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«DOÃ?A JIMENA» de MAGDALENA LASALA, Madrid, editorial Temas de Hoy, 2006, 597 pág.
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Una «Doña Jimena» que nos revela a una Doña Urraca
Esta novela, grande en los dos sentidos de la palabra, cualitativa y cuantitativamente (¡597 págs.!) de Magdalena Lasala, poeta y novelista especializada en narrativa histórica sobre el pasado hispánico andalusÃ, viene a coronar esta especialización de autora de novela histórica del modo más brillante y aleccionador.
Damos por sentado que «Doña Jimena» de Magdalena Lasala es una novela histórica por las razones que ya exponÃamos en nuestra tesis doctoral «Imán» y la novela histórica de Ramón J.Sender: En primer lugar, decÃamos, la novela histórica es un subgénero del género literario novela. Y transcribimos parte de lo que a continuación exponÃamos sobre el tema:
Para que una novela sea histórica ha de estar enmarcada en una época y en un espacio estrictamente histórico. Entonces, ¿en qué consiste esta clase de novelas? Consiste en re-vivir la historia, en darle una vida nueva al material inerte que llamamos «historia». Pongamos el modelo de Walter Scott (1771-1832). Para empezar, el chasis en que se arma el vehÃculo novelÃstico de Scott es histórico, por supuesto. Y lo que es todavÃa más histórico es el escenario. Porque la decoración de interiores, el equipo de los guerreros, el paisaje de aquel entonces, el vestuario, la panoplia, el doble patrón de vida pública y privada, de observancia social y religiosa, todo lo exterior visible que podrÃa reproducirse en el filme, todo eso es histórico. Porque Walter Scott era un erudito en la materia y disponÃa de un enorme acervo de documentación para poder lanzarse bien seguro a esas peregrinas descripciones de torneos, justas, cabalgatas, cacerÃas, batallas, algaradas y escaramuzas, asà como de castillos feudales, chozas de siervos, catedrales, iglesias y ermitas, o de clero, gentes de armas, damas y mozas, caballeros y villanos con todas sus usanzas y costumbres, sus fueros y desafueros, sus creencias religiosas y supersticiones, sus privilegios y servidumbres, sus tablas de valores, sus tabúes, y premios y castigos, con sus «moradas vitales, vividoras y estructuras funcionales y maneras de vivir», que dirÃa un Américo Castro.
Pues bien; eso mismo es lo que hace también Magdalena Lasala. Y espero que tenga por lo menos el mismo éxito que este célebre poeta y novelista escocés, Sir Walter Scott (º Edimburgo, 12-VIII-1771, + Abbotsford, 21-IX-1832), tan admirado, si no ya imitado, por los más grandes novelistas históricos de Europa (Alfred de Vigny, VÃctor Hugo, Balzac, Dumas, Manzoni, Puschkin, Tolstoi, Pérez Galdós, Ramón J.Sender, etc.).
Pues bien; eso mismo es lo que hace también Magdalena Lasala. Y espero que tenga por lo menos el mismo éxito que este célebre poeta y novelista escocés, Sir Walter Scott (º Edimburgo, 12-VIII-1771, + Abbotsford, 21-IX-1832), tan admirado, si no ya imitado, por los más grandes novelistas históricos de Europa (Alfred de Vigny, VÃctor Hugo, Balzac, Dumas, Manzoni, Puschkin, Tolstoi, Pérez Galdós, Ramón J.Sender, etc.).
Es increÃble lo empapada que está nuestra autora del siglo undécimo español y muy en especial en la historia de finales de los reinos árabes andalusÃes. Lo mismo que decÃamos de otra autora española contemporánea, Rosa Montero (Madrid, 1951), al reseñar su última novela Historia del Rey Transparente (Alfaguara, 2005), en la que también demuestra que conoce al dedillo y a fondo el siglo duodécimo español donde se desarrolla su novela. Pero yo titulaba la reseña de esta novela: «Más acá y más allá de la historia», lo que no es el caso para «Doña Jimena«. Para mà esta novela de Magdalena Lasala es la revelación de un gran personaje histórico que nos sirve para afianzar, ya inamoviblemente, nuestra teorÃa de que la historia de los españoles (y españolas, si no véase el increÃble ejemplar que voy a soltar ahora), es intermitentemente empujada por protagonistas PRECOCES. Tengo registrados en un ensayo en preparación muchos ejemplos de este fenómeno; pero este caso que me ofrece Magdalena Lasala en su «Doña Jimena» es un caso único.
Porque la gran revelación que nos brinda Magdalena Lasala, no es el mayor conocimiento que nos regala en su novela de Doña Jimena (de cuyo poco saber de los españoles se queja y con razón nuestra autora), sino que lo más importante y extraordinariamente interesante que nos ofrece (Doña Jimena mediante), es que nos enteremos de la valÃa y ejemplaridad feminista de esa mujer extraordinaria que fue ¡hace ya diez siglos!, la infanta Doña Urraca, la hija mayor de los reyes de Castilla y León, Don Fernando y Doña Sancha.
La satisfacción que me proporciona Doña Jimena dándome a conocer a Doña Urraca es que este personaje viene a confirmar mi teorÃa (expuesta en varias obras mÃas) de que España viene caracterizada, en la historia cultural y societaria universal, como etnia precoz, porque doña Urraca, tal como nos la retrata Magdalena Lasala, es de una precocidad alucinante: se adelanta ¡ocho siglos! A los finales del siglo XVIII que es cuando nace y se proclama el feminismo en Occidente (1791 en francés y 1792 en inglés)… Y uno se pregunta, consternado, cómo ha podido ser España tan tardÃa en reconocer a semejante personaje tan precoz. Y personaje histórico, que sin ser reina del todo, fue más que reina. Lean, lean «Doña Jimena» y verán el talento y la capacidad de mando de aquella infanta Doña Urraca. Y aun eso puede hacerse dado alguna vez, pero lo que creo que no se ha dado nunca es una gobernante feminista. A lo mejor me dicen que no fue tal y si quieren decir con eso que no fundó ni fue socia de algún movimiento feminista, les doy la razón, porque sólo lo fue empÃricamente, sin principios, porque el principio era ella misma, aunque tuvo seguidores más o menos estrictos, como la misma Doña Jimena, su discÃpula y casi hija moral en cuanto a conducta. En cuanto a renovadora del código femenino, practicó la igualdad de derechos y deberes de la mujer y el hombre y llegó al colmo de esa misma igualdad reivindicando el amor entre hermanos y, por si fuera poco, con un hermano rey, o sea, contra el pecado más nefando de la humanidad convencional: la relación amorosa-sexual entre parientes mayores.
La misma autora me da la razón respecto al protagonismo de la infanta Urraca en su novela cuando escribe en la página 397 (dándole la palabra a Doña Jimena) lo siguiente:
«Amé mucho a Urraquita, a esta Doña Urraca reina que vino a Cardeña el pasado invierno a visitarme, como se visita a una madre vieja, porque necesitaba el consejo y el consuelo del abrazo cálido de una madre. Doña Urraca es ahora una mujer de casi treinta y dos años que ha de mantener su poder con la guerra. La reina no buscaba este destino; vivió a la sombra de Doña Constanza, esa madre ansiosa que siempre buscó un heredero varón para Don Alfonso y Dios no quiso concedérselo. Mientras tanto, Urraquita tenÃa que ser olvidada por un mundo que no la querÃa aceptar como reina. Sólo se dio cuenta su tÃa la infanta, mi amada Doña Urraca, siempre vigilante, siempre alerta de las claves de un futuro que sólo a ella se hacÃa manifiesto.
El rey Alfonso habÃa decidido que tenÃa que educarla su ayo Don Pedro Ansúrez, y éste tampoco pudo soportar su presencia, tan parecida a Doña Urraca, su amor secreto, la verdadera reina de toda esta historia. » (subrayado por mÃ: F.C.L.)
VerosÃmilmente, estas 7 últimas palabras por mà subrayadas no podÃa decirlas Doña Jimena, porque «toda esta historia» es de Magdalena Lasala, pero este lapsus viene a reforzar mi sospecha de que la autora comparte mi opinión, tanto más si ha sido inconsciente o subconsciente.
Y lo digo porque, por lo mismo, debemos felicitar a nuestra autora, precisamente, ya que parece invitarnos a tomar a esta Doña Urraca como heroÃna insólita, a lo mejor única, de mujer independiente, sabia, enérgica, de carácter a toda prueba y libre. ¡Hurra por doña Urraca!.
Sin olvidar, no obstante, que Doña Jimena aprendió de su maestra a reaccionar con tan buen sentido de la justicia social como cuando se expresa en estos términos en la pág. 442:
«Aunque viajaba en el campamento un carro con varias mujeres prostitutas que ejercÃan su libertad de hembras a buen precio, sus mayores rivales eran las muchachas raptadas en las aldeas musulmanas que servÃan mejor que ninguna otra para el solaz de los soldados, porque el miedo y la desesperación las hacÃa vulnerables y sumisas a cualquier abuso de un hombre. Yo no podÃa soportarlo; me quejé violentamente a Rodrigo, clamé a los prelados que hipócritamente miraban hacia otro lado, pero latÃa un pacto superior a todo lo que yo conocÃa, un pacto que justifica por la guerra cualquier tropelÃa cometida por un hombre. «
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Francisco Carrasquer Launed
Diciembre 2006
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