Agua para mis versos. VV.AA.
Colección Poesía Aveletra. Huesca. 2007.
La aventura de la creación y la edición en ciudades pequeñas, con las dificultades que conlleva, ha vuelto a dar un fruto en Huesca con el nuevo volumen, el cuarto, de la Colección de Poesía Aveletra. Se trata de la antología “Agua para mis versos”, que reúne a doce poetas del entorno oscense. La Asociación Aveletra nació hace un lustro de la mano de Elizabeth Hernández; desde entonces ha generado una actividad cultural incesante y se ha convertido en un modelo a imitar. Entre esas actividades destacan los Martes Literarios, por los que han desfilado lo más granado de los poetas y escritores aragoneses, más unos cuántos foráneos, y los talleres de narrativa y de poesía, que han concatenado sus sucesivas campañas, con una base estable de alumnos a la que se han ido incorporando caras nuevas. Porque una de las buenas noticias que proporciona Huesca, de unos años para acá, es la abundante cantera de aspirantes a escritores que se animan a compartir y perfeccionar su afición. Fruto del taller de poesía es este “Agua para mis versos”, de bella y cuidada edición. El libro lo integran doce poetas que, como los doce signos del horóscopo en el acervo popular, poseen personalidades y estilos diferentes. Así, se suceden el amor pasional de Aurora Abad, los nuevos enfoques de poesía social de Sergio Casado, la fuerza telúrica de las descripciones en Alicia Escartín, el recorrido por el arcén de la realidad de Ángeles Grasa, la mordedura descarnada del desamor en Elizabeth Hernández, la pervivencia del culturalismo novísimo en Arcadio Leos, la introspección rozando lo místico de Rosa Marzal, la sencillez machadiana de María Carmen Murillo, la fuerza mineral de José Ortiz, el eco vanguardista en Jesús Ortiz, la serenidad humanística de Pilar Tebar y las vitalistas enumeraciones de Irma Torrijos. Cada uno de estos poetas tiene, pues, su propia voz y su mundo particular, de igual modo que cada uno porta su historia personal y literaria: hay un amplio abanico de edades; algunos han publicado obras individuales mientras para otros es su primer libro. Los lectores tienen, por tanto, material diverso donde elegir.
Y si como lector he de mojarme, desde el prisma exclusivo del gusto personal, destacaría el poso de poetas adultos que destilan Arcadio Leos o Elizabeth Hernández y la fuerza que transmiten los más jóvenes, Alicia Escartín, Jesús Ortiz e Irma Torrijos. Tres promesas aún en formación, que parten de una base vanguardista, poco habitual en la poesía de hoy, y alcanzan momentos muy interesantes.
Alicia Escartín es la más original en el planteamiento del conjunto: no se trata de poemas sueltos, sino de un todo dividido en partes, que nos remite a obras de la épica contemporánea como la “Anábasis” de St. John – Perse. Con sutileza, mediante los títulos, describe los sucesivos momentos de una guerra que, al final, resulta ser una pesadilla onírica. La serie posee distintos niveles de lectura: se puede interpretar como la cruda descripción de un conflicto colectivo o, tal vez, la encriptación de uno individual. El lenguaje comienza cargado de imágenes densas y oscuras (“El negro es la vocación del futuro” “… quizá sea el color gris / el que guíe los caminos, / un gris que huele a muerto / de cuarenta días “) para resolverse en sencillez y claridad en el “Despertar” último: “Siento / como unas gotas / de lluvia / acarician mi cara. / Entonces abro los ojos”.
Jesús Ortiz es directo heredero de las vanguardias, tanto en la concepción del verso como en la intención epatante; al leerlo, me ha venido a la memoria un magnífico relato de Carlos Castán donde narra con humor el ambiente, a veces opresivo, de una ciudad pequeña. Todos los autores del libro elaboran una poética a modo de presentación de su trabajo: él la resuelve en un poema titulado “Clítoris poético”. También me ha alegrado reconocer, diseminado aquí y allá, el influjo del Neruda de “Residencia en la tierra”: “Estoy cansado / por la úlcera del mundo, cansado de tristeza / sin parientes, con mis ojeras de trigo traicionado“. “Sucede cada tarde en los funerales de la nieve / Cuando el mar enuncia el nombre de la nada en cada huella”.
Irma Torrijos es la más inclasificable de los tres. En algunos momentos, también, la más vinculada a la poesía escrita por los jóvenes de su generación en otras ciudades. Versos etéreos, que hablan del amor sensual recurriendo a imágenes sacadas de los pequeños detalles cotidianos: “ Sueño con ensaladas variadas / de gajos de ti” se entremezclan con otros donde resuena el eco trágico de Alejandra Pizarnik: “De puro instinto sanguinario / me acabo sobre mí misma / a una locura de tormento / que martiriza”. Juegos fonéticos: “Maite matiza el té / aromatizado” conviven junto a introspecciones metafísicas: “Años de búsqueda / para volver al origen./ Abstraer lo conocido / para conformar un ideal”.
Tres jóvenes esperanzas de futuro, en resumen, cuya evolución habrá que seguir de cerca.