Hoy es domingo. Después de cinco años viendo pasar la muerte por mi lado, vuelvo a mi país. Las calles de la ciudad estaban llenas de gente, unos festejaban el final de la guerra y otros nuestra llegada.
Cuando baje del barco comencé a buscar entre la muchedumbre a mi familia. Me encontré con la madre de Jorge un vecino del barrio, me contó la terrible noticia. Mis padres habían fallecido en un accidente de coche esa misma mañana.
En mi espalda el frío comenzó a trepar. La tristeza, el odio y el miedo hicieron una mezcla caótica en mi mente. Un grito nació de mis entrañas.
Corrí y corrí. Esquivaba a la gente buscando el rostro de lo que podía ser yo. El alta voz del barco vociferaba mi nombre, pero no hice caso. A mi derecha pude ver como una señora lloraba arrodillada ante un joven que la tomaba por los brazos. Sequé mis lágrimas y cruce hasta la iglesia. Entre sin persignarme. Caminé mirando fijamente la cruz. Frente a ella pregunté grite tan fuerte que el eco devolvió la pregunta clavándose en mi pecho: -¿por qué?-. Cerré los ojos llorando y me deje caer de rodillas ante Dios. Rezaba por mis padres, mientras escuche una voz me dijo: -Festeja la vida y pide por los que han muerto-.
Salí de la iglesia con otra esperanza, pero necesitaba algo. Lo comprendí cuando vi a esa chica venir hacia mí. ¿Me sonríe o yo sonreía? (dicen que a veces vemos, lo que queremos ver). Le impedí el paso poniéndome frente a ella, una otra vez como jugando. La abracé y la besé al estilo Hollywood. La gente de alrededor miraba, murmuraba, aplaudían y animaban…
¡Eso necesitaba…! un beso de bienvenida que me renovara el espíritu. Se lo robé a una desconocida, que se quedó mirándome mientras yo me alejaba diciéndole adiós con la mano.
Subí al autobús y me fui al pueblo a enterrar a mis padres. Hoy después de su funeral, sentado en la mesa de la cocina recuerdo el dulce sabor de aquellos labios y el beso robado como regalo de bienvenida.
Graciela Giráldez Pérez - abril 2011.
