«Claro interior»

Ángel Guinda, Claro interior,
Zaragoza, Olifante, 2007, 64 páginas
Claro interior

EL BUCEADOR
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Manuel Martínez Forega
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Citar hoy el romanticismo como móvil estilístico de la poesía española parecerá a muchos una mención anacrónica, pero existen numerosos ejemplos donde esta afirmación puede anclarse. No resulta pertinente hablar aquí de ellos. Sin embargo, sí es posible significar uno, y es su poesía también muy cercana a todos nosotros. Ángel Guinda es un escritor romántico.
 

Digamos ahora que ya en 1983 el propio Ángel Guinda afirmaba que â??revolución sexual y Romanticismo son las dos revoluciones que están todavía por hacerâ?. Lo dijo muy poco después de que apareciera su Crepúscielo esplendor. Por las mismas fechas concluyó advirtiendo que Bécquer y el poema â??Canto a Teresaâ? de Espronceda, palpitaban en su interior. Pero estas notas no son sino simples anécdotas dichas al desgaire de una intuición (la suya) que no ha dejado de guiarle. Su poesía es todo â??he dicho-, y lo es porque, como el romántico, mira al mundo como su igual; lo enfrenta desde un lirismo microcósmico que, como el romántico otra vez, posee la misma magnitud que el macrocosmos y no se supedita a él. â??No mires lo que ves, sino lo que te ciegaâ? son palabras conocidas de Ángel Guinda que pueden situarnos ya en Claro interior; pero es que, claro, Espronceda ordenó al sol no sólo que se detuviera, sino que, además, le mirara (por cierto, como así hace el barrio de Ángel, El Avapiés, según sus propios versos dicen), y Espronceda seguramente lo hizo para ver no lo que podía ver, sino para ver lo que le cegaba.
Por supuesto que hay mucho más en ese sol esproncediano, y ese mucho más es ni más ni menos que el claro síntoma de que el romántico podía, incluso, detener el sol y mirarlo cara a cara, como a dios y, naturalmente, decirle cuanto quisiera: Una de las cosas que le decía con ese gesto es que se oponía al orden natural y al orden social establecidos. Goethe lo había hecho ya antes por boca de Fausto una noche en el laboratorio mientras su criado Wagner cerraba los ojos a la revelación. Schiller había dicho también, en El buceador, que â??detenía las olas del mar y había destronado a Posidónâ?. La originalidad de Ángel Guinda estriba, pues, a mi juicio, en haber sabido sostener la tensión del espagard romántico y enfrentarse al orden estilístico establecido por la poesía española de su grupo, pese a que ese cambio fue necesario, y de perseverar en su distinción hasta ser imitado por muchos de los que hoy son sus epígonos, esos mismos epígonos que, henchidos por los vientos del postmodernismo en la década de los ochenta, anunciaron con autocomplacencia el fin de la Historia. Ángel Guinda se ha mantenido siempre al margen de las corrientes, en la orilla siempre, resistiendo cuantas avenidas e inundaciones se han ido sucediendo desde su pertenencia a un grupo que es imperativo asignarle por principios puramente biológicos y aguantando los tsunamis mediático, académico y editorial. Desde Vida ávida (primer título para él canónico de su producción) ha sido así.
Luis García Montero â??epígono- en un articulito que ha pasado casi desapercibido, se portó muy descortésmente con sus antecesores literarios: Explícitamente, con los más próximos y por omisión con los más lejanos. Se atribuye allí un qué sé yo de originalidad al descubrir supuestamente una poesía de la experiencia real, para la realidad y desde la realidad. Soslayó nombres determinantes que todos guardamos en nuestra memoria y que no viene al caso citar ahora; pero, sobre todo, cometió un grave memoricidio con Ángel Guinda, quien, desde aquella orilla había ya inoculado el virus de la innovación formal y no se cansaba de repetir: â??Si no escribes como vives, vive al menos lo que escribesâ? (¡coño!, añado yo).

Claro interior es una muestra de cuanto digo, entre otras cosas porque hace acopio de la intratradición; es decir, de la propia tradición guindesca; gira sobre sí mismo y, junto a la lengua sencilla que configura su estilo más personal, nos retrotrae a aquella profusión verbal, de homofonías conceptuales, paradojas, antítesis bruscas como explosiones de luz o de sombra, arrebatado por el vertido léxico de la imagen y la metáfora surreal, de los brutales encabalgamientos, aliteraciones, asíndeton, sinestesias, amorfismos, sustantivaciones adjetivas…, libertad, en fin, para la forma y para la forma de la palabra hasta, si es preciso, â??rom-perlaâ?. Pero libertad también para la imaginación y para la fantasía que, sin soslayarlo, rescatan su Vida ávida y su Crepúscielo esplendor, títulos de los ochenta que nada tenían de postmoderno y sí mucho de manifiesta avanzadilla contra el todo culterano y el neomarxismo impúdico, monárquico y seminarista de las aulas. También sus Huellas y su Breviario están en Claro interior. En efecto, Ángel Guinda realiza un ejercicio memorístico cuya primera síntesis resulta ser su insistencia en aquella forma y en aquel contenido beligerantes, opuestos otra vez a lo que se nos ha dicho y cómo se nos ha dicho en verso durante los últimos treinta años, porque no quiere ser marcado, ni embolsado ni encajado para ser expuesto luego en un escaparate. Incorpora (o, mejor, no abandona) aquellos valores del ser romántico que he citado, entre los que se encuentra, por si no lo había dicho, la fe en sí mismo. La poesía de Claro interior sigue teniendo â??claro lo oscuroâ? sencillamente porque â??la sola claridad está en lo oscuroâ? y, por consiguiente, se opone al â??oscuro exteriorâ?; ha desplazado hasta su forma versicular lo que en otro tiempo fue aforismo (¿pero es que alguna vez fueron distintos?, me pregunto); ha incorporado a Dadá en su â??Discursoâ?; clava â??los codos en Diosâ?; dice otra vez â??NOâ?; sintetiza la aspiración a la libertad con un simple sufijo; blasfema y desobedece, como antaño y como siempre; â??atravesado por un rayo de sombraâ?, parafrasea la poesía clásica y la moderna; adoctrina y asesora con modesta elegancia a la vez que â??siembra relámpagosâ?, â??descerraja el aireâ?, â??atropella la luzâ?, ama y folla…
Claro interior martillea nuestras conciencias estéticas y sociales, pero lo hace, además, desde la invocación a la libertad de la forma, desde la libertad del pensamiento, desde la libertad a ser un sí mismo capaz y cabal, poseído por la poesía, pero poseedor de ella. No es casual que el Poeta y el Poema merezcan sendos títulos en este libro escrito por quien, â??dentro y fuera del mundoâ? y de sí mismo, todavía â??por algo seráâ?? viene â??al mundo para destruirlo y, de las ruinas, levantar otro ordenâ?. Nada exceptúa tanto su romanticismo como los textos de este poeta que, semejante a un dios mayor (¿Posidón tal vez?), afirma con rotundidad: â??abro los brazos y cierro tempestadesâ?; un poeta que â??persigue la luz de lo profundoâ? y, sin embargo, como hombre, tiene miedo y solicita un abrazo humano.
Será para muchos este libro una â??almendra amargaâ?, pero el almendro del que pende es más que probable que nadie lo desplante ni lo desplante.

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