La osadÃa con voz de mujer
    Magdalena Lasala: 
    â??Y ahora tú posas tu mano   osadamenteâ?
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Manuel Francisco Reina
Hablar de MAGDALENA LASALA, en su propia tierra, es un ejercicio de osadÃa que sólo me atrevo a encarar con su beneplácito, y con el reconocimiento mutuo de dos amigos y Poetas. Porque Magdalena es una escritora total, completa, pero en su actitud frente al mundo, Magdalena es por encima de todo, incluso cuando narra, una Poeta sincera, valiente y atrevida, que pone todo de sà en cada lÃnea. Ser poeta, ya lo dijo Hölderlin, es una manera de estar en el mundo, nada fácil, en tiempos de tanta zafiedad. Quizá por eso, el poeta alemán dijo aquello de â??poéticamente habita el hombre la tierraâ? y, Magdalena, la poeta de la que hablamos, sabe que ser poeta es una manera de ser hombre o mujer, ser humano en definitiva, en un mundo cada vez más turbio y deshumanizado. No es poco compromiso. De todos conocidos es su temprana vocación literaria y su vinculación al Teatro desde su juventud, lo que hace que como poeta, también su forma de actuar y moverse, de desenvolverse, tiene una cierta dosis de natural interpretación, de compromiso con la belleza en el sentido más amplio.¼br /> Gozando del reconocimiento del público y el elogio de la crÃtica, Magdalena Lasala ha consolidado una firme carrera literaria en la que, yo me atrevo a afirmar que, si está claro que es una autora completa y multidisciplinar, que maneja con magisterio cualquier disciplina literaria, independientemente de su género, es y seguirá siendo siempre, como todos los grandes, un poeta ya que, sólo estos, conocen las verdades más ocultas e inexplicables del corazón humano. Puede ser por esta razón que, cuando hablan, sus personajes novelescos respiren y exhalen emoción, verdad y sentimientos.
En ella hay mucho de esa sensibilidad exacerbada de la poesÃa arabigoandaluza, de sus poetisas atrevidas y adelantadas a los tiempos, rezumantes de bravura vital y talento artÃstico. Tal vez por eso, su voz lÃrica como poeta tiene mucho que ver con las raÃces clásicas del misticismo español, tan en relación con los grandes mÃsticos andalusÃes como Salomón Ibn Gabirol o Ibn Arabi, y la poesÃa del provenzal amor cortés que, con casi absoluta seguridad, también bebió de las fuentes de la lÃrica andalusÃ, sus preceptivas, su amor HudrÃ, y sus juegos amatorios. En el haber de su corpus poético ha publicado entre otros los poemarios: â??Frágil Sangrante Frambuesaâ? (1990), â??Seré leve y parecerá que no te amoâ? (1992), â??SinfonÃa de una Transmutaciónâ? (1995), â??La Estación de la Sombraâ? (1996), â??Cantos de un Dios Seducidoâ? (1998) â??Todas las copas me conducen a tu bocaâ? (2000) y â??Los nombres de los cipreses que custodiaron mi rutaâ? (2004, y sus poemas han sido incluidos en diversas AntologÃas de PoesÃa Española publicadas en España y Europa, y utilizados como soporte para creación de obras musicales, escénicas y de danza, colaborando con artistas como los compositores Antón GarcÃa Abril, Gabriel Sopeña y Luis M. Giacoman entre otros.
A todos estos tÃtulos hay que añadir ahora este â??Y ahora tú posas tu mano osadamenteâ?, con el que el lector menos avezado podrÃa creer que nuestra poeta, ha abandonado todas sus referencias culturales, sus fuentes, para entregarse a la desnudez emocional de un poemario delicado y fuerte a la vez, intenso, y con referencias constantes a una contemporaneidad que bulle de léxico y alusiones al hoy por hoy, a la modernidad, a nuestro tiempo. Si eso pensase el lector menos experto se equivocarÃa. Nuestra Magdalena, tal vez nueva reencarnación de la seductora Wallada, juega al encantamiento del lenguaje más moderno, con la destreza de las tradiciones literarias antes citadas y, por encima de todas ellas, la de la lÃrica andalusÃ. Casi, me atreverÃa a decir, se podrÃa establecer un diálogo entre los poemas de la omeya cordobesa Wallada, y este libro sensual y osado de la poeta de la Taifa de Zaragoza Magdalena Lasala.
Si la cordobesa dice en uno de sus poemas:
 Cuando caiga la tarde, espera mi visita,
pues veo que la noche es quien mejor encubre los secretos;
siento un amor por ti que si los astros lo sintiesen
no brillarÃa el sol,
ni la luna saldrÃa, y las estrellas
no empedrarÃan su viaje nocturno.
Magdalena se hace eco con su voz propia en este libro y dice:
    Me citas en el mismo restaurante
de la primera vez.
Siento que asistimos al entierro de la bestia
pero brindamos por otras cosas,
por los éxitos, y los encuentros, y tonterÃas asÃ.
Te muestras satisfecho de tu victoria,
exhibes un apetitoso cuerpo anestesiado,
bellos tapones en tus oÃdos y la mirada esquiva
de un redimido animal,
aunque me gustaba.
Como si la cita que propone la cordobesa hace diez siglos, fuese concretada en el ahora, y consumado en el poema de Magdalena.
 Ante la traición amorosa, la pasional Wallada escribe:
Si fueras justo con el amor que existe entre nosotros,
no habrÃas escogido ni amarÃas a mi esclava;
has dejado una rama donde florece la hermosura
y te has vuelto a la rama sin frutos.
Sabes que soy la luna llena,
pero, por mi desdicha,
de Júpiter estás enamorado.
¼br />  Mientras que Magdalena, igual de pasional pero más sabia en la aventura de varios siglos después, dice al respecto:
Te propongo
seguir mintiendo como bellacos,
atrapar el último imposible, transgredir
el sumario
y la culpa de amarnos.
Te mentiré los tequiero que quieres
amándote como nadie lo hizo nunca,
ni yo.
Juraré que puedo morir sin tu boca
y puede que sea verdad,
pero ninguno de los dos lo sabrá.
Hagamos de la mentira nuestro amuleto,
el mejor talismán que nos queda.
Quiero seguir
divirtiéndome contigo.
Vamos a mentir querido mÃo
que ésta, desde luego,
es la última vez.
Nos hemos viciado
con un veneno sin salida digna,
yo nunca debà darte lo que anhelabas
y tú nunca debiste tomarlo.
 Es frente a la ausencia del amor, sin embargo, cuando se asemejan más estas dos almas gemelas, si no la misma, como si en esta desazón de la espera o el desencuentro los siglos no hubieran cambiado nada. Wallada apunta:
Tras la separación, ¿habrá medio de unirnos?
¡Ay! Los amantes todos de sus penas se quejan.
Paso las horas de la cita en el invierno
sobre las ascuas ardientes del deseo,
y cómo no, si estamos separados.
¡Qué pronto me has traÃdo mi destino
lo que temÃa! Mas las noches pasan
y la separación no se termina,
ni la paciencia me libera
de los grilletes de la añoranza.
¡Que Dios riegue la tierra que sea tu morada
con lluvias abundantes y copiosas!
 Y Magdalena, como la constatación de un dulce error, de un sufrimiento placentero y escogido, asume en sus versos:
   No habÃa que enamorarse.
   Ahora nos echamos de menos
   y no estaba previsto,
no después de tanto tiempo,
no después de tantas heridas
y desaciertos.
Sigo viendo tu corbata de lenguajes
ocultos
dócil a tus dedos
evocadores
de su sabor en mi boca.
Ya no llevas la que te regalé.
Ahora tus corbatas son de dibujo
monocorde
repetido por ordenador.
Aunque todavÃa me gusta
verlas respirar contigo
cuando nos cruzamos el adios
de las mañanas.
No es la única tradición que maneja nuestra poeta en este libro. Ya hemos hecho alusión a las raÃces mÃsticas españolas de una Santa teresa o un San Juán de la Cruz pero, frente a la ortodoxia cargada de sensualidad de éstos, magdalena contrapone el deseo, el placer y el amor como religión en sÃ, como liturgia en sà misma que lleva a asumir, incluso, la herejÃa, el pecado, o la condenación eterna. En este sentido dice:
  Bendita borrachera
de todo lo prohibido,
gloriante sacerdocio del placer
brutal,
hunde tu puñal, verdugo mÃo.
Celebremos como ritual
aquel primer encuentro
 La contemporaneidad, por supuesto, está presente en libro pero, no podÃa ser de otra forma en nuestra poeta, sustentada por una asimiladÃsima variada tradición literaria. De hecho, lo que me atrevo a elucubrar es que, sobre al lenguaje amoroso tradicional, magdalena inserta el léxico contemporáneo, renovándolo, cargándolo de significaciones nuevas poderosas y potentÃsimas en resonancias y frescura. Tal vez, Magdalena Lasala, sea la única poeta que, desde el hoy, pueda decir como la omeya:
Estoy hecha por Dios, para la gloria,
y camino, orgullosa, por mi propio camino.
Doy poder a mi amante sobre mi mejilla
y mis besos ofrezco a quien los desea.
 Su voz, una voz con osadÃa de mujer es, en toda su obra poética, y en este â??Y ahora tú posas tu mano osadamenteâ?, como una emanación legÃtima de otro tiempo, con la modernidad rotunda y apasionada del hoy. Tal vez porque Magdalena, secretamente, es heredera y testaferro de ésa maravillosa Estirpe de la mariposa y aletea en cada libro nuevo con la pulsión de dos alas que son, en definitiva, su corazón sabio y valiente. Gracias Magdalena por este regalo.