El fontanero

Las duchas de los lunes por la mañana son una bota de fútbol claveteada en la boca del estómago. Por más que intentas librarte rápidamente y acabar en dos minutos, la bota sigue ahí, clavada, y tú casi no puedes respirar.

El lunes, ¡había de ser un lunes, qué casualidad!, abrí con resignación el grifo del agua caliente. Regulé la temperatura. Hice que el gel de romero rebosara sobre la esponja y se deslizara hasta mis pies. Demoré otros dos minutos más antes de poner la cara bajo la alcachofa. Y entonces ocurrió: el agua caliente empezó a desaparecer. No es posible. No me puede estar pasando esto a mí, pensé. Abrí el otro grifo y me di cuenta de que fluía normalmente. ¿Por qué solamente la fría? ¿Por qué no funcionaba el agua caliente? No podía estar averiado otra vez.

Una vez asumido que la cosa era irremediable, me aposté ante el teléfono con la determinación de un depredador de gacelas y la paciencia de un cazador de gamusinos. Supliqué, amenacé, mentí, traté, volví a suplicar, puse voz compungida, me acordé de la madre de todos y cada uno de los asociados de la Compañía del Seguro Combinado del Hogar, S.A. con sus correspondientes nombres y apellidos… Cuando todo falló, me dije que de algo habría de servirme mi cursillo acelerado de dramaturgia en veinte sesiones: imité a la perfección la voz del Fari, en versión utratumba, y amenacé con llamarles cada mañana y torturarles con la audición de “El Torito Bravo”. Ni por esas. Me pasaron con Hermenegildo Suárez, experto mundial en accidentes laborales de causa desconocida, quien me comunicó que el Fari estaba hablando con el Ministro de Asuntos Exteriores, por boca de la médium Adelaida Gil. “Así que es mejor que deje usted de hacer el tonto, Sra. Soria, que sabemos que el Fari está comunicando”.

Un mes  después de acosar a los del Seguro Combinado del Hogar S.A., vino por fin el fontanero. De nada habían servido mis súplicas diarias a los del Seguro para que agilizaran los trámites y lo mandaran pronto. Estuvimos todo el mes duchándonos con agua fría los dos juntos, Juan y yo. Para darnos un poco de calor humano, nos frotábamos mutuamente la espalda y evitábamos pasar tanto frío. Claro que con la tontería de la espalda, a veces nos emocionábamos, se pasaba el rato sin darnos cuenta, y seguíamos frotándonos hasta que empezábamos a toser en perfecta sincronía. Decidimos toser a coro delante del teléfono, más que nada por impresionar a Suárez. No hubo forma, sin embargo, de conseguir que el fontanero viniera antes. Eso sí, el Predictor volvió a dar positivo.

Por si acaso, para evitar malos entendidos, cuando llegó el fontanero, seguimos estrictamente el protocolo establecido por la Compañía de Seguros para estas ocasiones: abrimos la puerta y desplegamos la alfombra roja, no fuera a pensar que no nos alegrábamos de verlo. Juan le hizo unas fotos con el móvil, como si hubiera sido el mismísimo Robert de Niro. El hombre se sintió complacido, pidió que le sacáramos el perfil izquierdo, que era su lado bueno y, una vez terminada la sesión de fotos de unos veinte minutos,  el fontanero nos preguntó: “¿tienen ustedes un vermú? Son ya las doce; yo sin vermú no trabajo a estas horas” Juan y yo nos miramos desolados. No había. “Es culpa tuya”, dijo él. “De ninguna manera”, le grité yo. “No se preocupen”, nos tranquilizó el fontanero. “Con un cubata de whisky y unas aceitunas también estoy servido”. “Ah, eso sí tenemos”,  se alegró Juan. “Pues me lo puede ir sirviendo con tres hielos, si le parece, mientras compruebo la válvula del calentador”. Se lo servimos ambos, aturullados y nerviosos. “Si se enfada con nosotros, no volveremos a ver un fontanero en años. Pero no en años terrestres, faltaría más, sino en años luz” –gimoteó Juan en la cocina, con la voz más baja que tenía-. “¿Le apetecen también unas patatas fritas?”, ofrecí. El hombre me miró como quien mira a un exhibicionista, escasamente dotado, en la puerta de casa: “¿cómo se les ocurre comer patatas fritas? ¿Cómo se les ocurre comer patatas fritas, desgraciados?  ¿No saben ustedes la de colesterol que tienen?. Claro, ustedes a lo suyo. Que se tapen las arterias, y cuando les dé el infarto, a pagar todos los demás. ¡Que pagamos muchos impuestos, señora, que los pagamos todos!”. Nos quedamos sin saber qué contestar. Yo estaba al borde de las lágrimas. Juan me pasó un brazo por los hombros, protector. “Tendré que hacer un parte de denuncia y mandarlo al INSALÚS. Ya saben que desde que empezaron los recortes sanitarios hace año y medio, las patatas fritas están absolutamente prohibidas y que, gracias a eso, ha disminuido un 7% la tasa de infartos de miocardio. No vea lo que nos hemos ahorrado”.  “Y el alcohol, también”, pensé, aunque no me atreví a decirlo en voz alta, no fuera cosa de que el hombre agarrara una rabieta y saliera volando como la Bruja Lola, aunque, a falta de escoba, subido a su caja de herramientas.

“Oigan, estas aceitunas no tienen hueso”, protestó el fontanero. Juan se volvió hacia mí. “¿Cómo que no tienen hueso, Marta?”, me preguntó Juan. “Y yo qué sé, ¡si soy alérgica a las aceitunas! Tú sabrás. Eres tú quien las compra”. Juan quitó su brazo de mis hombros y me regaló su mirada de rencor número nueve, que es un punto más ácida que la número tres y ligeramente más maliciosa que la número siete. “Por esta vez, pasé, pero la próxima, que sean con hueso o no vendré hasta aquí. ¡Encima que viven ustedes en la quinta puñeta!. Bueno, esto ya está”. “¿Ya está?”, repetimos ilusionados Juan y yo, como cuando interpretábamos el solo de toses barítono-soprano para Suárez. “¿Ya está arreglado?”. “No. Aún no. Lo que está es el cubata, que ya me lo he terminado. ¿Me podrían poner otro?”. Yo iba a protestar, pero mi marido levantó el dedo amenazador. Opté por callar. Ambos llegamos juntos a la cocina y le servimos un segundo cubata. “¿Y si le ponemos un poco de AUB, Marta?”. Nos miramos a los ojos con malicia. “Hecho”. Abrí el cajón de los cubiertos y metí la mano hasta el fondo. Tanteé hasta encontrar el frasquito de cristal azul. “¿Todo?”. Él sonrió: “Todo”. Lo volqué en el vaso.

En el pasillo, el fontanero cantó: “está arreglado. Era la válvula de la presión. Pueden ducharse cuando quieran. El agua caliente ya funciona”. Alargó la mano y se empezó a beber el cubata. Nos miró cada vez más alegre, como si estuviera bebido. De repente, se quedó tieso apoyado en la pared. El AUB siempre es muy rápido y eficaz. Le dimos la vuelta y lo pusimos de espaldas. Lo desnudamos de cintura para arriba y empezamos a frotarle muy despacio la espalda, palpando cada milímetro de su piel. “Oye, Marta, no te emociones. A lo que estamos. Deja de frotarle por debajo de la cintura. No es ahí”. “¡¡Lo encontré!!”, dije. Y apreté el pequeño resorte invisible que acababa de descubrir entre la sexta y la séptima vértebras. El hombre despertó, abrió los ojos, y empezó a repetir: “soy vuestro esclavo, mandadme. Soy vuestro esclavo, mandadme. Soy vuestro…”. “Escucha, Marta. ¿Qué te parece si le ordenamos que repare el frigorífico? Y la vitro. Y el ordenador portátil. Y la TV… Antes de que se den cuenta los del Seguro, lo habremos arreglado todo”.

El teléfono comenzó a sonar: Hermenegildo Suárez. Yo me empecé a reír como una loca. Descolgué el auricular entre risas. “Señora Soria, señora Soria, ¡¡devuélvannos la Unidad 19 inmediatamente!! Ha terminado su trabajo de fontanería hace diez minutos. Lo sabemos”. El fontanero iba detrás de Juan, camino de la cocina. “¿Me oye, señora Soria? Devuélvannos la Unidad número 19”. Con un poco de suerte, el fontanero aprendería a preparar las paellas de los domingos, pensé. Y sin poder parar de reírme empecé a tararear: “Ay, mi torito, torito bravo…”

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2 Responses to El fontanero

  1. Maria José says:

    Muy divertido Blanca, me has hecho reír, desear firmemente que no se me estropee la caldera.

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