PURA ENVIDIA (MIGUEL CARCASONA)
Â
No es cierto que la ignominia se deba a mis humildes cualidades, sino a la envidia de mis paisanos. No es cierto que cuando el conserje apaga el último foco del museo y la vida nocturna â?? la vida real â?? se inicia en las salas que un dÃa fueron caballerizas del señor conde, los demás me eviten por mi baja extracción. Ni es motivo de honor, sino de vergüenza, que a algunos deban acompañarles paneles explicativos porque ni los más viejos recuerdan ya qué fueron o para qué sirvieron. Es la envidia. La envidia de verme perpetuada en hijos y nietos y biznietos que acompañan la mano del hombre, mientras ellos son osarios de carcoma. La envidia de que los mÃos trabajan al aire libre mientras a ellos les cubre el polvo del encierro y la monotonÃa. La envidia de que no necesite un cartel con mi nombre porque todos, niños y grandes, listos y tontos, exclaman cuando me ven en el rincón, con la alegrÃa de quien encuentra a un conocido en una reunión de extraños: «Mira, la jada». Por eso no me afecta el pavoneo del trillo, que se toma por halago que algunos pijautos, pobladores de insÃpidos adosados, lo señalen con el dedo llamándolo la mesa de la bodega. Ã?se ha sido el destino de sus hermanos, tan viejos y en desuso como él: languidecer en sótanos donde se amontonan trastos inútiles, dispuestos con la elegancia de las flores que se desparraman sobre una tumba abandonada, en noviembre, para tranquilizar la conciencia. Ã?l, el hermano pobre que no salió del pueblo, se ufana aquà de familia bien instalada en la capital, como si habitar en chalet del cinturón suburbano, cuyo molde se extiende igual que una plaga de mosquitos al caer el sol, otorgase más empaque que vivir en una secular casa de pueblo. No cuenta que nunca les cambian las piedras, como una serpiente que no mudase la piel en décadas, y que los cubren con una lámina de cristal para evitar el contacto séptico de su madera. Ya se sabe que para los nuevos ricos es un desdoro sacar sus raÃces a la luz.De un tiempo para acá, desde que el azar los juntó en este museo etnográfico, el trillo hace buenas migas con la máquina de coser. La Singer es la única con nombre propio entre nosotros y eso, unido a su trabajo delicado, la convertÃa en la aristócrata de los utensilios domésticos. Sólo faltó que la trajesen a la casa del conde para que se creyese la condesa, la que exigÃa respeto mientras paseaba por el pueblo y ante la que se inclinaba el cura cuando entraba a la iglesia para oÃr la misa en su capilla particular. Asà se sentÃa la Singer cuando la trajeron aquÃ, protestando por la rudeza de los operarios y por el rincón poco vistoso donde la colocaron. Con el tiempo se le bajaron los humos. Igual que los nobles disminuyeron su preeminencia con la industria y el consumo, se le fue perdiendo el respeto a la Singer. Los más crueles se le burlaban en la cara de que sus nietas, las máquinas de coser industriales, fueran horrorosos artefactos manoseados por esclavas chinas. Y de que sus hermanas, las del boato orgulloso, fuesen simples mesas de café cubiertas con un mármol, como los muertos, sobre los que gamberros maleducados derramaban refrescos o vomitonas. ¡ Cómo degenera la raza, condesa ¡ se le reÃan en la cara, y ella ni contestaba, disimulando hallarse ensimismada en la minuciosa faena de enhebrar la aguja que se le caÃa cuando los niños ( «unos consentidos, los niños de ahora» se quejaba) no resistÃan a la tentación de jugar con su pedal. La Singer sigue manteniendo, con todo, su orgullo, y sólo se aviene a conversar con el trillo – a quien, a una mala, relaciona con los nuevos poderosos – y con alguno más de su condición. Nunca habla con la rueda de carro, reconvertida en la lámpara que nos ilumina cuando oscurece. Dice que, por mucho que la cuelguen de lo más alto, nunca perderá el olor a barro y que, en lugar de una luminaria, más bien parece una ajusticiada en la horca. Y sé que, sin mirarme, también piensa en mà cuando habla asÃ. Y digo yo que es mejor mancharse con el barro y las porquerÃas del camino que apolillarse con el aire infecto de los gabinetes. O con el de estas caballerizas, donde hace años que sólo intuyo al sol, sin verlo, cuando sus rayos matinales atraviesan el polvo en suspensión que se ha convertido en nuestra segunda piel. ¡ Cuánto echo de menos su alegrÃa en primavera, las vistas de la sierra en los dÃas claros, el abrazo del cierzo y del agua de las acequias limpiándome después del trabajo !
Hay algunos con los que, si quisieran, podrÃa hacer buenas migas porque ambos venimos de lo mismo y a lo mismo hemos llegado. La aventadora, por ejemplo. El problema es que, para su desdicha, se hizo famosa gracias a una fotografÃa del año treinta y siete, de cuando la colectividad se impuso y un catalán vino por aquà retratando a diestro y siniestro. Allà aparece, rodeada de hombres con sombreros de paja y el puño en alto, alegres por haberla rescatado de las garras del conde para que sirviera a todo el pueblo. Esa foto aparece en multitud de libros y exposiciones. Un icono de su época, la llaman. Ella se ufana como una pava y, en cuanto puede, nos lo repite aprovechando que nuestra inmovilidad nos impide largarnos. Hasta que la mandamos a escaparrar, por pesada. Lo que no cuenta es que ninguno de esos hombres permanecÃa en sus casas cuando acabó la guerra. Entre huidos, caÃdos en el frente y fusilados ninguno quedó para impedir que el conde la recuperase. Y bien se vale que se trataba de un cacharro productivo; si no, mal destino le hubiera aguardado.
El sinfÃn es cosa aparte: largo como una jirafa, sólo se habla con la rueda de carro, que divisa la sala desde su misma altura. Se siente un extraterrestre, un útil de otra época en el sentido inverso del habitual con que se emplea el término: nos ve a todos como reliquias del pasado frente a su modernidad. Esa modernidad, sin embargo, ha generado algún revés. Antes, con las mulas y los carros, la gente trabajaba más y se divertÃa menos. Ahora, con los tractores y los autos, todos llegan descansados al fin de semana y marchan a escape hacia la juerga de la ciudad. Pero cuente usted los peligros de antes y los accidentes de ahora, sin mentar a las muertes, y le dará un escalofrÃo. Y el sinfÃn, como buen moderno, también armó la suya: una tarde le cortó el pie al hombre que lo abastecÃa de ordio. Estaba hundido hasta las corvas en el montón que acercaba a su embocadura con una pala y, en un descuido, introdujo el pie en sus fauces. Se lo seccionó limpiamente y lo escupió poco después allá arriba, mezclado con el cereal sobre la montaña que iba creando, como quien escupe una mosca que se le ha metido en la boca.
Aquà muchos tienen su crónica de sangre, por eso le digo yo que me tienen envidia y si me hacen el vacÃo no es por la historia que cuentan en el panel del vestÃbulo, que no deja de ser una anécdota y como tal la reseñan allÃ. No voy a negarle que sea cierta, pero yo no tengo la culpa de la codicia y la brutalidad humanas. No tengo la culpa de que Juan, el pastor, fuese pregonando por todo el pueblo que buscaba a mi dueño para matarlo. Lo que empezó como una discusión porque no querÃa dejarle correr las hierbas a su ganado â?? manÃas que tenÃa mi dueño, que preferÃa quemarlas a dejárselas a las ovejas â?? fue creciendo dÃa a dÃa, auspiciado por el aburrimiento y las cervezas que se tomaban cada tarde en el bar. Y no es por defender a los mÃos, pero siempre he dicho que la soledad es mala, y el pastor, además de soltero, pasaba muchas horas solo en el monte, rumiando su amargura, dándole brisca a un fuego que él mismo habÃa encendido. Yo creo que aquella mañana se levantó de mal temple, sin más. A lo mejor por eso soltó en la panaderÃa, de buenas a primeras, que iba a matar a mi dueño. Tal vez vio alguna media sonrisa en los cuatro que lo oyeron, porque alguna fama de bocazas ya tenÃa, y ahà hubiera quedado la cosa si no lo hubiese repetido luego en el estanco. Lo malo de ser pueblo pequeño es que el estanco y la tienda están juntos, y quiso la casualidad que aquel dÃa entrase por tabaco cuando la tienda estaba llena de parroquianas. Yo pienso que mirarÃan para otro lado, pero esos arrastres sin cabeza, esas bufonadas que ya habÃa soltado lo perseguirÃan luego hasta casa, como las voces de un remordimiento vuelto del revés, llamándolo cobarde, mostrándole las burlas de todos si no cumplÃa lo prometido. Poca credibilidad tienes, Juan, le dirÃan esas voces, pero ahora la perderás toda. Te dejarán sin hierbas sólo para joderte y reÃrse de ti, le insistirÃan. Por eso debió encaminarse al monte, sin estar seguro, siquiera, de lo que iba a hacer. El dÃa anterior, en el bar, le habÃa escuchado a mi dueño decirle a Paco de Secorún que aquella mañana iba a limpiar el azarbe del Saso. Hacia allà marchó, y quién sabe qué demonios le bloqueaban la mente, que ninguna preparación hizo. Porque digo yo que los crÃmenes, más que cualquier trabajo, hay que prepararlos a conciencia, y no presentarse delante de la vÃctima como hizo Juan, con las manos desnudas, la mirada extraviada y las babas colgando mientras proferÃa amenazas de muerte. Ni la navaja que escondÃa en el bolsillo llevaba abierta. A mi dueño lo pilló de sorpresa doblado sobre el azarbe, conmigo entre las manos como única defensa posible. Por eso no se lo pensó cuando vio que el pastor sacaba la navaja e intentaba abrirla â?? ni automática era â?? y, asiéndome con ambos manos, me estampó contra su cabeza. Siempre fui leal a mi dueño, con la lealtad del utensilio sin voluntad propia: durante años servà para facilitar la vida y, aquella vez, provoqué la muerte. Pero no fue culpa mÃa, repito: el criminal fue el brazo que me impulsó, la mente que movió el brazo, el hombre.
A partir de entonces mi dueño no quiso saber más de mÃ. Quedé abandonada en un rincón del pajar, en la era. Ni siquiera me permitió seguir en el almacén anejo a la casa. Apenas volvà a verlo de refilón, algún dÃa que se acercó por mi retiro a coger herramientas. Por las conversaciones de sus hijos supe que tuvo un juicio, del que salió bien parado aduciendo legÃtima defensa. Fueron esos hijos, muchos años después, quienes me trajeron a este Museo. Al parecer, nadie me querÃa como herencia y pensaron que aquà encajarÃa bien, con mi doble historia laboral y truculenta a cuestas. Y asà fue, pero no hagan caso a las habladurÃas de mis compañeros. Si los niños se me acercan, acarician mi mango y rozan con sus dedos el contrapeso de hierro con risa contenida no es por el morbo del crimen, sino por la alegrÃa de encontrarse a un conocido entre tanto artefacto extraño. Y lo de los demás, el no dirigirme la palabra, la envidia de ver a mis descendientes activos y útiles para los hombres. Ya les digo, la pura envidia de los inútiles.
Â
Â