El imbécil que soy

Debiera haberle dicho que se quedara, pero uno es así y, aunque quiera, no tengo su misma facilidad de palabra. Ella también lo sabe y da por bueno mi último abrazo antes de entrar al taxi. “Cuídate, Leandro”. “Tú también”. Entra al taxi. “Imbécil”, me digo. “Imbécil, imbécil, imbécil”, mientras la veo marchar. No vuelve la cabeza. Ella ya nunca volverá la cabeza para mirarme. Nunca.

Lo peor es que me gusta demasiado. Imbécil. Venga ya, no puedo mentirme. Imbécil. Rectifico: me estoy enamorando y eso es algo que no sé muy bien cómo encajar. Imbécil al cuadrado, imbécil al cubo, imbécil a la enésima potencia, imbécil millones de trillones de veces. Me estoy enamorando y dejo que se marche. Más que imbécil, cobarde. ¿Qué eso que no le puedo perdonar, que me replique, que no haga lo que digo, que no se someta fácilmente? Qué fácil es dar una orden en la oficina y que nadie replique. Qué difícil con ella. “Ni se te ocurra dar por hecho que voy a hacer lo que tú mandes”, dice tensa. “Si quieres algo, acostúmbrate a pedírmelo y después deja que sea yo quien decida, ¿comprendes? Existen dos palabras mágicas que te abrirán mil puertas: “por” y “favor”. En ese orden. Repítelas docenas de veces, ensáyalas ante el espejo, busca el tono apropiado. ¡Aprende a utilizarlas, Leandro!”. Sé que tiene razón, hemos discutido antes por cosas parecidas.

Esta vez empecé yo la bronca, sin proponérmelo. En realidad, nunca me lo propongo, no me gusta discutir con ella. Sin embargo, siempre es ella quien decide cuándo vamos a tener un mal día. “Me compras unas camisas a la tarde”. Me mira como deben de mirarse dos pistoleros medio segundo antes de disparar. “No soy tu secretaria, ni tu madre, ni tu ex”. No me doy cuenta de que se está enfadando. Es difícil reparar en las agujas de hielo que van acerando su voz, mientras intento atarme el nudo de la corbata. Un imbécil como yo cree que los demás están sordos cuando no hacen lo que se les dice que hagan. Es más: un imbécil como yo insiste, por si el otro no se ha dado cuenta de que le hemos dado una orden clara y apremiante. “Me las traes a las ocho y luego nos vamos a cenar”. Justo ahí es cuando empieza a sacar sus cosas del armario y las va doblando sobre la cama. Un imbécil como yo ni se da cuenta de que ella está metiendo todas sus cosas en la maleta. Sigo haciéndome el nudo de la corbata, sin mirarla, sin saber siquiera qué está haciendo, hasta que reparo que no contesta, que no dice nada, que hace un minuto exacto, tal vez más, que no ha dicho absolutamente nada. ¡Mierda!. Esto iba a ser un fin de semana romántico y empieza a convertirse en una pesadilla. “Cielo, ¿por qué tienes que enfadarte por una tontería? No lo entiendo”. “Ese es tu problema, Leandro: que eres incapaz de entenderlo. Incapaz de ponerte en el lugar del otro. Tu inmenso ego no te lo permite. No eres mala gente, ¿sabes? Es más: eres un buen tipo, sí. Pero no eres mi tipo. Creía que podrías serlo, pero ya no. Has perdido algo tan sencillo como la empatía. A lo mejor es que nunca la has tenido”. “Vamos, no seas así. Hemos pasado buenos ratos juntos. Lo de anoche fue estupendo, tú misma lo dijiste”. “Aggg. Déjalo estar. Déjalo, te digo”. Cierra la maleta. Sale de la habitación y llama al ascensor. Cojo la llave y la sigo. Le dice al recepcionista que por favor le pida un taxi. La miro. Me mira. Supongo que espera que le suplique. Me he quedado mudo. Ella cabecea, como quien todo lo da por perdido, y sale a la calle. La sigo. Me quedo ahí, en la acera, mientras el taxista mete el equipaje en el maletero. Ella vuelve a mirarme. “Cuídate, Leandro”. La abrazo. “Tú también”. Y el imbécil que soy deja que se marche.

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