El hijo del sol
CARMEN BANDRÉS
Huerga y Fierro, Madrid, 2007
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Todo individuo abandona la colectividad siempre que se lanza al camino de un viaje iniciático en el que, como tal, nunca se sabe el lugar donde se ha de reposar y los alimentos que calmaran el hambre (tanto física como espiritual), qué gentes acompañarán placidamente los pasos, o quién intentará adornar el garlito para hacer caer en la celada ya dispuesta. Pero, si a emprender ese viaje empuja una meta concreta, el recorrido se convierte en romería o peregrinación (la primera para agradecer o rogar preces en un día de festejos y gracias; la segunda compuesta de etapas –alguna de ellas duras- que nos acercan al fin deseado de ver, tocar, rozar, abrazar a aquello, o a aquel, que se adora o idolatra).
En “El hijo del sol”, por lo anteriormente dicho, vamos de una colectividad violenta, convulsa y constreñida de una república bananera, a lo individual; al yo más íntimo del protagonista.
Es, en esta colectividad primera, donde Carmen Bandrés universaliza la crítica social con aciertos como “la patria de los pobres tiene la misma cara en todas partes”, “…jamás podré adular a quienes caminan marcando el paso sobre nuestras cabezas, hacen tambores con la piel del pueblo y…”, y se vuelca en hacer de sus páginas una reflexión constante sobre un mundo interior que, en sí mismo, transmite el acerbo tomista de los actos del hombre: “…los sueños cuando se cumplen o se desvanecen, dejan de alumbrar nuestra existencia.”, “quienes hemos nacido en lado feo del mundo, no tenemos derecho a poseer muchas aspiraciones.”.
Es, a partir de estas imploxiones del yo, cuando da comienzo la aventura de la autoformación, del aprendizaje, del estímulo constante en no abandonar el camino em-prendido; el viaje primero del hombre, la búsqueda inequívoca de lo que se considera el núcleo de la felicidad total y satisfacción plena que, entre otros muchos logros de la autora, brota de la lucha del inconformismo ante lo impuesto por la fuerza (o ante la fuerza de los que no entienden ni de razones, ni de razonamientos).
El paisaje influye en el pensamiento de los hombres, y en sus actos, y en su vi-sión de la vida y del mundo.
Esta realidad es algo que Carmen Bandrés nos muestra con gran claridad, dada la pluma ágil con que describe el trópico y el desierto, lo rural y lo urbano, la soledad voluntaria y la soledad impuesta. Bien podría decirse, después de esta aseveración, que hace suya la sentencia de “cada día su tribulación”, como dice el saber popular, y “cada página su secreto” (se podría añadir a la obra que estamos tratando); porque son secretos los pasos a seguir, se dosifican sus asomos; como se dosifica el esfuerzo físico en El sa-lar de Atacama para que la vida no extenúe, no maltrate más de lo que ya por sí misma hace, y dejemos que las relaciones humanas se bendigan por lo que de placenteras son para sus espíritus.
Amor, desamor. Otra vez el amor, quizá sólo sea ilusión, tal vez deseo, siempre desvelo y anhelo, que juega a entrelazarse en “El hijo del sol” con el yo y el tú, ambos, ninguno, sin ti, sin mí, sin ninguno. Es la fuerza de ese amor (a las personas, a las cosas, a la tierra, al recuerdo, incluso el amor a la duda y a la incertidumbre), lo que empuja, más que mueve, a los personajes.
¿Y la meta? ¿El final de este comienzo voluntario?
Forja pura y dura en la herrería del mundo: fuego, golpes y agua; y más fuego, y más golpes y más agua hasta templar el acero del ánimo del protagonista que, concluso ya el esfuerzo de lograr el yo profundo (muy bien amueblado por los consejos dados por unos y otros a lo largo de la novela), alcanza, roza y toca el Edén donde reposa “El hijo del sol” (Pablo Neruda); pero, ya horneado en el pensamiento racional, confirma que “la felicidad también existe lejos del paraíso”.
El ídolo, lo deseado, lo ensoñado y ya palpado, casi abrazado, es, en suma, lo imperfecto, el cúmulo de muchas dudas y, por qué no, lo vano por fútil.
El viaje ha terminado.
El tiempo ha servido para que la oruga se transforme en mariposa y el joven en hombre. Ha concluido la fermentación del vino. La masa se ha hecho pan. Ya tiene, ante él, el banquete de la vida.
Cabe destacar que, tanto la estructura como el desarrollo, están acordes en tiempo y espacio, generando, así, una novela cómoda de leer que a lo largo de sus páginas va resultando atrayente porque el interés crece con el transcurso de la lectura.
No les defraudará.