
Leonor, Mª Pilar Queralt
Ediciones Martínez Roca, Madrid
2007, 254 págs.
Amadeo Cobas
La reina Leonor confiesa, cuando amanece la novela, no recordar apenas el día de su llegada a la corte. La que fuera reina regente de Portugal (tras la muerte de su esposo, Fernando I) reflexiona desde su retiro-prisión en Tordesillas.
Apodada «el halcón» por su padre ya desde niña, Leonor hizo honor al sentido peyorativo del apodo sin que nadie pudiera imaginar lo que en su interior cobijaba. Quiso medrar en la corte, y medró, vaya si medró. No le duelen prendas para definirse a sí misma de esta guisa: «una mujer como yo, franca, resuelta y decidida, amante del poder y su ejercicio»…
Porque Leonor, conocida también como la dama maldita, cae bien porque es la antiheroina. Mª Pilar Queralt es sabia al mostrárnosla al desnudo, sin suavizar ni un ápice su ambición ni sus planificados movimientos. Y la trama cobra vida al ser contada por una desenfadada protagonista, que en primera persona desenmascara sus ajedrecísticos planes, así propios como los pretendidos para su hija Beatriz. Los suyos y también los de la corona portuguesa, con esos enjambres palaciegos, con nobles a la caza y captura de alianzas, con los poderosos comprando voluntandes y adeptos a cambio de prebendas y otorgamiento de títulos nobiliarios.
«Eres un monstruo de ambición», llega a espetarle a Leonor su propia hermana María, sin saber, la desdichada de ella, cuán premonitorias eran sus apreciaciones, cuán desmedida es la ambición de la reina. Hasta el extremo al que no quiso llegar, pero llegó…
La novela tiene en sí el interés de dar a conocer a un personaje histórico que intrigó, como tantos otros, pero que vio su nombre enterrado porque quizá enmascaró con menos tino que otros sus intrigas; pero además es un período medieval en el que se conjugan acontecimientos de la Portugal de entonces (con una reina, Inés de Castro, que fue coronada después de muerta), de las guerras europeas (entre lusos y castellanos, entre franceses e ingleses), de la iglesia dividida (con el Cisma de Occidente)…
La escritora, con este texto, da un nuevo sentido a la palabra matrimoniar, al amor condicionado a los intereses de estado y a los juegos sucios prodigados en la corte. Eso sí, hasta una mala malísima como Leonor sucumbe un día al deseo y a algo que se podría llamar amor, con lo que acaece la noche en la novela sin que falte ninguno de los ingredientes que hacen muy recomendable su lectura.
Ya lo dice el refrán: siendo malo, se pasa mejor.