“¿Cuánto es?”, preguntó él. “Ochocientos”, respondió la dependienta. Bastante joven, vestido morado oscuro, labios carnosos, ojos celestes como el pañuelo que le mostraba, y agradable sonrisa, evaluó el hombre. “Es un pañuelo de seda natural, fabricado en Sri Lanka, señor. Está pintado a mano. El pintor es una persona muy particular. Trabaja escasamente en la pintura de pañuelos. Tenemos suerte este mes. Está realmente inspirado”. “Precioso”, dijo el cliente. “¿Podría usted anudárselo al cuello para hacerme una idea?” “Por supuesto, señor, será un placer”. Se lo puso. “Perfecto”, sonrió él. Una inquietante sonrisa dividió su cara. Y la hizo girar para contemplar cómo quedaba sobre su espalda. “Realmente perfecto”, insistió. “No lamentará esta compra, señor”. “Cierto. Pero usted, sí”. Apretó el lazo alrededor de su cuello hasta que ella dejó de forcejear inútilmente y se deslizó hasta sus pies. Ojos grandes y azules, donde bailaba la sombra de la muerte .
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