José Luis Gracia MosteoÂ
   â??No ocurre con frecuencia, pero a veces el crÃtico se sorprende. Después de décadas leyendo novedades, ha llegado a pensar que es imposible hallar nada nuevo, pero de repente descubre un libro esperando como el arpa la mano becqueriana. Un arpa que, sin embargo, suena a saxo. Son los raros. Ese grupo de escritores inclasificables que nos agitan con una retina que nada tiene que ver con la nuestra. Y es que la experiencia de leer a un raro es como beber de un trago un vaso de tequila: no sabes si vas a acabar cantando o a acabar tumbado. Pasa con Vila-Matas, pasa con Julián RÃos, pasa con Román Ledo. ¿Román Ledo ha dicho? Eso mismo pensé cuando Javier Aguirre me habló de él para incluirlo en la colección Cantela. El libro tenÃa un tÃtulo extraño, Gaseosas de Papel, y contaba con cien microrrelatos. No llevaba leÃdos una veintena, cuando me sumà en la perplejidad. Pero, ¿es posible que haya escritores capaces de hacer relatos a base de palÃndromos, anuncios publicitarios, etiquetas de vino y declaraciones de notario? ¿Es posible recrear sin perder la originalidad un episodio de violencia doméstica, resucitar a Sacher-Masoch o recrear al Gregorio Samsa de Franz Kafka? Pues sÃ. DecÃa Paul Valéry que â??no existe lo inefable, sólo lo inexpresadoâ?, y tiene razón. Román Ledo es la prueba. Por eso en este milenio donde parece que todo está dicho, el hallazgo de nuevas formas de expresión donde la forma retuerce el fondo como la joroba al jorobado (he ahà la introducción de VÃctor Hugo a Notre Dame de ParÃs), es una experiencia similar a la de contemplar por vez primera una obra cubista. Son autores peligrosos de los que no cabe fiarse por imprevisibles. Autores arriesgados que se la juegan en cada libro. Pero son tan originales que uno no puede evitar quererlos leer. Yo, por ejemplo, jamás le dejarÃa las llaves del coche a Román. Sin embargo siempre abrirÃa un libro suyo. Siempre querrÃa descubrir lo que haceâ?, eso escribÃa hace un par de años en El Monstruo del Espejo. Ahora Román se ha ido pero su literatura sigue asombrando a quien lo lee, me sigue asombrando, sigue viva. Como su autor. Porque un escritor está vivo mientras hay alguien que lo lee, y José Antonio Román Ledo invita a ser descubierto como una isla ignota pero, sobre todo, invita a ser releÃdo. Es por eso que no imagino a José Antonio lejos, sino cerca, tal que ahÃ, recostado como un ángel en mi biblioteca, esperando la voz que le diga â??levántate y hablaâ?. Por eso José Antonio Román Ledo nunca morirá: por la misma razón que no dejo las llaves del coche al lado de sus libros. Y es que sabe Dios dónde serÃa capaz de irse para luego podérnoslo contar. Lo mismo al cielo. Y eso sà que no. Que todavÃa nos quedan muchas charlas. TodavÃa nos quedan muchos paseos. Aunque, si se va, no creo que sea difÃcil encontrarlo. Al fin y al cabo, como Ariadna y su hilo, como Pulgarcito y sus miguitas, ha dejado un buen rastro, ha dejado sus libros. Asà que lo tiene claro si cree que se va a quedar en la urbanización esa de El Cielo.