«Repertorio de engaños», José Antonio Román Ledo;
Huerga y Fierro, Madrid, 2008, 161 págs., 12 euros
(publicado en El Parnaso, de Diario de Teruel, el 28-10-2003).
Amadeo Cobas
Desbordada imaginación
El virtuosismo de los relatos de Román Ledo contrasta con los abundantes descuidos de la edición.
En esta colección de relatos cortos con el denominador común de compartir los mismos protagonistas, Román Ledo recrea al arquetipado abuelo palizas contador de batallitas, las cuales, en este caso particular, las bebe en la «voluminosa enciclopedia que afanó, en cómodos plazos, del Casino», de donde extrae la materia prima con que martirizar a su paciente nieta Sole.
El autor derrocha imaginación, es indudable, y lo demuestra en inverosímiles narraciones que bajo su pluma cobran vida: ascender-descender a la mayor cumbre submarina o vivir uno dentro de su propia sepultura. También tiene capacidad para jugar con las palabras («… los camiones cuando hienden las mareas del Océano Asfáltico»), ánimo para contravenir el orden académico y furor para denostar aquellos dogmas sociales o imperativos internacionales que no tienen, que no deberían tener cabida en cualquier mente sana.
Y sobre todo preside en esta colección de cuentos la sorpresa: las páginas caen, pero la capacidad de Román para dejarnos perplejos no decae.
La edición
De otra índole es esta cuestión: para evitar que se confunda el lector, que se aturda o se pierda hay que observar con mayor detenimiento las reglas tipográficas, que el editor no está sólo para lucir su nombre en la portada. Ya sabemos que las editoriales pequeñas ganan poco y arriesgan mucho -debe de ser por eso que proliferan como hongos…-, pero éste que suscribe denunció en su día, y reitera ahora, que quien no siembra no espere recoger cosecha, lo que afecta a grandes y pequeños, y que un corrector de estilo engalana un libro y suple las carencias que todo escritor adolece: es quien peor va a enmendar leyendo su propia obra, ya que se la sabe de memoria.