«El jugador»

Fiódor Mijáilovich DostoyevskiLa casa del tapete verde

por Julio Cristellys

Ayer noche concluí la lectura de la novela â??El jugadorâ? de Fiodor M. Dostoyevski, escrita en el año 1866 cuando también aparece â??Crimen y castigoâ?, una de las obras maestras del autor ruso. Tal vez la coincidencia, en una misma anualidad, de la publicación de las dos novelas citadas y la magnificencia de â??Crimen y castigoâ?, han sido la causa de una, en mi opinión, injusta valoración de la obra que me propongo comentar. Se ha dicho, y por voces más autorizadas que la mía, que se trata de una novela escrita precipitadamente y sin la hondura psicológica de los mayores trabajos literarios de Dostoyevski, puesto que el autor no se ha sumergido en todos y cada uno de los vericuetos del alma de un jugador. Es cierto y no es mi intención enmendar la plana a quienes han hecho un exhaustivo estudio de las obras de Dostoyevski, incluso traduciéndolas del ruso a nuestra lengua; ahora bien, pienso que el novelista, con independencia de si â??El jugadorâ? se resiente o no de las premuras soportadas por el escritor durante la confección de su obra, nos ha legado un penetrante estudio de la seducción del pecado, de la trasgresión de la moralidad, así como una reflexión acerca de la ambición, mas de la ambición no entendida como codicia e insaciable apetito por la acumulación de riquezas, sino contemplada como el lícito afán de un hombre -Aleksieyi Ivánovich- por escapar del ostracismo de mediocridad al que ha sido condenado tal vez por su nacimiento, quizás por su mala fortuna. Este punto no lo desvela el autor. Pudiera conocerlo, pero ha optado por escondérnoslo y así ofrecernos en su estado más puro y sin argumentos de ningún orden la triste situación de su criatura literaria.
Es la novela el monólogo de Aleksieyi Ivánovich, preceptor de los hijos del general â??único apelativo por el que se conoce a este personaje-, un aristócrata viudo y arruinado, de vacaciones con su familia y con su hijastra Pólina en Rulettenburg, ciudad tan famosa por las saludables cualidades de sus aguas como por el casino abierto a sus visitantes casi las veinticuatro horas del día.
El general confía en llenar sus vacías arcas con la herencia a recibir de su tía Antónida Vasílievna, una anciana de setenta y cinco años que, a pesar de sus muchos achaques, no da muestras de querer abandonar este mundo. Todo lo contrario, pues Antónida Vasílievna, convaleciente de una enfermedad, irrumpe en el hotel de Rulettenburg donde se aloja su familia y cobra una afición al juego que a punto está de costarle la ruina, algo muy sorprendente en una dama cuya conducta se rige por un estricto código moral.
El embrujo ejercido por el tapete verde de las mesas de juego en Antónida Vasílievna, transformándola en una mujer impaciente por que alguien, no importa quién, empuje su silla de ruedas hasta el borde de la ruleta y le aconseje la conveniencia de esta o de aquella apuesta, constituyen, a mi parecer, unos de los momentos más logrados de la novela. Es verdaderamente excitante descubrir cómo el ambiente de esa población, la atmósfera de su casino y una muy comprensible curiosidad por asomarse a la sima de un pecaminoso albur, hechizan a la vieja dama a quien todos acompañaríamos muy gustosos a probar las beneficiosas aguas del balneario antes que a las casas de juego. Pero Dostoyevski ha querido trazar un retrato de una irresistible tentación mucho más poderosa que el tirón carnal, ya que la fascinación de la posible ganancia en un envite de azar es insaciable, por enorme que sea la gavilla de las fichas acumuladas tras nuestras apuestas, pues siempre se quiere más, más, a pesar del riesgo de perder cuanto se ha logrado con nuestras posturas, no importa, siempre podrán venderse unas acciones tan pronto se haya esfumado el dinero en metálico
La mala estrella de Antónida Vasílievna en el casino supone una doble pérdida para el general y para su hijastra Pólina, tan confiados estaban ambos en el pronto fallecimiento de su parienta, y es así que, viendo cómo se disuelven sus esperanzas de cobro de una sustanciosa herencia, también la vida amorosa del uno y de la otra se verá seriamente perjudicada: al general le abandona su prometida, mademoiselle Blanche, una aventurera falaz y embustera a pesar de sus pretensiones y apariencias de dama del gran mundo; y en cuanto a Pólina, casi pierde el tino cuando conoce la deserción de quien la ha seducido confiado en casarse con una rica heredera, el canalla De Grillet.
Al igual que, en otras muchas novelas del siglo XIX, el dinero o, más bien, su escasez, es el motor de la trama, una historia donde el amor se pospone a un segundo plano en tanto no se resuelvan las penurias financieras de los personajes de la obra.
El humilde Aleksieyi Ivánovich ama con locura a Pólina, bella y misteriosa, dura e implacable con su pretendiente, quien se arroja a las llamas del infierno del tapete verde para convertirse en un hombre rico y digno de una débil sonrisa de su amada, también en un varón respetado dentro de los ambientes donde hoy no es sino un poco más que un vulgar sirviente. Sin embargo la buena suerte de Aleksieyi Ivánovich en el juego, su mucho dinero, no tienen la apasionada correspondencia anhelada por el preceptor en Pólina, quien, horrorizada del amor de un jugador, huye despavorida a su Rusia natal.
A diferencia del joven perdedor de â??Veinticuatro horas de la vida de una mujerâ? de Stefan Zweig, cuya bancarrota en la ruleta le vale una noche de amor con la irreprochable y hermosa Mistress C., las ganancias en la ruleta de Aleksieyi Ivánovich no le sirven sino como pasaporte para unos pocos meses de aburrido derroche en París acompañado por la perversa mademoiselle Blanche.
Aleksieyi Ivánovich ya es un hombre rico, pero su acaudalada posición no le franquea el camino para ser el marido, el amante o el chevalier servant de su adorada Pólina, quien, al final de la novela y por boca del flemático mister Astley, sabremos finalmente enamorada de nuestro héroe, pero rehusando corresponder a su amor por haber hecho del juego su medio y su modo de vida.
En efecto, Aleksieyi Ivánovich, desengañado y harto de los favores de mademoiselle Blanche, al fin casada con el general cuyas finanzas se han recompuesto tras la ansiada muerte de Antónida Vasílievna, se fuga de París a Rulettenburg, su nueva patria, un rincón del mundo donde se le valora, se le considera, por su buena estrella en el casino, por nada más, sin importar su linaje o las riquezas de su familia, si acaso la tuviera… Nuestro hombre frecuenta a diario esa casa del tapete verde adonde no ha querido acompañarle Pólina, ahora dueña de un nada despreciable patrimonio heredado de su tía y resignada a vivir en Suiza como una respetable solterona, una deplorable situación de la que podría rescatarle Aleksieyi Ivánovich si de nuevo fuese un hombre honorable, un vano intento, si bien la novela, su monólogo, concluye con unas bienintencionadas pero agoreras palabras: â??¡Mañana, mañana se termina todo!â?

Los comentarios están cerrados.