expresión que califica con tino al profesor, al escritor, al académico, y que logra resumir la dedicación de toda una vida a la literatura y la enseñanza. Fue enterrado en Serantes, y su legado permanece a día de hoy en la fundación que lleva su nombre, en la ciudad de Santiago.
Si admitimos que la expresión, que la palabra, puede llegar a ser un juego, abandonémonos en él y leamos. Un Torrente magistral e indecible de palabras nos aguarda tras el mutismo aparente de sus libros dormidos.
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