«Flappers y filósofos»

Flappers y filósofos. Francis Scott Fitzgerald

Julio Cristellys
La joven Eva, el viejo Adán

Siendo un joven de poco más de veinte años y por consejo de un amigo, leí “A este lado del paraíso”, la primera novela escrita por el norteamericano Francis Scott Fitzgerald, una narración de arrebatadora hermosura que me animó a comprar toda la obra de aquel interesante autor traducida, hasta ese momento, a nuestra lengua. Cierto es que, durante los ya lejanos años setenta del pasado siglo, no tuve ningún problema para encontrar gran parte de la creación de este brillante escritor perteneciente a esa “Generación Perdida” de autores norteamericanos, a quienes la socarronería de su compatriota, la también escritora Gertrud Stein, tuvo la ocurrencia de agruparlos literariamente bajo esa singular rúbrica. Así, acompañado por mi buen amigo, fui leyendo las novelas y los relatos de Francis Scott Fitzgerald, con excepción de un libro titulado “Flappers y filósofos” que, al parecer, ha aguardado hasta el pasado año 2007 para ser vertido al español. Lástima que mi camarada de lecturas falleciera trágica y misteriosamente antes de cumplir los treinta años, pues cuánto hubiera disfrutado con estos ocho relatos que, según me comentaba haciéndose eco de algunas doctas voces universitarias, eran las más ingeniosas creaciones de ese narrador amante del refinamiento social y de sus bellas mujeres, mas, para su desdicha, muy amigo del alcohol

Nuestro desconocimiento en aquellos años de la lengua inglesa, nos vetó la lectura de esos ocho cuentos reunidos bajo un título -“Flappers y filósofos”- que se nos antojaba evocador de una época–la de “los locos años veinte”-, cuyo esplendor y decadencia nos habían embrujado desde la adolescencia. Desparecido mi amigo y habiendo aprendido el suficiente inglés para aventurarme con el conocimiento de algunos clásicos anglosajones, leí “Flappers and philosophers”, un conjunto, como ya he dicho, de ocho relatos que, durante las pasadas navidades, he vuelto a paladear con la soberbia traducción de Teresa y Andrés Barba, debiéndose a este último el ilustrador prólogo de esta versión española publicada por la casa Velecio Editores.
“Flappers y filósofos” es el primer libro de relatos escrito por Francis Scott Fitzgerald, siendo los títulos de cada una de las historias allí contenidas los siguientes: “El pirata de la costa”, “El palacio de hielo”, “Cabeza y hombros”, “La fuente de cristal tallado”, “Bernice se corta el pelo”, “Bendición”, “Dalyrimple se equivoca” y “Los cuatro golpes”. Las seis primeras narraciones (“El pirata de la costa”, “El palacio de hielo”, “Cabeza y hombros”, “La fuente de cristal tallado”, “Bernice se corta el pelo” y “Bendición”) tienen un único protagonista: una muchachita, la “flapper”, mientras que los dos restantes (“Dalyrimple se equivoca” y “Los cuatro golpes”) cuentan las vicisitudes de un peculiar personaje masculino: el joven e inexperimentado “filósofo”.
Francis Scott Fitzgerald, católico, yanqui y, por añadidura, guapo, junto con su mujer, la seductora y desquiciada Zelda, fueron los atractivos héroes no sólo de esta colección de cuentos escrita en su juventud, sino de toda su obra posterior. Y si como juvenil ha sido calificada esta obra, puesto que fue redactada cuando nuestro escritor tenía veintidós años, no por ello carece de la madurez estilística y agudeza psicológica de sus geniales novelas y libros de cuentos.
No sería justo si me ciñera a la afirmación de que las criaturas, ya masculinas, ya femeninas, de estas narraciones son el germen de los inolvidables Gastby, Basil y Josephine de sus posteriores obras porque las casi adolescentes “flappers” de este volumen vendrán a nuestro encuentro cuando, jóvenes pero adultas, se hayan transformado en las heroínas de las novelas “Suave es la noche” y “Hermosos y malditos”. Otro tanto cabe decir de los casi imberbes “filósofos”, a quienes, bien sin un céntimo, bien como opulentos hombres de negocios, brotarán en las páginas de “A este lado del paraíso”, “El gran Gastby” o de la postrera e inconclusa “El último magnate”.
Si la “flapper” es la informal muchacha, siempre obsesionada por su apariencia y su comportamiento de “chica moderna”, de continuo luciendo un cabello tan corto como sus vestidos, el “filósofo” es un agraciado y pardillo mozo estudioso de las formas y de los modos vitales, una asignatura no impartida en las aulas de las prestigiosas universidades de Yale, Princeton o Harvard.
Como se dice en el prólogo a la obra ahora comentada, la “flapper” es la joven que desordenadamente se mueve, ello en una clara alusión a los frenéticos ritmos de la década de “los felices años veinte”, especialmente el charlestón, chicas, en una palabra, de costumbres algo ligeras y obsesionadas por pescar un buen partido después de haber estrujado los placeres de la vida con la inconsciente saña propia y exclusiva de sus pocos años, antes de franquear la leve frontera de la edad adulta.
El narrador nos desvela su fascinación por esta nueva Eva, su enamoramiento por estos guayabos que, bonitas, despreocupadas y casquivanas, se dejan besar impunemente por chicos apuestos y deportistas, sin poner nada, absolutamente nada, en el beso, tal vez una pizca de pecaminosa aventura, jamás un pedacito de amor. Muy bien entiende y justifica Scott Fitzgerald la alocada insensatez de unas chicas que, liberadas del corsé y de las horquillas usados por sus madres, huyen de la estricta custodia de su tutor capitaneando una embarcación a la deriva (“El pirata de la costa”), se rebelan contra el rutinario y doméstico bienestar de una población sureña (“El palacio de hielo”) o desafían a una pandilla de crueles adolescentes con el sacrificio del corte de su hermosa melena (“Bernice se corta el pelo”) Tampoco faltarán mujeres a quienes su ansia de aventura les sorprenderá con la revelación de los caprichos del destino (“Cabeza y hombros”) o a las que la implacable secuela de un tropezón sufrido en sus años de recién casadas las perseguirá de por vida encarnada en un sencillo ornamento hogareño (“La fuente de cristal tallado”)
El libro “Flappers y filósofos” fue dedicado a Zelda, la esposa del autor, una cautivadora damita cuyo infortunio es el único asunto de la novela “Alabama song” del francés Gilles Leroy, galardonada en el pasado año 2007 con el premio Goncourt, una obra que, por su gran calidad literaria, espero que pronto sea traducida a nuestro idioma. Fue Zelda una auténtica “flapper”: guapa y frívola, también dotada de un inquieto espíritu al que se debe la creación de estimables obras literarias, pero aquejada de una dolencia psíquica, causa de su triste éxodo por diferentes clínicas mentales. Las diversas facetas temperamentales de Zelda se apoderan de cada una de las “flappers” protagonistas de estos relatos, así como de las criaturas femeninas que, posteriormente y ya adultas, nos toparemos en otras obras de Scott Fitzgerald, muy particularmente la desvalida aunque aniquiladora Nicole de “Suave es la noche”.
Los soñadores y, a veces, pedantes “filósofos” del apodado “novelista de la era del jazz” son ingenuos muchachos cegados por el brillo de aquel efímero tiempo de vanguardias y prosperidad, a quienes ni una flamante titulación en la universidad de Yale, ni su vitoreado regreso de la Gran Guerra, les confiere el ansiado premio del “sueño americano”; será por ello que, aunque pipiolos, muy pronto envejecen, sea convulsionando en una noche la cristiana doctrina del Bien y el Mal (“Dalyrimple se equivoca”), sea forjando su genio mientras estoicamente soportan la flagelación de sus carnes con el látigo de unas elementales evidencias(“Los cuatro golpes”); y, aunque incluido dentro de los relatos dedicados a las “flappers”, el cuento “Bendición”, nos brinda la meditación de un especial “filósofo”: un novicio jesuita que, tras una prolongada separación, recibe la visita de su hermana, tal vez una de las historias más logradas por el contraste entre el vértigo de una nueva sociedad – la de la “flapper”- y la inmanencia de una doctrina –la del “filósofo”- que la no tan inocente Lois creía arrinconada por su reputación de anticuada.
Y si Zelda ha sido inmortalizada en las “flappers”, Francis Scott Fitzgerald no tuvo empacho en ser el desorientado “filósofo” que, sin dinero, sin posición e incapaz de conquistar el amor de una linda muñeca de falda corta y peinado “garçon”, gritó al cielo como Amory Blaine, el protagonista de “A este lado del paraíso”: “Me conozco a mí mismo, pero eso es todo.”
Quizás si mi amigo, antes de morir, hubiera leído “Flappers y filósofos”, habría clamado con todas su fuerzas esa descorazonadora plegaria.

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