Trasmoz es silencio y sigilo, de calles desiertas a mi paso, pueblo de misterio y recogimiento, de gatos cuatralbos, y miradores sobrecogedores.
Cada mañana siento la necesidad de ascender hasta el castillo de las brujas, allí está él, mi querido poeta Gustavo Adolfo Bécquer.
Me siento a sus pies, y me apoyo con mi mano derecha al ala de su sombrero negro; me siento segura a su lado mientras silba el cierzo haciendo volar mi pañuelo.
Le miro a sus ojos de abismo, sus ojos sempiternos, fijos al horizonte, paraíso terrenal en la eternidad de su poesía.
Su mano izquierda bien sujeta al libro de Dante, y con la mano derecha sostiene su bastón de caballero errante, errante como mi compañía.
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