«Jill»

JillJill, Philip Larkin
Editorial Lumen, Barcelona, 2007, 344 págs.

Julio Cristellys

John, un becario de Oxford

Si el año pasado la editorial Lumen nos brindó la posibilidad de disfrutar de una magnífica novela de campus escrita por el británico Robert Liddell y titulada â??Los últimos hechizosâ?, esta primavera nos ha regalado otra obra de ambiente universitario como es â??Jillâ?, una de las dos narraciones surgidas de la pluma del poeta inglés Philip Larkin.
Ambos autores cursaron sus años universitarios en Oxford y ambos nos han legado sendos trabajos, cuyos protagonistas son un trasunto de sus respectivos padres literarios. Ahora bien, mientras Robert Liddel sitúa la acción de su trama en la imaginaria ciudad de Christminster â??un nuevo trasunto: en este caso de Oxford-, Philip Larkin relata la triste y despiadada historia del becario John Kemp hilvanando la crónica de los percances de este muchacho a un cuidado dibujo de la atmósfera de los claustros de los colleges, así como de las calles, los salones de té, los pubs y los parques de Oxford, la más antigua, junto con Cambridge, de las universidades de Gran Bretaña.
Si en â??Los últimos hechizosâ? de Robert Liddell, la Segunda Guerra Mundial brota al final de la historia, no ocurre otro tanto en â??Jillâ? de Philip Larkin, ya que esa terrible conflagración empapa todas y cada y una de las páginas de esta hermosa novela, hasta el punto de que acontecimientos tales como el inicio de las hostilidades y el llamamiento a filas de muchachos de veinte años persuaden al señor Crouch, el mentor del tímido escolar de diecisiete años John Kemp, de la conveniencia de presentar cuanto antes a su discípulo a los exámenes de admisión y de obtención de una beca para iniciar sus estudios universitarios en Oxford.
Es John Kemp un apocado jovencito desconocedor del alcance de su aguda inteligencia y de sus dotes para el estudio. La modestia de su familia y la sencillez de su hogar han sido un dique de contención para las que, en otro ambiente y con una holgada economía doméstica, serían las lógicas aspiraciones académicas de un chico investido con tan buenas cualidades. Afortunadamente, un profesor de su escuela, el metódico y algo excéntrico señor Crouch, tomará a su cargo la responsabilidad de esculpir con el enérgico estilete de su disciplina el basto mineral que recubre el refinado intelecto de su alumno. Lo consigue y John Kemp es admitido en Oxford con una beca de cien libras anuales.
Iniciado el curso e instalado en su college, John comparte habitación con Christopher Warner, un atractivo gamberro cuya despreocupada e irresponsable conducta seduce al inocente becario. Y así quien hasta ese instante se ha caracterizado por su prudente y riguroso comportamiento, sucumbe al  hechizo de las algaradas y borracheras de Christopher y sus detestables secuaces, Patrick, Hug y Eddy, también la insensible Elizabeth.
Asimismo, conoce John a otro interesante personaje, Whitbread, un despierto y aplicado becario, cuya camaradería desdeña en su rastreo de los malos pasos de Christopher por teatros, pubs, y tabernas.
Pocas serán las ocasiones en que acompañemos a John en sus entrevistas con sus profesores o con el decano. Sí, por el contrario, seremos testigos de sus vanos denuedos por ser uno más de la pandilla de su compañero de cuarto, Christopher, quien, haciéndose eco de unas palabras de su madre, estima que su cuitado condiscípulo parece haber sido disecado. Y puesto que apenas se repara en la presencia a un animal disecado, algo parecido ocurre con John: no es visto por esa cuadrilla de alborotadores salvo para pedirle el préstamo de una libra, utilizar su servicio de té sin haberle pedido permiso, apropiarse de sus trabajos académicos o para mofarse del infeliz chico, pues ha tenido la osadía de enamorarse.
Ignorado por esos compañeros a quienes tanto admira y amilanado por el descaro de esa caterva de tarambanas, John recurre al artificio de inventarse una mujer, una jovencita de nombre Jill, cuya historia, cuyo diario, redacta el buen escolar en la intimidad de su alcoba. Nos encontramos ante un recurso literario muy propio de ciertos relatos de misterio e, incluso, de alguna novela rosa, pero que, en la obra de Larkin, es magistralmente concebido para presentarnos a Jill como un soporte psicológico al que se aferra nuestro protagonista para resistir las sacudidas de los cambios de humor de Christopher y su grupo de amigotes.  Mas ¿es también Jill la encarnación de una rebeldía soterrada en los pliegues del alma de John? Tal vez, pero qué arriesgadas son las quimeras de este cariz para quien nunca, ni de niño, ha saboreado el almíbar de una mínima ilusión o de una mala contestación a sus mayores.
La imagen de Jill, esa soñada muchachita de quince años cuyos avatares en un internado son una diferente narración engranada en esta novela, acompaña a John cuando cruza el patio de su college o cuando, a solas, toma el té en uno de los salones de Oxford. Pero, cierto día, Jill se torna en carne y en sangre a los ojos del becario, quien se verá precipitado en la sima de una pesadilla descrita con la casi onírica persecución de esa adolescente por un Oxford casi fantasmal y cuajado de obstáculos, concluyendo la pesquisa con la aniquilación física y mental de John, ahora cuidado por sus padres, también olvidado por sus compañeros, absolutamente por todos. Tan solo, un pequeño perro vagabundo lanzará, a modo de reproche, un gruñido a la distinguida Elizabeth. �sta se sorprende del repentino y extraño comportamiento de ese animalito que, de muy buen grado,  prohijaría como mascota, tanto le ha apenado el aire desvalido de esa adorable y perdida bestiecilla.

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