Madrugada. Julio Cristellys.
Huerga y Fierro, Madrid. 2008. 194 pp.

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Aunque la narración sea desde el exterior, ésta es una obra íntima e intimista, desbordada, de expresión barroca, en “bucle”, es decir, que gira en torno a sí misma buscando su centro, su esencia profunda, la pasión de sus protagonistas. Julio no escatima expresión, bulle de adjetivos y descripciones, y en fin, de pasión literaria, para sumergirnos sin pudor y sin concesiones por las confidencias de personajes sorprendentes, personajes que él muestra al límite de sus vicios ocultos, infectados por sus heridas de rencor, o lamiéndose esas cicatrices eternas de pulsiones reprimidas y deseos inconfesables. Julio se ha metido en la piel de todos ellos y por eso los abre para nosotros desde el centro de sí mismo, diseccionándolos para que los conozcamos en toda la crudeza de sus perversiones, aunque también de su inocencia fatal. Como en la gran literatura decimonónica, los personajes de Madrugada destilan inocencia y fatalidad, porque están presos del pulso vital que no pueden evitar, y eso permite que nos inspiren complicidad y ternura, desfilando ante nuestros ojos casi teatralmente, en el escenario que constituyen estas páginas. Nosotros somos espectadores de excepción de sus movimientos y de su drama interior. Julio obsequia con una prosa tan exuberante como sus recuerdos, con una expresión tan llena de matices como su capacidad de observar, y que nos traspasa como lectores para que podamos ver con nuestros ojos todos los detalles que ha captado su mente en ebullición, utilizando sin tregua toda la riqueza de su léxico, puesta al servicio de la historia que acabamos compartiendo como si fuésemos uno más de sus personajes, como si fuésemos testigos mudos pero ardientes del drama candente de ellos. Una observación que nos lleva a entender que la gran protagonista de la obra es por fin la Noche, como una más de esas mujeres poderosas, la noche porque es el símbolo de lo oscuro, de lo oculto, de lo secreto, de lo inconfesable.
La lectura de Madrugada sin duda suscitará en el lector emociones, consideraciones y vivencias muy personales que no debe perderse.