«Pastoral»

PastoralPastoral. Ángel Gracia.
Premio de Narrativa Universidad de Zaragoza 2006.
Prames. Zaragoza. 2007. 114 págs.

Amadeo Cobas

     «Esta semana de viaje en bicicleta me está ayudando a comprender que tampoco yo tengo derecho a salvarme del juicio final, pues si la verdadera sabiduría consiste en conocer a los otros y la verdadera bondad, en amarlos, una vez más no soy sabio ni bondadoso».
    

     El viajero que usa la bicicleta para desplazarse es, por definición, una persona sin prisa, porque aunque sepa adonde va, no le urge llegar. Ángel Gracia, en esta su primera obra como novelista (ya sabíamos de sus dotes como relatista corto y como poeta), nos ofrece un libro distinto. Es una novela que no está escrita desde la distancia que otorga un narrador omnisciente y atropellado, explicando la acción con frialdad. Aquí tenemos un narrador que involucra al lector desde la primera persona, le hace partícipe de sus pensamientos y vivencias. No se trata de una novela de viajes sin otros matices, no, el viaje es una necesidad física para complementar los traslados mentales que el protagonista realiza en el tiempo. La bicicleta recorre los lugares de antaño, los paisajes de la niñez y la adolescencia, no sólo suyos, sino de sus propios padres o abuelos. Es «un viaje por lo desconocido de uno mismo y los demás». Es la fuerza de la memoria y el recuerdo.
     Y no deja de ser cierto que, viajando, el protagonista se adentra en la realidad actual, y se compromete, da su opinión, aunque pueda doler. Ocurre de esta manera cuando menta a ese «nuevo tipo de analfabetos», a los que describe como «aquellos que, sabiendo leer y escribir (…) viven obsesionados por acumular propiedades».
     Los recorridos por los pueblos zaragozanos (Muel, Mezalocha, Longares, Almonacid, Cariñena…) son preciosos porque hay una visita de paisaje humano por encima de todo. Están los vivos, en los bares habituales, y los recordados. Al fin, es la ausencia del abuelo la que motiva el arranque de la aventura. La complicidad que tenía su nieto con él se ha visto truncada por la muerte. Fueron once años de convivencia con el abuelo en la misma casa donde vive con sus padres, en la ciudad, tras el trágico accidente que acabó con la vida de la abuela, en la casa del pueblo, que fue el momento en que el abuelo quedó viudo y decidió quedar huérfano, ya nunca fue el mismo. Y los pueblos aragoneses no quedan atrás respecto a la alemana Jena, la ciudad a cuya universidad se desplaza el protagonista para estudiar, tras la pista del poeta Hölderlin. Allí está cuando el abuelo perece.
     Las descripciones que nos ofrece Ángel Gracia son preciosistas, «continúo mi recorrido por la memoria, zigzagueante, trastabillándome en cada detalle», hay un gusto por el lenguaje lírico, un cariño subyacente, una atinada elección de metáforas y demás figuras, y una acertada elección en el ritmo narrativo, en esa aparente calma en el relatar que va llevando al lector con la cadencia dulce y suave de un paseo en bicicleta, notando cómo el aire que se levanta al pasar las páginas acaricia demoradamente las mejillas del lector y despierta sus sentidos. Este libro es la crónica del pago que el nieto quiere dar a su abuelo fallecido, por haberlo dejado solo en los momentos en que se iba para siempre, porque estaba en un curso de Erasmus, en Jena.
     Ese pago se ve cumplido cuando se pliega la última página de la novela. Ha sabido el escritor regalarnos unos magníficos momentos de sosiego con esta más que recomendable lectura.

Los comentarios están cerrados.