«Dafnis y Cloe»

Dafnis y Cloe Dafnis y Cloe, Longo de Lesbos

Julio Cristellys

Dioses y pastores

El reducido horario laboral disfrutado durante las pasadas fiestas patronales de Nuestra Señora del Pilar y un casi obligado arresto domiciliario impuesto por mi aversión a las multitudes y a la jarana siempre necesarias para el éxito de estas celebraciones, han  sido unos buenos pretextos para zambullirme en la bucólica atmósfera de â??Dafnis y Cloeâ?, la hermosa novela escrita por Longo, según los más reputados y modernos investigadores, durante el siglo II de nuestra era.
No obstante esta primera aseveración, he de confesar que no tengo el propósito de centrar mis comentarios en torno a la naturaleza pastoril de esta joya literaria cincelada por el cálamo de ese genial autor griego de quien nada se sabe -tal vez y debido a la ubicación de su narración en Mitilene, una ciudad de la isla de Lesbos, se ha especulado la posibilidad de que fuera natural de ese evocador paraje-, pues plumas mucho más autorizadas y doctas que la mía, especialmente profesores y estudiosos de la literatura helena, ya han vertido y vierten jugosas hipótesis relativas al idílico tono de la amorosa historia de tan cándidos y encantadores pastorcillos.
Por el contrario, en mi doble condición de amante de un buen estilo literario â??â??Dafnis y Cloeâ? lo tiene- y de persona ávida por conocer emotivas historias, he de confesar que esta antigua novela ofrece, mención aparte de su exaltación de la vida campestre, todos los elementos que conforman una palpitante narración durante cuya lectura tenemos el ánimo prendido a ese consabido suspenso del â??¿y que más?â?, único y exclusivo de las de las obras que, a pesar de su antigüedad, han superado la prueba del paso del tiempo y de los vaivenes de las modas literarias.
El enamoramiento de estos dos jóvenes, cuyo nacimiento es un misterio â??Dafnis ha sido encontrado cuando lo amamantaba una cabra, mientras que la niña Cloe fue hallada succionando con sus delicados labios la leche de la ubre de una oveja- así como su ignorancia de las artes amatorias, concebidas por ambos como una pócima para el remedio de un mal que, inútilmente, quisieran aplacar con castos besos y fraternales abrazos, bien nos permite la apreciación de esta historia como una novela erótica, muy elegante en su crónica del nacimiento de la pasión carnal en unos adolescentes, casi niños, en el instante en que, desnudos y bañándose en las aguas de un río, descubren las bellas formas de su compañero en la faena del pastoreo de cabras, ovejas y vacas. Más a la zozobra de los pastores por conocer los misterios del amor, se unen otros elementos, en ocasiones unos fugaces lances, tales como el saqueo por una horda de piratas, la rivalidad con los mozos de Metimna, otra ciudad de Lesbos, o el secuestro de Cloe por un despechado pretendiente, que, en épocas posteriores, hemos de encontrar en relatos góticos o en excelentes melodramas victorianos.
Ocurre que la actualidad y la vigencia de una obra como â??Dafnis y Cloeâ? obedece a su progresiva y paulatina influencia en los creadores de épocas posteriores, tales como Shakespeare con su drama â??Un cuento de inviernoâ?, Saint Pierre con su novela â??Pablo y Virginiaâ? o, las melodías y canciones francesas del siglo XVIII conocidas como â??Bergerettesâ? y â??Pastourellesâ?, sin olvidar el aprecio que profesó por esta obra Corot, el pintor. Así, de uno y otro modo, llegamos a tiempos más modernos, donde el sujeto de la ignorancia sexual de unos jóvenes enamorados se erige en el meollo de una de las, en mi opinión, mejores novelas españolas: â??Los trabajos de Urbano y Simonaâ? de Ramón Pérez de Ayala y, ya más cerca de estos años, no han faltado eruditas voces que han encontrado ecos de Longo en las primeras páginas de â??Ada o el ardorâ? de Nabokov y en algún pasaje de â??El tambor de hojalataâ? de Günter Grass.
Todas las obras citadas corresponden, no sólo a diferentes momentos, sino a estilos y a tramas muy diversos, pero, quizás, su denominador común resida en una exaltación de la natural pesquisa del hombre a la busca del placer amoroso, tantas veces estorbada por mendaces moralinas y pudibundos remilgos, cuando, sin embargo, en la novela que, hoy, comentamos late un sencillo espíritu religioso, puesto que, sean cuales fueren los trances sufridos por nuestros pastorcicos, es constante la presencia de las Ninfas, del dios Pan y de Eros, a cuya advocación se encomendarán las criaturas protagonistas de esta deliciosa historia, inspiradora de la maravillosa suite musical â??Dafnis y Cloeâ? de  Maurice Ravel.
Ahora bien, hay otros elementos de esta novela, determinantes para la consecución de la narración y, especialmente, para la confección de su desenlace, que también han dejado sentir su influjo en autores de la talla de Miguel de Cervantes, pues la anécdota de los primorosos pañales que, a la hora de su hallazgo, acompañan a los recién nacidos Dafnis y Cloe como indicio de su origen patricio, qué duda cabe que no es sino un antecedente de la prestancia y de los buenos modos de Constanza, la heroína de â??La ilustre fregonaâ?, a la postre reveladores de su aristocrático linaje. Igualmente, los episodios de los piratas y del rapto de Cloe pueden muy bien encontrar su reflejo en las plumas de escritores de posteriores centurias, tales como Ann Radcliffe con su novela â??Los misterios de Udolphoâ? o Samuel Richardson con su â??Pamelaâ?.
En un palabra y sin necesidad de aguardar al barullo de las próximas fiestas locales de nuestra ciudad, invito a quien tenga el capricho de leer estas líneas que entretenga sus ratos libres con esta encantadora novela, donde la inocencia y la picardía corren de la mano por un misma senda, encandilando y enterneciendo al lector hasta su ultima página, donde quedaremos enterados de que Cloe, ya deleitada con el gozo amoroso, â??aprendió por vez primera que lo que ocurriera allá en el bosque sólo eran chiquilladas de pastores.â?

Una respuesta a “«Dafnis y Cloe»

  1. muy lindo