«El último zelofonte»

Iniciamos hoy una nueva sección dentro del apartado de crítica literaria. Hemos querido denominarla «Los olvidados» porque aquí intentaremos recuperar esos escritores y escritoras que han sucumbido ante un tirano, que es el paso del tiempo, y han quedado un poco en el olvido. Empezamos con la escritora argentina Luisa Mercedes Levinson, y una de sus obras, reseñada por Julio Cristellys.

La doncella y su dragón
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Julio Cristellys
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La escritora argentina Luisa Mercedes Levinson (Buenos Aires 1904-1988) legó a sus lectores una apasionante obra literaria que abarca la novela, los libros de relatos, la creación dramática así como un cuento escrito junto con Borges y titulado “La hermana de Eloísa” .
Como otras muchachas de la buena sociedad bonaerense, Luisa Mercedes, hija de un odontólogo francés y de una catalana, fue educada e instruida por sucesivas institutrices, quienes, tal vez, no se percataron de la encrespada imaginación de esa pupila que, andando el tiempo, se convertiría en una mujer poseedora de un singular pensamiento, germen y raíz de un trabajo distinguido por su exclusivo y portentoso estilo literario.
Cuatro años antes de su fallecimiento, esta excéntrica y culta dama de las letras sudamericanas publicó una novela: “El último zelofonte”, una delirante fábula redactada con una eufónica prosa en la que, conjugando las más antagónicas mitologías, la autora confía al lector el conjuro para la revelación de los parajes ocultos tras el otro lado del espejo, quizás el lugar donde se oculta a los ojos del hombre el rostro de Dios, la faz de Su verdad.
Así, no es gratuita la cita que, en uno de los muchos pero breves capítulos de esta narración, hace la Levinson de una célebre frase de Ghandi: “Para el creyente, Dios es la verdad; para el no creyente, la verdad es Dios.” Y en busca de Dios o de Su verdad, el viejo de los huesos, un científico, galardonado con el Premio Nobel, emprende una batida por las junglas de Extremo Oriente en pos de las huellas del zelofonte, ¿animal prehistórico?, ¿hermosa bestia mitológica?, con toda seguridad ambas cosas: una preciosa alimaña –la última de su especie-, preservada por los monjes de un ruinoso templo, cuyo plexo abriga un mortífero arpón que, caso de ser empleado, provocará la aniquilación de ese primogénito y extraño hijo de la Madre Naturaleza.
El viejo de los huesos –este apodo y no un nombre propio es la denominación escogida por la autora para su personaje- regresa a su casa de Buenos Aires acompañado por el zelofonte y por Sri, una bella y núbil vestal consagrada a Devi, la diosa del amor por florecer, una virgen que, antes de su enigmática muerte, dará a luz a una bonita niña, Rosri. Nada sabremos de cómo y por qué tan repentinamente hubo de apagarse esa cautivadora flama de carne mortal, sí, por el contrario y con la misma serenidad descriptiva del óbito de Sri, quedaremos enterados de la identidad del hermoso padre de Rosri, una anécdota empleada por la autora para la armonización de las quimeras orientales con los mitos grecolatinos, de manera que, según avancemos en la lectura de la novela, nos toparemos con sucesivas parábolas inspiradas, entre otras fuentes, ya en algún cuento de Andersen (“La niña que pisoteó el pan”), ya en las ensoñaciones de la “cándida” Alicia de Lewis Carroll. Mas valiéndose de todas estas fantasías y como médula de la historia, Luisa Mercedes Levinson nos relata su original versión de las leyendas de doncellas cautivas de un feroz dragón, pues la niña Rosri, aparte de su don para encantar a las víboras y otras peligrosas especies de animales, cuenta con el privilegio de la protección de un peculiar centinela: el zelofonte, nunca ese sanguinario monstruo de las sagas medievales, siempre el custodio de esa “princesita”, a quien, como a otras mujeres orientales, le ha sido conferida la gracia de hechizar a las traidoras boas.
Tan aturdido se encuentra el viejo de los huesos por la misteriosa belleza de Rosri, como impaciente por el logro de una hembra para el zelofonte porque es su anhelo la perpetuación de esta extinta especie en la Tierra y, de este modo, restablecer el equilibrio ecológico hurtado por la raza humana a la Naturaleza. Para ello, concierta el anciano científico un espantoso negocio con Rupertus, embalsamador y torturador, quien, junto con Marceliano, simbolizan el Mal absoluto e irredimible, ya que se nos descubrirán los afanes necrófilos de aquél, mientras que de éste escucharemos, hasta la saciedad, su aborrecible salmodia: “Gastos, gastos.”
El zelofonte burlará las aciagas ambiciones del pérfido Rupertus, así como el funesto hado cernido sobre los amores de Rosri, transmutada en una nueva Ariadna, con su hermoso Teseo, y será el noble animal quien cierre la hebilla de este ¿contemporáneo? apólogo, brindando a la atónita mirada del lector la gala de la Eterna Inocencia, la reflejada en los ojos de esa misteriosa criatura del reino animal hallada por el viejo de los huesos en los aledaños de un santuario de Ankron, una pagoda por cuyos laberintos se han extraviado escritoras como Angela Carter y aventureros como Indiana Jones, quién sabe si en busca de una lágrima divina, puede que rastreando las esquirla de un amor cósmico, total.

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