España, Manuel Vilas
Editorial DVD, Barcelona, 2008.
¿Metaliteratura? ¿postmodernidad? ¿ficción pulp? ¿neo valleinclanismo? ¿lo leí en el periódico, me hizo gracia, lo puse en el blog y ahora lo meto de capítulo en mi nueva novela porque soy Manuel Vilas y tengo un Audi 100? Mezclen todo y luego denle un buen lametazo y puede que sean capaces de decirme a qué sabe la España de Manuel Vilas. Sí, tienen razón, el sabor es ligeramente familiar, como el de las sábanas empapadas de sudor que mordieron en un motel en Castellón, como la cinta de cassette con canciones del brasas de Víctor Manuel llenando la TDK de 60 minutos que guardan, por el disco de Leonard Cohen-¿a quién se le ocurrió esta extraña amalgama?-, claro, desde que el coche ya sólo lleva reproductor de cedés, como una comida barata en en la cafetería de la universidad. Una España para todos, con churretones y muchas banderas distintas que usar de trapo.
Manuel Vilas en España juega a las sombras chinescas, él proyecta y nosotros vemos lo que queremos-o lo que podemos- en la pared, Philip K. Dick, los monólogos internos, pesadísimos, acartonados del último Delibes lúcido, la literatura por Internet, Franz Kafka resumido en una sobremesa cargada de carajillos, la progresía y sus mitos caducos, la solidez de una revolución llena de aviones-lechera, más espejos; habla de Moustaki-porque Moustaki también era banda sonora en los R12 que llevaban a los Zaragozanos lejos de Zaragoza cuando aún no era Zeta camino de Salou o Cambrils o Miami playa- cuando habla de Edith Piaf, del frescor único que da la ginebra con mucho hielo y los billetes de cinco euros muy manoseados por manos que han tocado a su vez muchos billetes de cinco, de diez, de veinte, de cien, de mil, de dos mil pesetas-aún guarda Vilas aka Vlidas aka Manolo Oregon aka Juanito Enefectivo billetes muy sobados, calentitos en el bolsillo de unos Levis negros que ahora le van estrechos-, billetes con los que ha pagado muchas cenas en kebabs grasientos de cerveza caliente e infernales vídeos musicales en loop, las nuevas pandemias y los viejos formatos y todo con el ritmo frenético de las anfetaminas del nuevo orden.
Manuel Vilas dice: esto es una novela y la escribo a trozos y luego los junto y el pegamento va de tu parte, claro. Mira a los ojos de la generación leche, cacao, avellanas y azúcar y no le tiembla el pulso, como Charly García- eh, Charly, todos los jóvenes hacen cosas nuevas, vos hace tiempo que no hacés nada que impacte, nada… mira, me voy a tirar por la ventana y luego, luego hablamos, ¿ok?-, aunque no sepa quién es Charly García, como los malditos que escriben en revistas de rock, como los muertos que ya no pueden impedir que los buitres rebañen en sus cajones, como todo el panteón, de braga suelta, de mirada turbia por el vino que viene rebajado de literatura este último invierno. Y yo lo leo y digo, ok Vilas, lo leo y miro de reojo las esquinas de las nuevas calles de Zeta, sé que pronto habrá una con su nombre y cuando Triviño vuelva a ser elegido y Aznar repita mandato al frente del PCE reunificado-a veces lo único que importa en España es que en algún sitio ponga España o español, que no ponga una palabra horrenda como es estatal- entonces Manuel Vilas o su zombi o su SDV (nota: SDV: señuelo dotado de vida) se levantará y me dirá: anda man, me ayudas a quitar esa placa. Las calles son para los muertos; las playas para los comedores de gambas.
E igual me deja chupar las cabezas.
BOLETÍN DE PRENSA No. 01
Antes de creada la Internet la propiedad intelectual era rigorosamente respetada por editoriales, disqueras y demás empresas que dependían del talento artístico. Aparecida la web, sus propietarios se convirtieron en las únicas personas con licencia para violar todas las normas de propiedad intelectual. Muchas editoriales quebraron al igual que sus autores, pues tan pronto salían los libros al mercado su contenido aparecía publicado en blogs con editores desconocidos, esto desde luego con total complicidad de Google, que entre otras cosas estimula a crearlos. Google es el mayor pulpo de la piratería, y ha llegado la hora de que escritores, poetas y editores de libros tomemos cartas en el asunto. Google no se puede escudar en el pluralismo de la web para violentar descaradamente la propiedad intelectual. Se debe legislar al respecto, alguien los tiene que poner en cintura, pues Google se está convirtiendo en una amenaza para el talento artístico. Anuncio la creación de un sindicato de escritores de blogs, pues nuestro trabajo merece respeto. En el caso particular he visto como muchas de mis historias eróticas aparecen en diferentes blogs con títulos diferentes y omitiendo mi nombre como autor.
SALOMÓN BORRASCA