«Mon (la puerta)»

Mon (la puerta). Natsume Soseki

Indolencia nipona

Julio Cristellys
.

La irritación fue un constante sentimiento que me iba asaltando mientras leía “Mon (La puerta)”, una de las novelas escritas por el japonés Natsume Soseki (1867-1916), mas, al pasar su última página, ha sido una resignada desesperanza la emoción que se ha adueñado de mi ánimo.
Ocurre que muy inmisericorde es el retrato del protagonista dibujado por la pluma del autor cuando éste, a lo largo de los capítulos del libro y con una calma casi tan plácida como su descripción de una nevada, se entretiene con el trazo de la aparente apatía de Sosuke, marido de la encantadora Oyone y hermano de Koroku, un resuelto e inquieto estudiante.
Apaciblemente, durante un otoño y un invierno, discurre la trama de la narración, acompasado su ritmo al desprendimiento de las hojas secas de los árboles o al de los copos de nieve cuando arropan sus desnudas ramas. Tan inevitable como estos hermosos fenómenos naturales será la abulia del modesto funcionario Sosuke, quien se nos antojará un pusilánime, pues no hay razón para que, con toda firmeza, no reclame a los Saeki, sus parientes, el dinero perteneciente a su difunto padre y que, sin derecho alguno, retienen para su beneficio y en perjuicio del joven y desamparado Koroku.
Monótona, sosegada, un poco triste, es la vida de los esposos Sosuke y Oyone, apenas turbada por los deslizamientos de esas puertas de papel que, a manera de tabiques, separan los compartimentos de los hogares japoneses. Sin embargo, cuando uno de esos frágiles muros fuere retirado para ampliar el espacio de la alcoba o de otra de las habitaciones de la casa, tal vez antes de que se haya amontonado la nieve sobre los tejados, la diestra escritura del novelista nos irá revelando el doloroso pasado de ambos cónyuges, algunos de sus pecados, no siempre graves, aunque sí muy lacerantes porque no hay redención ni redentores para quienes han violado las normas de una sincera y leal amistad.
A modo de un corifeo griego, los cotidianos quehaceres de las criaturas de esta historia, sus penurias, el hielo del invierno, la lluvia de sus últimos días, también el fango de las calles de la ciudad, actúan como personajes de ese drama para adentrarnos en los recovecos de sus mentes y, así, destapar ante nuestra mirada el lienzo de silencios tejido en su bastidor por la modosa y tierna Oyone después de la cena, cuando comparte una fría velada con su lacónico esposo, qué distinto de Koroku, su hermano, a quien la desidia de Sosuke le ha abierto las puertas de su casa, una morada donde la armonía se cimienta en la culpa, en el remordimiento, demasiado joven es ese matrimonio para recibir la bendición de la gracia del olvido, de siempre reservada por los dioses para el alivio de las almas de los más viejos penitentes.
No es pacífico el argumento de esta novela, esta crónica de un agobiante desaliento, muy en contraste con el estilo de su escritura, manso y elegante, pero jamás un bálsamo para el atormentado espíritu de Sosuke, tampoco para el de Oyone, ambos condenados a ver florecer la primavera a sabiendas de que, cuando marchite el primero de sus pétalos, se ha puesto en camino el invierno, el más temible verdugo, muy diestro para horadar sus conciencias con el punzón de un perenne sufrimiento, nunca para segar sus pesares con la hoz de un libertador y fulminante dolor.

Una respuesta a “«Mon (la puerta)»

  1. os comunico (sin errata) la apertura de mi blog
    http://www.mayusta.blogspot.com
    Nuevos abrazos asociativos