Me gustaba ponerme su bata; Lola Millás
Huerga&Fierro, Madrid, 2008
.
Quisiera recomendar con estas líneas la lectura de la novela “Me gustaba ponerme su bata” de Lola Millás. He de confesar que este pequeño libro de ciento cuarenta y nueve páginas ha sido una grata sorpresa, no sólo por la amena historia allí contada, sino también por la exquisita sencillez del estilo utilizado en el relato de los avatares de Arcadia y Celeste, sus dos heroínas.
Sin perjuicio de la originalidad de la trama urdida por la autora en torno a la, en apariencia, mansa existencia de ambas mujeres en sus chalecitos de una urbanización de las afueras de Madrid, entiendo que en el estilo literario de Lola Millás resuenan ecos de la inspirada pluma de Carmen Martín Gaite. Así me lo han recordado su acertado tono narrativo y el certero uso del lenguaje, siempre sencillo, incluso coloquial, mas sin perder un ápice de la elegancia que impregna todo el texto; es más, quiero calificar como muy intuitiva la elección de ciertos nombres con los que han sido bautizados algunos de los personajes del relato, pues si Arcadia y Celeste son indicativos, respectivamente y en mi opinión, de la felicidad hurtada a aquella y de la saludable luz negada a esta otra, Honorio, Abelardo, Etel, Héctor y Evangelina Luna, son, también a mi modo de ver, aparte de poco comunes y nada rebuscados apelativos, un especial y sonoro aviso de la singularidad de la historia narrada. En otras ocasiones, nombres tan corrientes como Mari Luz o Aurora nos advertirán que, sin perjuicio de la universalidad del argumento, es esta una historia realista, perteneciente, si se me permite, al siempre diferente realismo español.
El recurso narrativo utilizado por la escritora es el monólogo interior de Arcadia, mujer de Abelardo, un triunfador, y madre de dos hijos, Honorio y Evangelina Luna; también es la íntima amiga de Celeste, con quien comparte una misma afición: la restauración de los muebles y de los otros objetos que, por viejos o inútiles, arrojan a un vertedero de basura los vecinos de la urbanización donde residen ambas mujeres. Al tiempo que una y otra descubren auténticos tesoros bajo las diferentes costras acumuladas por el tiempo y el uso sobre el primer barniz de esos, a veces, inservibles trastos, el lector asistirá al progresivo descubrimiento de otra realidad, la única verdadera, existente tras los muros de la mera percepción sensorial y más allá de las supuestamente despreocupadas y, ¿por qué no?, también dichosas existencias de las dos amigas, ambas esposas de exitosos profesionales, ambas aquejadas por ciertos desarreglos emocionales, en principio no muy graves, pero que, sin necesidad de que la novelista acuda a forzados rulos narrativos, desembocan en un sorprendente desenlace resuelto en las últimas líneas del texto.
Sin embargo y a pesar de subyacer en la novela, Lola Millás rehúsa el consabido y tópico lamento de la mujer casada, cuya desahogada posición le ha encadenado al sino de una perpetua insatisfacción. No, nada de eso, porque Lola Millás, ha sido más exigente, más ambiciosa, a la hora de pergeñar y de confeccionar el relato, de manera que, a pesar de la aparente sencillez del tiempo narrativo de la novela y de la cotidianeidad de algunos eslabones de su trama, la escritora ha alcanzado el mayor logro de mantener un constante clima de misterio, a menudo apuntalado por sueños y alucinaciones provocados por el uso que de la bata de Abelardo hace Arcadia, su mujer, tanto le agrada vestirla mientras trajina por la casa o cuando, cansada de las faenas domésticas o del taller de restauración, se arrebuja en el calor desprendido por la prenda de su marido.
Ahora bien, la faceta onírica de la trama ha sido muy hábilmente combinada por la escritora con el predominante tono realista de su argumento, permitiendo al lector adentrarse en las aventuras anímicas de esas dos conmovedoras mujeres, cuyas inclinaciones bohemias –así las entrañables y amenas tertulias con Héctor, Mari Luz y Etel- junto con su pasión por restituir la oculta belleza de los desechos encontrados en los contenedores de basura son algunos, tal vez los más sabrosos, ingredientes utilizados por Lola Millás para la elaboración de esta buena novela a la que, es de esperar, pronto le siga otra. La aguardamos.