Quedaba con ella, porque tenía el aspecto apetitoso de una manzana en sazón. Le gustaban sus ojos redondos de ciruela, dulces y un punto ácidos, que aunque ella no lo supiera, la hacían realmente atractiva. El resto de las mujeres desaparecían para él cuando ella entraba caminando despacio hacia su mesa, con su andar de garza y su sonrisa jugosa que prometía mundos. O eso creía él: que aquella sonrisa de azúcar y de luna le estaba destinada.
-Deberíamos plantearnos ir más allá en nuestra relación. A ambos nos conviene. ¿Qué nos espera? -ella lo miró, como si no comprendiera- ¿No te das cuenta de que lo único que nos espera ya en esta vida es una residencia? Tengo sesenta y nueve años. Tú vas camino de los cincuenta y ocho. Nos iría bien pasar juntos lo que nos queda de vida.
A ella se le abrieron más los ojos. ¿Cuándo le había dado ella pie para esto? ¡Si lo único que había hecho era quedar con él como un amigo, dejarle leer lo que escribía!. Porque, a fin de cuentas, el escritor importante, el maestro, era él. Y ella lo admiraba. Pero ni se le había pasado por la cabeza mirarlo como un posible candidato a compartir su soledad.
Él se acercó más e intentó besarla en los labios. Ella volvió la cara. Él no se rindió. Le sujetó la cabeza y la besó en la boca. Se fue agitando el aire con sus manos delgadas de pianista frustrado. Sordo como era, le gritó un adiós. “Preciosa, esto vamos a repetirlo más veces”.
Ella gritó también: “¡que te crees tú eso, imbécil!” Sordo como era, no la oyó. A los dos fumadores de la entrada se les atragantó el humo con la primera carcajada. Ella no supo si enfadarse o no. Se los quedó mirando, se borró la decepción del alma y les guiño un ojo al pasar.