Vamos a daros a conocer a otro de nuestros socios: Antonio Astorgano. Lo haremos a través de un par de reseñas que hacen refencia a trabajos literarios que ha llevado a cabo:
Biografía del dulce Batilo
Por Luis Alberto de Cuenca (Reseña aparecida en ABC. Suplemento de Letras, sábado, 30 de junio de 2007)
Hace tres años, en 2004, doscientos cincuenta años después del nacimiento de Juan Meléndez Valdés, Antonio Astorgano publicaba en la «Bibliotheca Aurea» de Cátedra una estupenda edición de las Obras completas del inspirado vate extremeño, venido al mundo en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754. Ahora Astorgano completa su tarea con una exhaustiva biografía del maestro, que no sólo destacó como príncipe de los poetas de su época, sino que desarrolló a lo largo de su vida una intensa labor pública.
Confieso sin tapujos que la lectura de Meléndez Valdés me ha procurado muchos buenos ratos, sobre todo en mi juventud. Siempre lo he admirado como poeta y, en consecuencia, me he pasado tardes enteras leyendo sus odas anacreónticas, su Galatea o la ilusión del canto, sus picantillos Besos de amor (evocadores de Catulo y de los Basia del vate neerlandés Juan Segundo), sus odas filosóficas y sagradas (que tampoco son mancas) y sus epístolas (¡ah, sus cuatro deliciosas epístolas a Godoy, por cuya política ilustrada y reformista apostó Meléndez desde 1795, o las cinco dirigidas a Jovellanos, o la genial epístola III, dirigida a don Eugenio de Llaguno y Amírola!). Quien se hiciera llamar Batilo como nom de guerre poético nos dejó una obra lírica muy rica y muy diversa, muy sabia y muy plural, literalmente acribillada de genialidades expresivas y de eso que llamó Pascal esprit de finesse.
Sabemos que Meléndez coqueteó primero con los patriotas insurrectos que promulgarían la Constitución de Cádiz, pero que muy pronto, ya en 1809, empezó a colaborar con José I, quien lo nombró presidente de la Junta de Instrucción Pública y lo arrastró con él al exilio francés a partir de 1813. Falleció en Montpellier cuatro años después, el 24 de mayo de 1817, tras varios intentos de congraciarse con Fernando VII por el procedimiento de dedicar al rey felón poesías a tutiplén. Fue Meléndez Valdés un grandísimo humanista, en verso y en prosa, y un ciudadano peculiar en sus convicciones más íntimas, que pasaban, la mayor parte de las veces, por coincidir con las del poder establecido. De todo ello, con un conocimiento de causa excepcional y una sorprendente erudición, nos ilustra Antonio Astorgano en su magnífica y voluminosa biografía auspiciada por la Diputación pacense.
Nicolás RODRÍGUEZ LASO. «Diario en el Viage de Francia e Italia (1788)» Edición crítica, estudio preliminar y notas de Antonio Astorgano Abajo. Zaragoza: Institución «Femando el Católico»/ Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País, 1006.
Mónica Bolufer Peruga
Universitat de Valencia
(Reseña aparecida en Dieciocho, 30.1 (2007 Spring), Universidad de Virginia, Charlottesville, pp. 227-230).
La recuperación y el estudio de la literatura de viajes española del siglo XVIII ha experimentado un gran impulso en los últimos tiempos. En la década de los 90, manuscritos que resultaban totalmente ignorados, como el del viaje europeo de Bernardo José de Olives en 1700, editado por José Luis Amorós, Mª Luisa Canut y Fernando Martí Camps, o poco conocidos, como el del periplo del marqués de Ureña, publicado por María Pemán, han añadido nuevas perspectivas al estudio de los viajes y la literatura que éstos generaron. Como lo han hecho las ediciones críticas de obras que, publicadas en su época, no habían vuelto a ver la luz con posterioridad, como las Cartas familiares de Juan Andrés, editadas por Enrique Giménez, o bien habían aparecido en el siglo XX en ediciones poco fiables, caso del Viaje fuera de España de Antonio Ponz, del que aparecerá pronto una edición anotada. Cabría esperar que así sucediera con otros textos que bien merecen, por su interés, gozar de ediciones solventes, como los viajes de José Viera y Clavijo o los de Leandro Fernández de Moratín (de los cuales sólo las Apuntaciones sueltas de Inglaterra tienen ediciones modernas, pero sin aparato crítico). En su conjunto, estas publicaciones y los estudios que las han precedido o las acompañan han venido a corregir la idea de que España, objeto en el siglo XVIII de una copiosa literatura escrita por viajeros europeos, no había producido su propia literatura de viajes. Si bien, por su volumen, los relatos escritos y publicados por ilustrados españoles siguen resultando infinitamente menos numerosos que los firmados por viajeros franceses o británicos, como señalara en 1996 Maurizio Fabbri, puede ya afirmarse que España no constituyó en ese sentido una completa anomalía.
La edición que nos ocupa responde a ese mismo interés por dar a conocer la literatura española de viajes. En este caso, el esfuerzo de recuperación resulta especialmente pertinente, por tratarse de un texto muy poco conocido, cuya conservación en los últimos tiempos, y ahora su aparición pública, se deben al loable y combinado apoyo de la Institución Fernando el Católico y la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País. La edición, a cargo de Antonio Astorgano Abajo, demuestra la solvencia a que nos tiene acostumbrado este estudioso, que hace apenas dos años presentara una admirable edición de las Obras completas de Meléndez Valdés. Se trata, también en este caso, de una edición muy cuidada y apoyada en un escrupuloso trabajo de documentación. Para ello ha contado con una ayuda impagable y absolutamente excepcional: la conservación de los Papeles del Viaje en un archivo privado de los descendientes de Laso, cuyo propietario actual los ha puesto generosamente a disposición del editor. La pervivencia de este material a lo largo de más de dos siglos resulta un verdadero milagro sin equivalente, hasta donde yo pueda saber, en la literatura de viajes española. Muchas veces no contamos con información alguna que nos permita reconstruir los detalles materiales del viaje, por ejemplo los de Ponz, y en otras ocasiones subsisten, intercalados en las páginas del manuscrito, como sucede con Ureña, algunos recuerdos, pero de ningún modo tan ricos como en este caso, en el que abundan facturas de compras y alojamiento, estampas y grabados, entradas a espectáculos, folletos u opúsculos adquiridos a lo largo del viaje. Todo un regalo que el editor ha sabido aprovechar: por una parte, utilizando estos documentos para verificar algunos datos y conocer las actividades que los hermanos Laso realizaron a lo largo del viaje, no siempre recogidas en el Diario; por otra, incorporándolos a la propia edición, que se enriquece así con la reproducción de numerosas imágenes tomadas de esas fuentes. No se trata sólo de un acierto estético, que brinda un conjunto de ilustraciones tan interesantes como sugestivas (desde estampas devotas a billetes de transporte o grabados de instrumentos utilizados para la circuncisión), sino de una decisión editorial que ayuda al público, especialista o no, a familiarizarse con el medio social e intelectual en el que se desarrolló el viaje, contribuyendo así a la mejor comprensión del texto.
La exhaustiva labor de documentación llevada a cabo por el editor, utilizando como fuente privilegiada los Papeles del Viage, pero complementándolos también con consultas en numerosos archivos y bibliotecas de diferentes ciudades españolas y de Bolonia, se plasma en un extenso y completo estudio introductorio. En él Antonio Astorgano ha reconstruido cuidadosamente, aportando muchos datos inéditos, la biografía profesional e intelectual del autor, Nicolás Rodríguez Laso (1747-1820), prestando especial atención a las diferentes etapas de su formación académica y de sus distintas responsabilidades en el seno de la Inquisición, que culminaron en su desempeño como inquisidor fiscal de Barcelona (1783-1794) y como inquisidor de Valencia a lo largo de más de dos décadas decisivas y particularmente conflictivas en la historia de España (1794-1820). Pero también, y eso es sin duda un acierto, se ocupa de trazar la biografía de su hermano mayor Simón Rodríguez Laso (1751-1821), rector del Colegio de San Clemente de los Españoles durante más de treinta años (1788-1821), y cuya toma de posesión motivó el viaje de ambos hermanos en 1788. Asimismo, Astorgano reconstruye las vicisitudes del recorrido por Francia e Italia, comenta los modelos literarios que sirvieron como referente más próximo para la redacción del Diario (en particular los escritos de tres amigos de Laso: el duque de Almodóvar, Antonio Ponz y el italiano conde Castiglioni), resume los principales aspectos del contenido y la forma de éste, y reconstruye y analiza, a partir de la lista de libros adquiridos durante el viaje y otras referencias contenidas en el relato, las lecturas y el perfil intelectual de Laso. Por otra parte, en las numerosas notas al texto (cerca de 2000), realiza un trabajo detectivesco de identificación de referencias (a personajes, hechos, lugares, instituciones, obras de arte o literarias), tarea cuya dificultad bien conoce quien haya editado o estudiado obras de este tipo, y que en este caso se resuelve con gran prolijidad y corrección. Como también resulta cuidado y útil el índice onomástico final, al que en todo caso habría sido interesante añadir otro toponímico. Puestos a formular alguna crítica, ésta, en todo caso, atañe al propio afán, sin duda encomiable, por documentar el estudio y ofrecer al lector un amplio aparato erudito. Es posible que éste resulte en ocasiones un tanto excesivo, al menos para los no especialistas, por ejemplo cuando en el estudio introductorio se recurre a la reproducción textual e íntegra, en el cuerpo del texto o en notas a pie de página, de documentos de archivo o extensas citas del Diario que se podrían haber haber extractado. Asimismo, la extensión de las notas resulta imponente, quizá a veces desmesurada, aunque pueda justificarse por la riqueza de información que ofrecen. Por lo que respecta a los errores, inevitables en una obra de esta envergadura y densidad erudita, quedan limitados al mínimo, lo que prueba el esmero puesto en la edición.
Además de ofrecer la información necesaria para que lectores y estudiosos puedan comprender las alusiones contenidas en el texto y enmarcarlo en sus circunstancias, el editor ofrece su propia interpretación del mismo. Se interesa, por ejemplo, por señalar las peculiaridades que presenta con respecto a otras obras contemporáneas que comparten muchos de sus rasgos formales y su espíritu: el viaje como empresa útil, la defensa de lo español, el empeño erudito… Compara, por ejemplo, el Diario de Laso con los viajes de Ponz, destacando, con acierto, los intereses más amplios del primero y su mayor sensibilidad hacia «la palpitación de la vida individual y colectiva» en los lugares que visita. Tal vez el hecho de que el manuscrito del Diario, aunque de redacción cuidada y revisado años después por el propio autor, no estuviese en principio destinado a la publicación, como tampoco lo estaban los de Ureña o Moratín, contribuya a explicar el carácter más ameno y directo tanto de aquél como de éstos, en contraste con el tono formal y encorsetado del de Ponz. Asimismo, Astorgano se pregunta si en vísperas de la revolución francesa Nicolás Rodríguez Laso y su hermano presintieron a lo largo de su recorrido por Francia algo del cataclismo que se avecinaba, y responde, documentándolo con ejemplos, que el texto así lo sugiere. El resultado de leer tanto el Diario como el estudio que lo acompaña no puede ser sino matizar la imagen del inquisidor, quien, en lugar de un simple engranaje de una institución encargada de reprimir el pensamiento y la espiritualidad, aparece así como un individuo en claroscuros, cómodo en su profesión, a la vez que hombre leído, abierto a algunos aspectos de la cultura moderna y curioso por conocer otras creencias religiosas, sin entrar nunca en duda acerca de su fe ni de su convicción en la necesidad de velar por la ortodoxia.
En síntesis, una edición cuidada y rica, de gran utilidad para los investigadores, por la que cabe felicitar a las instituciones que tan tenido la sensibilidad y el acierto de apoyarla, pero sobre todo a su autor, que nos da con ella una nueva prueba de su oficio, y por la que todos los especialistas en el siglo XVIII español debemos congratularnos.