«María de Sanabria»

María de Sanabria; Diego Bracco
Ediciones Nowtilus, Madrid
2007, 256 págs.

María, la sevillana del Trópico
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Julio Cristellys Barrera
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Con una imagen de la joven, casi adolescente, María leyendo, a espaldas de su padre, la crónica de los viajes, los lances y el naufragio de Cabeza de Vaca comienza la novela “María de Sanabria”, última de las obras del escritor uruguayo-italiano Diego Bracco.
Es María una de las dos hijas del segundo matrimonio del sevillano Juan de Sanabria, pariente de Hernán Cortés, además de un acaudalado patricio. Aquí concluye el enunciado de los méritos del detestable don Juan quien, no contento con sus incensantes humillaciones a su abnegada esposa, Mencía, y a sus encantadoras hijas, Mencita y María, intenta valerse de la belleza y del ingenio de esta última como hechiceros señuelos para cautivar los sentidos y la voluntad del envejecido Alvar Núñez Cabeza de Vaca, a quien conocemos ya destituido de su cargo de gobernador del Río de la Plata y encarcelado en una casa sevillana. Las más que fundadas esperanzas de Juan de Sanabria de ser nombrado sucesor de Cabeza de Vaca en el puesto de gobernador del Río de la Plata, le alientan a tramar el infame plan de servirse de la hermosa y temperamental María para arrancar de ese tronado náufrago la revelación de secretos tales como la exacta localización de El Dorado.
La primera parte de la novela desvela el fogoso carácter de esta singular muchacha, ansiosa por vengarse de los desmanes y tormentos paternos, así como por colmar su afán de capitanear una expedición marítima de mujeres rumbo a Paraguay. Seria, concienzuda, no pedante, es la investigación soporte de esta narración histórica y muy entretenido es el relato de los sucesos y trances padecidos por los héroes de la crónica de este episodio del siglo XVI español, ya durante la preparación del viaje, ya a bordo de las naves hasta su arribada a las playas brasileñas, término de la travesía, fin de la novela, mas preludio de la azarosa caravana emprendida por algunos de esos pasajeros que, andando el tiempo, cruzarían la selva para llegar a Asunción de Paraguay. Tal vez el novelista haya pensado en una continuación de las aventuras de María de Sanabria ya instalada en las Indias Occidentales.
Muy estimables me han resultado los sucesivos retratos de los compañeros de ruta de María, la heroína: Juan de Salazar, capitán de las tres carabelas, un curtido marino, cuyos trazos, sin embargo, eluden los consabido tópicos de este género de historias; Hans Staden, el apuesto arcabucero alemán, cuya galanura, cuyo arrojo, nos serán descritos por la apasionada y golosa mirada de María; “las tres jotas”, Juana, Justa y Josefa, en mi opinión, los personajes más logrados de la narración, cada una de ellas en fuga de un pasado que, en sí, contiene un delicioso cuento; y, por último, el clérigo Fray Agustín, la sosegada réplica al ardiente temperamento de la muchacha sevillana, un muro de contención contra el brío de ese torrente bautizado María, una mujer distinta y arrolladora, no lo niego, pero a quien, a mi modo de ver, el autor, quizás arrastrado por un bienintencionado afán de realzar sus penalidades de mujer contra el fondo de un patriarcal ambiente, ha lastrado con un, a veces, desbocado feminismo, en lugar de haberse ceñido a dibujar exclusivamente la furiosa naturaleza de esta chica de diecisiete años, protagonista de una no menos fiera aventura, por lo demás narrada con un fluido y correcto estilo que, a la postre, ofrece al lector un trabajo que, seguro estoy, no le defraudará y le brindará unas horas de grata distracción.

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