«La escalera del agua»

La escalera del agua. José Manuel García Marín.

Roca Editorial. Barcelona. 2008. 234 págs.

Pilar Zaldívar

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El autor de esta novela es un apasionado del mundo andalusí, como ya demostró en Azafrán, un relato histórico ambientado en el siglo XIII y publicado en el año 2005.
En esta ocasión ha decidido presentar a sus lectores la huella que la presencia del islam dejó en el suelo peninsular, demostrando que acontecimientos sucedidos en épocas tan remotas arrastraron sus consecuencias hasta muchos siglos más tarde. Por eso hace discurrir su narración por dos espacios cronológicos: el siglo XVII y el XX.
García Marín consigue construir una novela que engancha y divierte al lector con un relato de aventuras que, además, puede llevar a reflexiones históricas más profundas, sin que en ningún momento la intención didáctica se imponga o haga perder intensidad a la narración.
La acción principal comienza en una mísera aldea de Las Hurdes donde Ángel, el muchacho que protagoniza esta novela, malvive con su familia de escasísimos recursos. La desgracia parece perseguir a este grupo que, durante generaciones, ha sufrido exilios y calamidades de todo tipo que no parecen agotarse con el paso de los años. Y es que hay una explicación para tanta adversidad: Ángel y su familia son moriscos. Pero no, no crean que esto sucede en el siglo XVII cuando tales gentes fueron expulsadas y perseguidas en las tierras hispanas, cuando no ser cristiano viejo podía convertirse en un delito y hacía peligrar la vida, no, qué va, Ángel vive en un siglo XX marcado por las buenas costumbres impuestas desde el púlpito y, tres siglos después de que sus ancestros fueran perseguidos, sigue sufriendo las calamidades que acechan a todo aquel que no es buen cristiano.
Una de esas desgracias le fuerza a abandonar su tierra y el calor del hogar paterno. Obligado a ver mundo, pasa gran parte de su vida en Toledo, refugiado en un convento de franciscanos que se compadecen de su desamparo y que, desconociendo su pasado, le dotan de educación y consiguen hacer de él un hombre de provecho.
Establece vínculos de cariño y agradecimiento hacia los frailes y, de esta manera, queda saldada la deuda. Ángel se reconcilia con la vida y se convierte en un hombre de éxito, sin olvidar su pasado ni sus raíces y llega a la convicción de que “es inexcusable el relato objetivo de lo que ocurrió y, con mayor razón todavía, de los ochocientos años de apogeo de una cultura de convivencia y de lo que significó el florecimiento de al-Andalus, para que recuperemos la conciencia y el orgullo de nuestras raíces. No es cosa de abrir heridas (…) sino de reconciliarnos con la verdad, con la historia.”
Estas palabras, pronunciadas por uno de los personajes en las últimas páginas de la novela, son las que mejor describen el espíritu que preside esta obra: la puesta en valor de nuestro pasado andalusí y la reconciliación con su legado. Son dos nobles objetivos que bien merecen ser atendidos por el lector.

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