El imbécil que soy

Debiera haberle dicho que se quedara, pero uno es así y, aunque quiera, no tengo su misma facilidad de palabra. Ella también lo sabe y da por bueno mi último abrazo antes de entrar al taxi. “Cuídate, Leandro”. “Tú también”. Entra al taxi. “Imbécil”, me digo. “Imbécil, imbécil, imbécil”, mientras la veo marchar. No vuelve la cabeza. Ella ya nunca volverá la cabeza para mirarme. Nunca.

Lo peor es que me gusta demasiado. Imbécil. Venga ya, no puedo mentirme. Imbécil. Rectifico: me estoy enamorando y eso es algo que no sé muy bien cómo encajar. Imbécil al cuadrado, imbécil al cubo, imbécil a la enésima potencia, imbécil millones de trillones de veces. Me estoy enamorando y dejo que se marche. Más que imbécil, cobarde. ¿Qué eso que no le puedo perdonar, que me replique, que no haga lo que digo, que no se someta fácilmente? Qué fácil es dar una orden en la oficina y que nadie replique. Qué difícil con ella. “Ni se te ocurra dar por hecho que voy a hacer lo que tú mandes”, dice tensa. “Si quieres algo, acostúmbrate a pedírmelo y después deja que sea yo quien decida, ¿comprendes? Existen dos palabras mágicas que te abrirán mil puertas: “por” y “favor”. En ese orden. Repítelas docenas de veces, ensáyalas ante el espejo, busca el tono apropiado. ¡Aprende a utilizarlas, Leandro!”. Sé que tiene razón, hemos discutido antes por cosas parecidas.

Esta vez empecé yo la bronca, sin proponérmelo. En realidad, nunca me lo propongo, no me gusta discutir con ella. Sin embargo, siempre es ella quien decide cuándo vamos a tener un mal día. “Me compras unas camisas a la tarde”. Me mira como deben de mirarse dos pistoleros medio segundo antes de disparar. “No soy tu secretaria, ni tu madre, ni tu ex”. No me doy cuenta de que se está enfadando. Es difícil reparar en las agujas de hielo que van acerando su voz, mientras intento atarme el nudo de la corbata. Un imbécil como yo cree que los demás están sordos cuando no hacen lo que se les dice que hagan. Es más: un imbécil como yo insiste, por si el otro no se ha dado cuenta de que le hemos dado una orden clara y apremiante. “Me las traes a las ocho y luego nos vamos a cenar”. Justo ahí es cuando empieza a sacar sus cosas del armario y las va doblando sobre la cama. Un imbécil como yo ni se da cuenta de que ella está metiendo todas sus cosas en la maleta. Sigo haciéndome el nudo de la corbata, sin mirarla, sin saber siquiera qué está haciendo, hasta que reparo que no contesta, que no dice nada, que hace un minuto exacto, tal vez más, que no ha dicho absolutamente nada. ¡Mierda!. Esto iba a ser un fin de semana romántico y empieza a convertirse en una pesadilla. “Cielo, ¿por qué tienes que enfadarte por una tontería? No lo entiendo”. “Ese es tu problema, Leandro: que eres incapaz de entenderlo. Incapaz de ponerte en el lugar del otro. Tu inmenso ego no te lo permite. No eres mala gente, ¿sabes? Es más: eres un buen tipo, sí. Pero no eres mi tipo. Creía que podrías serlo, pero ya no. Has perdido algo tan sencillo como la empatía. A lo mejor es que nunca la has tenido”. “Vamos, no seas así. Hemos pasado buenos ratos juntos. Lo de anoche fue estupendo, tú misma lo dijiste”. “Aggg. Déjalo estar. Déjalo, te digo”. Cierra la maleta. Sale de la habitación y llama al ascensor. Cojo la llave y la sigo. Le dice al recepcionista que por favor le pida un taxi. La miro. Me mira. Supongo que espera que le suplique. Me he quedado mudo. Ella cabecea, como quien todo lo da por perdido, y sale a la calle. La sigo. Me quedo ahí, en la acera, mientras el taxista mete el equipaje en el maletero. Ella vuelve a mirarme. “Cuídate, Leandro”. La abrazo. “Tú también”. Y el imbécil que soy deja que se marche.

Posted in Sin categoría | Leave a comment

El fontanero

Las duchas de los lunes por la mañana son una bota de fútbol claveteada en la boca del estómago. Por más que intentas librarte rápidamente y acabar en dos minutos, la bota sigue ahí, clavada, y tú casi no puedes respirar.

El lunes, ¡había de ser un lunes, qué casualidad!, abrí con resignación el grifo del agua caliente. Regulé la temperatura. Hice que el gel de romero rebosara sobre la esponja y se deslizara hasta mis pies. Demoré otros dos minutos más antes de poner la cara bajo la alcachofa. Y entonces ocurrió: el agua caliente empezó a desaparecer. No es posible. No me puede estar pasando esto a mí, pensé. Abrí el otro grifo y me di cuenta de que fluía normalmente. ¿Por qué solamente la fría? ¿Por qué no funcionaba el agua caliente? No podía estar averiado otra vez.

Una vez asumido que la cosa era irremediable, me aposté ante el teléfono con la determinación de un depredador de gacelas y la paciencia de un cazador de gamusinos. Supliqué, amenacé, mentí, traté, volví a suplicar, puse voz compungida, me acordé de la madre de todos y cada uno de los asociados de la Compañía del Seguro Combinado del Hogar, S.A. con sus correspondientes nombres y apellidos… Cuando todo falló, me dije que de algo habría de servirme mi cursillo acelerado de dramaturgia en veinte sesiones: imité a la perfección la voz del Fari, en versión utratumba, y amenacé con llamarles cada mañana y torturarles con la audición de “El Torito Bravo”. Ni por esas. Me pasaron con Hermenegildo Suárez, experto mundial en accidentes laborales de causa desconocida, quien me comunicó que el Fari estaba hablando con el Ministro de Asuntos Exteriores, por boca de la médium Adelaida Gil. “Así que es mejor que deje usted de hacer el tonto, Sra. Soria, que sabemos que el Fari está comunicando”.

Un mes  después de acosar a los del Seguro Combinado del Hogar S.A., vino por fin el fontanero. De nada habían servido mis súplicas diarias a los del Seguro para que agilizaran los trámites y lo mandaran pronto. Estuvimos todo el mes duchándonos con agua fría los dos juntos, Juan y yo. Para darnos un poco de calor humano, nos frotábamos mutuamente la espalda y evitábamos pasar tanto frío. Claro que con la tontería de la espalda, a veces nos emocionábamos, se pasaba el rato sin darnos cuenta, y seguíamos frotándonos hasta que empezábamos a toser en perfecta sincronía. Decidimos toser a coro delante del teléfono, más que nada por impresionar a Suárez. No hubo forma, sin embargo, de conseguir que el fontanero viniera antes. Eso sí, el Predictor volvió a dar positivo.

Por si acaso, para evitar malos entendidos, cuando llegó el fontanero, seguimos estrictamente el protocolo establecido por la Compañía de Seguros para estas ocasiones: abrimos la puerta y desplegamos la alfombra roja, no fuera a pensar que no nos alegrábamos de verlo. Juan le hizo unas fotos con el móvil, como si hubiera sido el mismísimo Robert de Niro. El hombre se sintió complacido, pidió que le sacáramos el perfil izquierdo, que era su lado bueno y, una vez terminada la sesión de fotos de unos veinte minutos,  el fontanero nos preguntó: “¿tienen ustedes un vermú? Son ya las doce; yo sin vermú no trabajo a estas horas” Juan y yo nos miramos desolados. No había. “Es culpa tuya”, dijo él. “De ninguna manera”, le grité yo. “No se preocupen”, nos tranquilizó el fontanero. “Con un cubata de whisky y unas aceitunas también estoy servido”. “Ah, eso sí tenemos”,  se alegró Juan. “Pues me lo puede ir sirviendo con tres hielos, si le parece, mientras compruebo la válvula del calentador”. Se lo servimos ambos, aturullados y nerviosos. “Si se enfada con nosotros, no volveremos a ver un fontanero en años. Pero no en años terrestres, faltaría más, sino en años luz” –gimoteó Juan en la cocina, con la voz más baja que tenía-. “¿Le apetecen también unas patatas fritas?”, ofrecí. El hombre me miró como quien mira a un exhibicionista, escasamente dotado, en la puerta de casa: “¿cómo se les ocurre comer patatas fritas? ¿Cómo se les ocurre comer patatas fritas, desgraciados?  ¿No saben ustedes la de colesterol que tienen?. Claro, ustedes a lo suyo. Que se tapen las arterias, y cuando les dé el infarto, a pagar todos los demás. ¡Que pagamos muchos impuestos, señora, que los pagamos todos!”. Nos quedamos sin saber qué contestar. Yo estaba al borde de las lágrimas. Juan me pasó un brazo por los hombros, protector. “Tendré que hacer un parte de denuncia y mandarlo al INSALÚS. Ya saben que desde que empezaron los recortes sanitarios hace año y medio, las patatas fritas están absolutamente prohibidas y que, gracias a eso, ha disminuido un 7% la tasa de infartos de miocardio. No vea lo que nos hemos ahorrado”.  “Y el alcohol, también”, pensé, aunque no me atreví a decirlo en voz alta, no fuera cosa de que el hombre agarrara una rabieta y saliera volando como la Bruja Lola, aunque, a falta de escoba, subido a su caja de herramientas.

“Oigan, estas aceitunas no tienen hueso”, protestó el fontanero. Juan se volvió hacia mí. “¿Cómo que no tienen hueso, Marta?”, me preguntó Juan. “Y yo qué sé, ¡si soy alérgica a las aceitunas! Tú sabrás. Eres tú quien las compra”. Juan quitó su brazo de mis hombros y me regaló su mirada de rencor número nueve, que es un punto más ácida que la número tres y ligeramente más maliciosa que la número siete. “Por esta vez, pasé, pero la próxima, que sean con hueso o no vendré hasta aquí. ¡Encima que viven ustedes en la quinta puñeta!. Bueno, esto ya está”. “¿Ya está?”, repetimos ilusionados Juan y yo, como cuando interpretábamos el solo de toses barítono-soprano para Suárez. “¿Ya está arreglado?”. “No. Aún no. Lo que está es el cubata, que ya me lo he terminado. ¿Me podrían poner otro?”. Yo iba a protestar, pero mi marido levantó el dedo amenazador. Opté por callar. Ambos llegamos juntos a la cocina y le servimos un segundo cubata. “¿Y si le ponemos un poco de AUB, Marta?”. Nos miramos a los ojos con malicia. “Hecho”. Abrí el cajón de los cubiertos y metí la mano hasta el fondo. Tanteé hasta encontrar el frasquito de cristal azul. “¿Todo?”. Él sonrió: “Todo”. Lo volqué en el vaso.

En el pasillo, el fontanero cantó: “está arreglado. Era la válvula de la presión. Pueden ducharse cuando quieran. El agua caliente ya funciona”. Alargó la mano y se empezó a beber el cubata. Nos miró cada vez más alegre, como si estuviera bebido. De repente, se quedó tieso apoyado en la pared. El AUB siempre es muy rápido y eficaz. Le dimos la vuelta y lo pusimos de espaldas. Lo desnudamos de cintura para arriba y empezamos a frotarle muy despacio la espalda, palpando cada milímetro de su piel. “Oye, Marta, no te emociones. A lo que estamos. Deja de frotarle por debajo de la cintura. No es ahí”. “¡¡Lo encontré!!”, dije. Y apreté el pequeño resorte invisible que acababa de descubrir entre la sexta y la séptima vértebras. El hombre despertó, abrió los ojos, y empezó a repetir: “soy vuestro esclavo, mandadme. Soy vuestro esclavo, mandadme. Soy vuestro…”. “Escucha, Marta. ¿Qué te parece si le ordenamos que repare el frigorífico? Y la vitro. Y el ordenador portátil. Y la TV… Antes de que se den cuenta los del Seguro, lo habremos arreglado todo”.

El teléfono comenzó a sonar: Hermenegildo Suárez. Yo me empecé a reír como una loca. Descolgué el auricular entre risas. “Señora Soria, señora Soria, ¡¡devuélvannos la Unidad 19 inmediatamente!! Ha terminado su trabajo de fontanería hace diez minutos. Lo sabemos”. El fontanero iba detrás de Juan, camino de la cocina. “¿Me oye, señora Soria? Devuélvannos la Unidad número 19”. Con un poco de suerte, el fontanero aprendería a preparar las paellas de los domingos, pensé. Y sin poder parar de reírme empecé a tararear: “Ay, mi torito, torito bravo…”

Posted in Sin categoría | 2 Comments

Un millón de gracias por esta primavera

FOTO: Calatayud en primavera, Blanca Langa

Entre todas las palabras del español, elijo hoy esta que sirve para decir lo que se me ha quedado en el corazón, ahora que todo ha pasado y hemos celebrado esta Primavera de los Poetas en Calatayud: GRACIAS.

Es un gracias grandísimo a todos los que habéis hecho posible que esto sucediera. Gracias a quienes generosamente habéis apoyado esta actividad. Vuestra generosidad es inmensa y mi agradecimiento, infinito. He disfrutado de todos y cada uno de los poemas, del muy agradable paseo nocturno guiado el viernes por el Casco Antiguo de nuestra ciudad, de la cena del sábado en el Fornos (me gusta mucho veros reír y reír con vosotros), de la ronda poética a las doce de la noche (¡¡sois unos monstruos!!), del homenaje a Unamuno y a Ildefonso-Manuel Gil  (que derivó en un chocolate estupendo en el Bombón, y en una improvisada y maravillosa tertulia),  del recital después en el Museo… ¡¡De todo!!
Junto con este GRACIAS, llevaos también este enorme abrazo que podéis repartir entre todos.

Posted in Sin categoría | 2 Comments

Primavera de los Poetas 2012 en Calatayud

FOTO: Iglesia del Santo Sepulcro, de Blanca Langa
VIERNES, DÍA 4 DE MAYO

-A las 19 h.: Presentación de la Primavera de los Poetas en el Museo de Calatayud. Discurso inaugural de autoridades: representantes del Ayuntamiento, representación de la Asociación Aragonesa de Escritores; del C.E.B. (Manuel Micheto y José Verón Gormaz); y representante de La Comarca.
Inauguración de la exposición con poemas de los poetas participantes.
Exposición en el Museo de Calatayud de poemas de los poetas participantes. Previamente, habrán enviado un par de poemas plastificados, que se expondrán en los paneles del Museo.

-A las 19.30 h.: Entrega del Premio I Concurso Lugus de Literatura erótica y vino,patrocinado por Bodegas Lugus de Calatayud, en el Museo.

-Al finalizar: se repartirán poemas entre los asistentes.

-A las 23 h.: Visita turística nocturna por Calatayud. Partirá desde el Museo y se hará un paseo nocturno por la ciudad.

SÁBADO, DÍA 5 DE MAYO

-De 12.30 h. a 13.30 h.: Reparto de poemas en la Plaza de España, Plaza del Fuerte y el Paseo.
-A las doce de la noche: Ronda poética nocturna por el Casco Antiguo de Calatayud, en colaboración con la Asociación Cultural El Escoscao, de empresarios de bares y restaurantes del Casco Antiguo.
Los siguientes poetas invitados recitarán sus versos:

1-Luis Andrés
2-Cándido Blas Laborda
3-Raúl W. Fernández Moros
4-Ramiro Gairín
5-Carlos Gamissans
6-Reyes Guillén
7-Ángel Guinda
8-Juani Gómez Román
9-Blanca Langa
10-Milagros Morales
11-Alejandro Moreno Romero
12-Elena Peralta
13-Fran Picón
14-Pilar Redondo
15-Venancio Rodríguez Sanz
16-Trinidad Ruiz Marcellán
17-Carlos Salem Sola (por confirmar)
18-Mª Dolores Tolosa
19-Andrea Uña Basagoiti (rapsoda)
20-José Verón Gormaz
21-Miguel Ángel Yusta

DOMINGO, DÍA 6 DE MAYO

-A las 9 h., en la Plaza de España, homenaje a los poetas Ildefonso-Manuel Gil y Miguel de Unamuno. Se leerán poemas de ambos. Como el año pasado, y con el fin de promover la participación tanto de escritores como de asistentes en general, se repartirán poemas y cada persona leerá un verso hasta completar varios poemas. El resto de poemas elegidos, los leerán los poetas participantes.

-De 11 h. a 13: Recital en el Museo de Calatayud, por los poetas invitados.

-A las 13: Clausura de actividades.

Posted in Sin categoría | Leave a comment

VI Encuentro de Poetas en la Red, Bilbao

   Acabo de volver a casa. He ido a Bilbao al VI Encuentro de Poetas en la Red. He participado en un auténtico maratón poético que empezó el sábado a las cuatro y media de la tarde y terminó a las nueve y media de la noche. Fue tremendamente emocionante escuchar a tantos buenos poetas. Doy las gracias a Santiago y a Gloria, nuestros anfitriones, que han hecho de nuestra estancia en su ciudad algo inolvidable.

   Me he venido con el corazón lleno amistad y de poesía, y unas ganas tremendas de escribir. Me he traído imágenes de la ciudad en la mirada. Bilbao florece en cada rincón. He visto alzarse los tulipanes rojos, abrirse hacia el cielo gris plomizo que promete lluvia. Los he visto desafiantes y hermosísimos arañarnos los ojos con su belleza de agua.

   Volveré. Sé que volveré a Bilbao algún día. Un abrazo muy grande a quienes habéis estado ahí y habéis compartido sensibilidad y emociones. Que la vida nos reúna pronto, compañeros.

Posted in Sin categoría | 2 Comments

El beso robado

    Quedaba con ella, porque tenía el aspecto apetitoso de una manzana en sazón. Le gustaban sus ojos redondos de ciruela, dulces y un punto ácidos, que aunque ella no lo supiera, la hacían realmente atractiva. El resto de las mujeres desaparecían para él cuando ella entraba caminando despacio hacia su mesa, con su andar de garza y su sonrisa jugosa que prometía mundos. O eso creía él: que aquella sonrisa de azúcar y de luna le estaba destinada.

-Deberíamos plantearnos ir más allá en nuestra relación. A ambos nos conviene. ¿Qué nos espera? -ella lo miró, como si no comprendiera- ¿No te das cuenta de que lo único que nos espera ya en esta vida es una residencia? Tengo  sesenta y nueve años. Tú vas camino de los cincuenta y ocho. Nos iría bien pasar juntos lo que nos queda de vida.

A ella se le abrieron más los ojos. ¿Cuándo le había dado ella pie para esto? ¡Si lo único que había hecho era quedar con él como un amigo, dejarle leer lo que escribía!. Porque, a fin de cuentas, el escritor importante, el maestro, era él. Y ella lo admiraba. Pero ni se le había pasado por la cabeza mirarlo como un posible candidato a compartir su soledad.

Él se acercó más e intentó besarla en los labios. Ella volvió la cara. Él no se rindió. Le sujetó la cabeza y la besó en la boca. Se fue agitando el aire con sus manos delgadas de pianista frustrado. Sordo como era, le gritó un adiós. “Preciosa, esto vamos a repetirlo más veces”.

Ella gritó también: “¡que te crees tú eso, imbécil!” Sordo como era, no la oyó.  A los dos fumadores de la entrada se les atragantó el humo con la primera carcajada. Ella no supo si enfadarse o no. Se los quedó mirando, se borró la decepción del alma y les guiño un ojo al pasar.

Posted in Sin categoría | Leave a comment

La muestra

-No lo sabemos. Negativo –chirrió el panel con voz robótica.

-¿Cómo que no lo sabemos? –siseó impaciente él dentro de su bata blanca. Manipuló varios botones del panel ante el que estaba sentado. Ocupaba toda la pared de uno a otro lado. Unos seis metros de ancho por uno y medio de alto.

   Las luces rojas y verdes empezaron a parpadear furiosamente. Entre dientes, emitió un gruñido.

-Curioso, muy curioso. Veamos: necesito un análisis  completo de la muestra –volvió a teclear. En pantalla apareció el informe.

 “-98.3% de H2O principalmente.

-Glucosa en proporción parecida a la del plasma sanguíneo.

-Proteínas: albúmina, globulina y lisozima.

-Sodio, potasio y manganeso.

-Hormonas: prolactina, adrenocorticotropa, leu-enkefalino”.

 

-Bien. Al menos, sabemos la composición de la muestra. Es cuestión de tiempo. Tarde o temprano lo averiguaremos.

-¡Doctor Kaplitz, Doctor Kaplitz! –ella entró ligera en la sala de control. Llevaba la misma bata blanca que él, con una placa a la derecha con su nombre impreso.

-Doctora Lubitch, he dicho que no quiero que nadie me moleste –respondió el hombre con un deje de impaciencia-. Necesito tranquilidad para analizar las muestras. Es preciso averiguar qué son exactamente.

-Por eso vengo, Doctor Kaplitz. ¡Lo hemos averiguado! Está compuesto por un 98.3% de agua…

-Lo sé, Doctora, lo sé –le cortó.

-¿Ya lo sabe?

-Por supuesto. Acaba de salir en pantalla.

 El panel recitó con voz metálica: “Somos serios, somos eficaces. Este no es un laboratorio cualquiera”.

-Disculpe, Doctor. Yo no quería…

-El caso es que tenemos la composición química completa. Tenemos todo, excepto el nombre del fluido.

-Yo sí lo he encontrado. He tenido que consultar bases de datos antiguas, de hace unos ciento cincuenta años, pero al final lo encontré. Son bases de datos que quedaron registrados en la Gran Memoria a finales de la Era de Piscis. Hablan de un fluido que aún existía a comienzos de la Era de Acuario y que desapareció progresivamente. Los dos sujetos analizados han empezado a segregar este fluido desde que los separamos. La mujer ha segregado varias muestras. El hombre, únicamente dos. Han rechazado las pastillas alimenticias DL4X y las RRM. Hemos intentado administrarles comprimidos calmantes, pero se han negado a tomarlos.

-Abrevie, Doctora, abrevie. ¿Saben ya el nombre del fluido, dice?

-Afirmativo, Doctor. Es una lágrima.

Posted in Sin categoría | 5 Comments

Un momento de paz (a P.B., por sus tiritas para el alma)

     Hay momentos en los que no estamos para nadie. Ni para nosotros mismos. Días de nubes negras, de lluvia espesísima y dura que cala hasta el fondo de los ojos.  Pero basta con que alguien nos ponga una tirita a la tristeza, para que se vuelva a abrir la sonrisa en los labios. Un momento de paz pequeñita, de cañas o café, de charla lenta y sin prisas. Lo importante no son las cosas importantes. Lo verdaderamente importante son esos pequeños momentos de tranquilidad que nos regala la vida. Hagamos que cada uno de esos instantes se alarguen en el tiempo, porque curan y abrigan.

   Gracias, P.B., y gracias a quienes os empeñais en sacar a flote mi cansado corazón y aún me ponéis tiritas cuando me araño el alma. Sed felices.

Posted in Sin categoría | 5 Comments

Seda azul (1)

   Abu le tocó el hombro impaciente. Kalima abrió los ojos, echó su larga trenza oscura a la espalda y bajó de la mesa donde había pasado la noche entre bobinas multicolores.  No sabía qué hora podía ser. En el suelo había otras dos niñas más, completamente dormidas. Despertaron cuando el hombre estiró la pierna y las pateó con rabia. “¡Levantaos, animales!¡Quiero veros trabajar ya!”. Las niñas se pusieron delante del telar. Kalima empezó a tejer asustada. Las otras la imitaron. 

   Como cada primero de mes, a los diez minutos el artesano abrió la puerta del taller y Abu dobló la cabeza. “Tengo una tela nueva para vos”. Se acercaron al telar de Kalima. El artesano pasó la mano por encima del hombro de la niña, pegó la nariz a su pelo, aspiró su olor y tocó la tela de seda azul. Ella abrió más los ojos. “Hermosa, muy hermosa. Me la llevo”, susurró lascivamente, mientras deslizaba los dedos por la espalda de la niña y con la otra mano acariciaba la tela. “Haré que os la envuelvan y os la lleven, señor”. El artesano sonrió complacido. “Eso espero”.

   Abu le hizo una seña al guardián de la puerta. El gigante vino corriendo, tapó la boca de Kalima y sacó un pañuelo del bolsillo. Ella braceó impotente mientras el hombre le ataba la mordaza, la envolvía en la alfombra haciéndola rodar sobre sí misma, se la cargaba al hombro y salía detrás del artesano.

Posted in Sin categoría | Leave a comment

A vueltas con la vida

   Nos levantamos una mañana y, sin saber bien cómo, empezamos a echar cuentas con la vida. A anotar mentalmente todo lo que pensamos que merecemos y no nos ha sido dado. Mejor trabajo, mejor salud, mejor familia, mejores amigos, mejores relaciones, más suerte, más fortuna… ¿Qué nos debe la vida, qué es exactamente eso que nos debe? ¿Y si resulta que, a pesar de todo, somos nosotros quienes estamos en deuda con ella?

   Estoy haciendo un inventario de mi vida. De cosas que ya no son necesarias. De personas necesarias que se empeñaron en dejar de serlo. De relaciones tóxicas que se cuelan en el alma y envenenan la sal. ¡De tantas cosas!

    Para ser justa, he pensado que debía contar también mis bendiciones. Son tantas, que jamás podré pagarle a la vida por toda la amistad, todo el amor y toda la luz que me ha regalado. No es culpa de la vida, que se nos da de forma generosa. Es culpa nuestra, por no saber apreciar lo que recibimos. Sed felices.

Posted in Sin categoría | Leave a comment