«El cuarteto de AlejandrÃa«. Lawrence Durrel
Editorial Edhasa. Madrid. 2005 (estuche con los 4 volúmenes)
Julio Cristellys 
AlejandrÃa, una inclemente diosa
DesearÃa que las siguientes lÃneas estimularan a los jóvenes lectores, de siempre dispuestos a la degustación de nuevas sensaciones, al acercamiento y al conocimiento de â??El cuarteto de AlejandrÃaâ?, la hermosa tetralogÃa escrita por Lawrence Durrel y compuesta por las novelas â??Justineâ?, â??Balthazarâ?, â??Mountoliveâ? y â??Cleaâ?, cuya todavÃa reciente publicación, entre los años 1957 y 1960, en modo alguno impide etiquetar esta espléndida obra como uno de los hitos literarios más importantes del pasado siglo XX, digno de codearse con otros clásicos, tales como los trabajos surgidos de la pluma de James Joyce, Virginia Wolf, Jean Giraudoux o de nuestro Gabriel Miró.
Lawrence Durrel, al igual que los autores antes citados, tuvo el propósito de componer una escritura alejada del esteticismo realista heredado de los novelistas de la segunda mitad del siglo XIX, asà como, muy especialmente, el de crear una obra literaria sustentada por unos principios cientÃficos, concretamente los integrantes de la TeorÃa de la Relatividad. Y asà nos lo hace saber el autor en la nota precursora del primer capÃtulo de la segunda de esas novelas -â??Balthazarâ?-, revelando al lector que las tres primeras narraciones de su cuerpo literario -â??Justineâ?, la ya citada â??Balthazarâ? y â??Mountoliveâ? â?? representan las tres facetas de un mismo espacio, mientras que la última de todas ellas -â??Cleaâ?- es el único relato susceptible de ser catalogado como una unidad exclusivamente temporal.
Por otro lado, y no sin motivo, esta creación literaria comienza y acaba con sendos nombres femeninos â??â??Justineâ? y â??Cleaâ?- comprimiendo los nombres de dos varones -â??Balthazarâ? y â??Mountoliveâ?-, cuatro personajes de continuo girando, cual satélites de un mismo planeta, en torno al protagonista y narrador de tres de las novelas de la tetralogÃa, Darley, un escritor cuya voz se deja escuchar en las novelas â??Justineâ?,â??Balthazarâ? y â??Cleaâ?, pues Lawrence Durrel, sólo en â??Mountoliveâ?, hace uso de la técnica del escritor omnisciente.
Empieza el relato de la primera novela â??â??Justineâ?- con el monólogo interior de Darley confinado por propia voluntad en una isla griega y sin otra compañÃa que la de una niña de corta edad, de cuyo nombre nunca sabremos, y en cuanto a su identidad tan sólo se nos desvela que esta pequeña es hija de Melissa, su amante, una desdichada y tuberculosa bailarina quien, antes de morir, ha confiado al narrador, el cuidado del fruto de su eventual infidelidad con otro hombre.
Mientras duerme la criatura y a la luz de un candil, Darley escribe pliego tras pliego, tratando de encontrar un sentido a su poderosa y extinta historia de amor con Justine, la esposa judÃa de Nessim, un banquero cristiano copto, cuando aquélla ha abandonado a su marido y a su amante, huyendo a una colonia hebrea cercana a Haifa y de la que regresará para poner un broche, nunca del todo cerrado, a la historia en la última de las novelas â??â??Cleaâ?-, una nueva narración en la que, con ese mismo empeño, reaparecerá el escritor de vuelta de su exilio isleño.
Es la Ãntima disertación de Darley una vana indagación que empieza, no concluye, culpando a la ciudad, AlejandrÃa, de las desventuras acaecidas a cada uno de los personajes de este singular relato. Desde las primeras lÃneas, se nos advierte del omnipresente maleficio de esta milenaria ciudad, a la que el autor nos presenta como una insaciable deidad, implacable en la exigencia del cumplimiento de los ritos y sacrificios que le son debidos por sus habitantes, gentes de muchas razas y de no menos y antiguos credos.
El cronista nos confiesa su ternura por la infeliz Melissa, un sentimiento que no le impide arrojarse a los brazos de la enigmática Justine, obsesionada por encontrar la Verdad entre las sábanas de los lechos de sus repetidas infidelidades y de siempre acosada por la penosa memoria de la desaparición de su niña, la hija de su primer matrimonio con el novelista Arnauti, cuyo nombre también se nos oculta del mismo modo que ignoramos el de la pequeña que acompaña a Darley en su morada de la isla griega.
Y si Lawrence Durrel, tal vez por evidenciar su aspiración de apartarse de las viejas tradiciones de la novela realista, omite los nombres de ambas chiquillas, asà como la denominación del paraje adonde se ha retirado Darley, no es menor su tenacidad a la hora de describir AlejandrÃa eludiendo cualquier trazo colorista o pincelada exótica, porque la ciudad se ofrece a los sentidos del escritor como un hermoso lienzo sobre el que un desconocido artista ha plasmado una extraña abstracción con los aromas de sus calles, con las voces de sus gentes, con las luces de su puerto.
La exploración de los sentimientos de Darley nos conduce al conocimiento de la obra literaria de otros dos hombres, cuya relación con Justine ha presentado unos peculiares matices: Arnauti, su primer marido y autor de la novela â??Moeursâ?, un relato de sus años de matrimonio con esa seductora y misteriosa hembra de voz ronca, y el suicida Pursewarden, cuya presencia cobra peso según avanzamos en la lectura de la tetralogÃa, en cuya segunda novela â??â??Balthazarâ?- el manuscrito del médico Balthazar se intercala con las reflexiones del escritor desterrado, por su propio deseo, en esa olvidada isla del Egeo, puesto que aquel peculiar y algo estrambótico individuo intenta aliviar la conciencia de su amigo revelándole la espinosa trama hilada en torno la pasión que éste ha vivido con la mujer del banquero Nessim.
Y es asà que Balthazar entiende que otras han sido las tretas y las maniobras de Justine durante sus amorÃos con Darley, a quien, en este fragmento de la historia, nos sentimos tentados a compadecer, un sentimiento que, hasta el momento, habÃamos reputado como un privilegio exclusivo y debido a Nessim, el marido burlado y, a veces, aunque sólo en apariencia, demasiado compresivo y complaciente con su casquivana esposa.
Mas las confidencias de Balthazar a Darley han dejado abierta la puerta a una nueva duda: la sinrazón del suicidio de Pursewarden, una incógnita que despeja el narrador omnisciente de â??Mountoliveâ?, la tercera de las novelas, para, paradójicamente, ser desmentida en â??Cleaâ?, el último de los relatos, aunque, ¿por qué no?, ambos motivos pudieran justificar el súbito anhelo de ese insufrible y genial artista por quitarse la vida. Tal vez su hermana ciega, Liza, sea la depositaria del secreto.
â??Mountoliveâ? cierra el ciclo de la crónica de los devaneos de alcoba de Justine con Darley y con algún que otro individuo, aclarando la compleja personalidad de la adúltera con la narración de otra infidelidad conyugal, la de Leila, la madre de Nessim, el apuesto banquero, y con la crónica de la mala estrella de Neruz, el terrateniente enamorado de Clea y aquejado de un repulsivo labio leporino que deja al descubierto su vulgar dentadura de hombre de campo.
El amante de Leila ha sido el joven diplomático Mountolive, de cuya vigorosa y fragante savia se ha enseñoreado, por unos años y en el dormitorio, esa bella mujer que, sin embargo, después y casi de por vida, dominará su espÃritu hasta el instante de ocurrir esa fatal entrevista en un coche donde la amada se despoja de sus sugerentes velos de mujer para mostrarse al embajador de Albión como la implorante madre de un espÃa a punto de ser apresado y condenado. Mountolive huirá despavorido de una mujer gorda y picada de viruela, la misma â??pero ahora ¡tan distinta!- que, años atrás, una noche y en las dunas del desierto, habÃa lamido los labios del inexperto muchacho con una adorable lengüita de gato.
Nadie como Leila para escarbar en los más recónditos misterios de Justine, pues ambas mujeres se funden en el brillo de un único espejo, un azogue donde centellean los recelos de la suegra hacia su nuera, mas donde también se ocultan los Ãntimos secretos del enlace del cristiano Nessim con una hija de la estirpe de Abraham.
Sin embargo y aunque esta tercera novela confraternice con las dos precedentes, salpicando la historia de amor con intrigas diplomáticas, de negocios y de alta polÃtica, hemos de esperar al último relato de la tetralogÃa â??â??Cleaâ?-, donde, una vez más, Darley hace uso de su palabra para descubrir la paradoja de su repentino asco por Justine, asà como el rechazo de ésta hacia la niña hija de Melissa, cuando, en los volúmenes anteriores, tenÃamos la sensación de que sus excesos amorosos pudieran estar justificados por el doloroso recuerdo de esa pequeña que, años atrás, le fue arrebatada y tal vez entregada a los abusos de la dueña de un sórdido burdel infantil.
Sin motivo ni razón aparente, Clea se entrega a los brazos de Darley, para quien esta joven pintora, a punto de perder su mano en un estúpido accidente, representa la fusión de sus anteriores amantes, la dulce Melissa y la temperamental Justine, acogedora la una, abrasadora la otra, ambas como la doble faz de esa ciudad, AlejandrÃa, en cuyas calles, plazas y garitos se adentró Lawrence Durrell en pos de la Verdad, pero desconociendo que, en esa pesquisa â??y asà lo afirma su heroÃna-, â??Nos servimos de los demás como si fueran hachas para talar a quienes realmente amamos.â?