«Zaida»

Zaida, la pasión del rey. Magdalena Lasala.Magdalena Lasala
Fundación Lara, Sevilla, 2007, 352 págs.

Zaida, la pasión del reyZAIDA: EL SUE�O IMPOSIBLE

Fernando Martínez Laínez

Con â??Zaida, la pasión del reyâ?, que publica la Fundación Lara, Magdalena Lasala vuelve a rescatar un fragmento de historia viva que nos entrega -recreada literariamente- para el disfrute lector, envuelto en una trama novelesca con todos los elementos de drama inacabado y ligado a la propia historia de España, que en sí misma es otra tragedia inacabada, y ojalá no inacabable.
  En esta novela, centrada en los amores de la princesa mora Zaida y el rey Alfonso VI de Castilla y León, la autora captura el tiempo de una época apasionante que supone el ocaso de una civilización andalusí refinada y esplendida, de jardines de las mil y una noches y construcciones arabescas de ensueño, pero que llevaba en su seno el gusano maldito de las taifas, de la división esencial, del enfrentamiento cainita; una clave que no conviene perder de vista a la hora de explicar nuestros enfrentamientos sanguinarios recientes de los siglos XIX y XX, y hasta los de la hora actual, cuando la semilla de la discordia da la sensación, a veces, de seguir ahí, latente y enquistada para nuestra desgracia, pues como dice la Biblia, toda casa dividida perecerá, y como luego los romanos, con ese sentido severo y pragmático que les sirvió para forjar un gran Imperio, expresaron de forma rotunda: Divide y vencerás. Aunque no debamos caer tampoco en determinismos históricos excesivos. La Historia, tengo para mí, la hacen y la padecen las personas, los hombres y mujeres que ocupan este valle de desgracias, y ellos son el principal factor que hace girar el mundo: el factor humano.
  Haciendo gala de gran ponderación expresiva y una exactitud en el detalle descriptivo que reconstruye con precisión fotográfica zonas urbanas de Al-Andalus, Magdalena nos conduce a un mundo en declive que bruscamente se derrumba, perdido su vigor, ante los golpes de un enemigo más poderoso. Un mundo que, en lo fundamental, tampoco idealiza, en el que en las altas clases sociales podían decir lo que pensaban â??sin temor a ser quemados ni apedreados, porque los príncipes de las taifas los protegen y pagan abundante un verso, y una lisonja, y un pensamiento sabio, pero el pueblo no tiene cultura ni tiene pan, y tampoco ya está seguro, porque sus señores, aunque tengan muchos sabios a su alrededor, no son capaces de proteger sus vidas ni de un simple ataque de sus vecinos musulmanesâ?.
  Porque hablamos -se habla en la novela- de una corte andalusí sibarita y culta, pero militar y políticamente decadente, entregada a la voluptuosidad de su propio ocaso, y hoy sabemos -como entonces ya sabían, aunque no pudieran impedirlo- que la historia la mueven las ideas, los valores culturales y el desarrollo pacífico, pero también el hierro y la espada, y que siempre hay un Gengis Jan dispuesto a caer sobre las indefensas ciudades opulentas. Los versos son necesarios, pero también las lanzas que garantizan el derecho a hacerlos.
   Magdalena recrea su mirada de novelista avezada sobre ese Al-Ándalus por el que siente una gran compasión y una enorme nostalgia, y hace participar al lector en un fabuloso cuadro de destellos, colores, jardines interiores y veladas poéticas a la sombra de los harenes, con una prosa de alta densidad lírica y tono elegíaco. Este es -y conviene no olvidarlo- el libro de una escritora-poeta; un libro en el que la poesía es línea medular de la trama y da sentido cabal al conjunto.
   El argumento de la novela gira en torno a un episodio histórico que constituye uno de los episodios más oscuros de nuestra Edad Media e inmediatamente atrapa al lector: la relación íntima y amorosa de la princesa musulmana Zaida con el rey Alfonso VI, el conquistador de Toledo y señor del Cid Campeador; el rey que se vio asediado -en una época de odios y ambiciones feudales turbulentas- por los descontentos de su propia corte, los que se escandalizaban hipócritamente de sus amores con una mora a la que atribuían cualidades de Circe. Un monarca que, además de cargar con ese lastre, esa amenaza de traición permanente que pendía sobre su reinado, tuvo que hacer frente a la gran invasión de los almorávides, las tribus beréberes salidas del desierto, duras e inclementes como sus arenas, fanáticas y guerreras, convocadas por la propia debilidad de las taifas de Al-Ándalus. Dos mundos, el del rey cristiano y la princesa-reina musulmana, integrados en dos civilizaciones diferentes que la autora se permite idealizar, por un momento, que pudieron haber estado unidas en la figura del hijo de Alfonso VI y Zaida, ese príncipe-niño, Sancho, que recorre como una sombra trágica y fugaz los últimos estertores de la novela.
   Magdalena Lasala sueña (en un deseo exteriorizado de armonía étnica pacífica y mestizaje fecundo) con que ese Sancho, hijo de un rey cristiano del norte y una princesa de Al-Ándalus, pudo ser un símbolo encarnado de la esencia hispana al reunir en su persona dos civilizaciones que debían de haberse encontrado y unido definitivamente, en lugar de separarse para siempre -como al final ocurrió- por causas conjeturables. De un lado, el impulso del integrismo cristiano, representado en la novela por el Papado de Roma y la Orden de Cluny; y de otro, el islámico, empujado a la hoguera del fundamentalismo por los implacables hombres azules del desierto: los almorávides. Un dilema que la autora cierra con un interrogante sin respuesta al final de la novela, y que viene a representar algo así como el  epitafio de su propio deseo: ¿Qué habría pasado si el príncipe Sancho hubiera sucedido a su padre Alfonso?
  Pero por desgracia o por fortuna la historia nunca da marcha atrás, y tampoco responde a preguntas en clave de futurible. Al-Ándalus cae por su propio peso, por su propia debilidad, sin que la historia, que definitiva resulta de nuestras propias acciones, pueda hacer nada por evitarlo.
    En la novela â??Zaidaâ? se mezclan sabiamente varios planos: el real, el simbólico y el onírico, hasta introducirnos en el espacio que la autora ha elegido para desarrollar su ingenio literario y atrapar al lector. Ya he dicho antes que es la novela de una escritora-poeta, y el latido lírico está presente en todas sus páginas, incluso en aquellas que rozan la más estricta crónica, los hechos desnudos, irrefutables, que Magdalena -compulsando fuentes muy diversas- utiliza con pericia de historiadora, sin engañar nunca al lector con datos falsos.
   Pero junto a esta crónica puntual, el hado y el futuro siempre ominoso están presentes en las profecías y los sueños que puntean trágicamente la trama de la obra, y nos introducen en un Al-Ándalus marcado por el signo de la incertidumbre y la desgracia; un país de gentes explotadas por sus propios emires y señores, sumido en la zozobra y la inquietud, sin más horizonte que el miedo.
   Quisiera destacar que esta es una novela de madurez, y creo que supone un verdadero hito en la trayectoria literaria de una autora que parece irse superando en cada nueva obra. En ese estadio conseguido de sazón, la historia narrada es fiel a su propio diseño y desenlace, y se nos presenta como un gran fresco de violencia, un complot permanente de intereses opuestos, a los que sólo el amor, la entrega  apasionada, otorga tregua y alivio, representado en esa unión incondicional del rey castellano con Zaida. Un gran amor, como todos los grandes amores, marcado por el destino, el fatum, la fatalidad. â??El destino -reflexiona Zaida- siempre nos conduce allí donde nos esperan, y Alfonso me esperaba a mi, aunque nadie lo supiera más que yoâ?.
   Estamos ante una novela histórica que tiene todos los componentes de una tragedia clásica, pero la verdadera catástrofe que Zaida nos cuenta a través de su propia voz o de la de su nodriza Yanná, es el funesto resultado del radicalismo de las ideas forzosas, que convierten en víctima a toda una sociedad, simbolizada con gran acierto en ese muchacho indefenso: Sancho Alfónsez, apuñalado por la espalda en el castillo de Belinchón, tras perder la batalla de Uclés contra los almorávides.
   No deseo extenderme más porque toda glosa, en definitiva, no es sino un remedo de la verdadera enjundia de la novela. Algo que sólo puede captarse leyéndola, porque al final, no hay ningún sustituto ni panacea para desentrañar una obra literaria que no sea el propio esfuerzo lector, y ningún comentario puede ser comparable al propio texto.
    Zaida es una historia para ser leída y recordada, y eso, pienso yo, es una de los mejores elogios que pueden hacerse de un libro.

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